Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Alivio
Cuando regresó de la reunión con los Nilsson, Elia sintió algo que no había experimentado desde que despertó en Sunderland.
Alivio.
No completo.
Porque su cerebro era incapaz de permitir algo tan sencillo.
Pero al menos una parte de ella pudo relajarse.
Había demostrado que podía ayudar.
No había arruinado nada.
No había hecho el ridículo.
Y lo más importante... no era una carga para los Russ.
Aquella idea era importante para ella.
Mucho más de lo que admitía.
Porque desde que despertó en aquel cuerpo, una pequeña culpa la acompañaba constantemente.
Los condes la amaban.
La cuidaban.
Confiaban en ella.
Y aun así, ella seguía sintiendo que estaba ocupando el lugar de otra persona.
Por eso, cuando el primer negocio funcionó, una parte de ella finalmente pudo respirar.
[Está bien.]
[Puedo hacer algo por ellos.]
[Puedo devolverles un poco de todo lo que me están dando.]
Y durante aproximadamente...
tres horas.
Tres gloriosas horas.
Su mente permaneció tranquila.
Luego recordó que tenía dinero.
Y cometió el error de preguntarse..
[¿Y ahora qué hacemos con él?]
Fue el fin de su paz mental.
Porque inmediatamente aparecieron veinte preguntas.
Luego cincuenta.
Luego cien.
Y para el anochecer ya estaba otra vez enterrada entre libros.
—Sabía que esto pasaría.
Mientras abría otro registro comercial.
Su ansiedad, por supuesto, estaba encantada.
Por fin tenía un nuevo proyecto.
Y cuando la ansiedad encontraba un proyecto... se volvía imparable.
Durante los días siguientes prácticamente se instaló en la biblioteca.
Los sirvientes comenzaron a encontrarla en lugares cada vez más extraños.
Sentada en el suelo rodeada de mapas.
Dormida sobre un libro de agricultura.
Tomando notas frenéticamente mientras leía sobre comercio marítimo.
Y ocasionalmente hablando sola.
—No.
—¿Qué no, señorita?
Preguntó una criada.
—No voy a invertir en algo que dependa completamente del clima. Demasiado riesgo.
La criada decidió no preguntar más.
Mientras tanto, Elia había encontrado una nueva víctima para sus interrogatorios.
Su padre.
El pobre conde.
Que estaba completamente feliz con la situación.
Porque por primera vez en años, su hija pasaba tiempo con él voluntariamente.
Elia se sentaba junto a él.
Abría un cuaderno.
Y comenzaba.
—Padre.
—¿Sí?
—Hábleme de las tierras del oeste.
—Por supuesto.
Una hora después.
—¿Y los acuerdos comerciales con los condados vecinos?
—Bueno...
Dos horas después.
—¿Qué ocurrió hace siete años con las cosechas?
—Fue una temporada complicada.
Tres horas después.
—¿Y por qué abandonaron los terrenos cercanos al río?
El conde estaba encantado.
Absolutamente encantado.
Porque en su mente aquello significaba que su hija estaba interesándose por el patrimonio familiar.
Y sinceramente... tenía razón.
Solo que también estaba siendo sometido a algo muy parecido a un interrogatorio financiero.
Una tarde, la condesa encontró a ambos rodeados de documentos.
—¿Llevan aquí desde el desayuno?
—Sí.
Respondió el conde.
—¿Y han almorzado?
Silencio.
Elia y el conde se miraron.
Luego volvieron a mirar a la condesa.
—No.
Respondieron al mismo tiempo.
La condesa suspiró.
Aquellos dos eran imposibles.
Durante aquella semana, la joven comenzó a construir algo mucho más ambicioso que un simple negocio.
Quería crear varias fuentes de ingresos.
Diversificar inversiones.
Reducir riesgos.
Modernizar la administración.
Aprovechar las tierras improductivas.
Y crear un fondo permanente para la familia.
Porque si algo había aprendido en su vida anterior era que depender de una sola fuente de ingresos era una mala idea.
Y si algo había aprendido de los Russ...
era que necesitaban seguridad.
Especialmente considerando la enfermedad del conde.
Aquello seguía preocupándola.
Mucho.
Porque mientras más investigaba, más claro quedaba que los médicos tradicionales no estaban logrando avances.
Algunos tratamientos ayudaban.
Otros simplemente ralentizaban el deterioro.
Pero ninguno solucionaba el problema.
Y entonces apareció otra idea.
Una idea que comenzó como una nota al margen.
Buscar un mago de sanación.
La frase quedó escrita en una esquina de su cuaderno.
Pequeña.
Simple.
Pero cuanto más la observaba... más importante le parecía.
La magia estaba regresando al reino.
Cada día aparecían nuevos talentos.
Nuevos practicantes.
Nuevas técnicas.
Quizás... solo quizás... existía alguien capaz de ayudar.
No necesariamente curarlo.
Pero sí mejorar su calidad de vida.
Reducir el dolor.
Darles más tiempo.
Porque eso era lo que realmente quería.
Más tiempo.
Para él.
Para la condesa.
Para aquella familia que apenas estaba comenzando a conocer.
Aquella noche permaneció sentada junto a una ventana de la biblioteca.
Observando la luna.
Con varios libros abiertos alrededor.
Y por primera vez en días dejó de pensar en dinero.
Pensó en los condes.
En la forma en que se tomaban de las manos.
En las sonrisas que compartían.
En la alegría que mostraban cada vez que ella simplemente aparecía para desayunar.
Y sintió una presión extraña en el pecho.
Una emoción cálida.
Profunda.
Porque cuanto más tiempo pasaba con ellos... más difícil resultaba mantener distancia.
Más difícil pensar en ellos únicamente como "los padres de Elia".
Porque eran buenas personas.
Demasiado buenas.
Ridículamente buenas.
De esas personas que prestaban dinero a un vecino sabiendo que probablemente nunca lo recuperarían.
De esas personas que trataban con respeto a los sirvientes.
De esas personas que seguían preocupándose más por la felicidad de su hija que por su propia salud.
Y quizás por eso, mientras cerraba otro libro y anotaba nuevas ideas para el futuro, tomó una decisión definitiva.
No iba a ayudarlos solo porque era lo correcto.
No iba a ayudarlos solo por gratitud.
No iba a ayudarlos solo porque se sentía culpable.
Iba a ayudarlos porque quería hacerlo.
Porque aquellos dos se habían ganado su cariño.
Y porque si existía una segunda oportunidad en esta vida... pensaba utilizarla para proteger a las personas que habían abierto su corazón para ella sin pedir nada a cambio.
Incluso si eso significaba enfrentarse a mercados.
Nobles.
Magos.
Y a su propio cerebro ansioso.
Especialmente a su propio cerebro ansioso.
Porque, honestamente, ese seguía siendo el enemigo más peligroso de todos.