Laura Una arquitecta brillante intentando llevar una vida normal, en medio de todo su caos, llegará para cambiarle la vida a él.
—Ojalá el amor se pesara, porque siento que hoy acabo de subir una tonelada
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capitulo 23
La ciudad de cristal y acero parecía brillar con una luz distinta esa mañana para Laura. No era el brillo frío de las oficinas de Alarcón, sino un resplandor bohemio, casi mágico. Gael, con su puntualidad británica y su calidez latina, la había convencido de que su talento no podía quedar confinado a carpetas de archivos y discusiones de junta directiva.
—El mundo tiene que ver cómo late el corazón de La Herencia, Laura
le había dicho Gael mientras compartían un té de jazmín en su estudio.
—He organizado una exposición privada en la Galería Lumière. Solo para críticos, amigos y gente que sabe que la arquitectura es el arte de habitar el alma.
Laura se miraba al espejo de su habitación, acariciando su vientre que ya empezaba a curvarse con una presencia innegable. Llevaba un vestido de punto color terracota que la hacía sentir como una diosa de la fertilidad moderna. El humor, que solía ser su escudo contra las burlas por su peso, empezaba a transformarse en una confianza serena.
—Míranos, pequeños
susurró a los gemelos.
—De ser la asistente que derramaba batidos, a tener nuestra propia exposición. Si su padre viera esto...
Pero el pensamiento de Marco le trajo un pinchazo de amargura. Marco, que seguía enviando mensajes de advertencia sobre Gael, que seguía comportándose como un celoso patológico en lugar de celebrar sus logros. Laura bloqueó la pantalla de su teléfono cuando vio otra llamada perdida de El Jefe.
Mientras tanto, en la penumbra de un coche estacionado a dos manzanas de la galería, Marco parecía el fantasma de sí mismo. Tenía ojeras profundas y la barba de varios días le daba un aspecto de náufrago urbano. A su lado, el detective Ramírez le entregaba una tableta con gráficos financieros.
—Aquí está la conexión final, señor
dijo Ramírez con voz grave
—Carla Azuaje no solo le paga el alquiler a Gael. Ella es la dueña encubierta de la Galería Lumière a través de una sociedad pantalla. Todo esto, la exposición, los críticos, los aplausos... es un decorado. Es una jaula de oro para que la señorita Durán se sienta una estrella y se aleje definitivamente de usted.
Marco sintió que se le revolvía el estómago. Ver a Laura entrar en esa galería, radiante, del brazo de ese mercenario de la seducción, era una tortura que no le desearía ni a su peor enemigo.
—Si entro y grito la verdad, ella creerá que estoy intentando boicotear su éxito por envidia
masculló Marco, apretando los puños
—Carla es un genio del mal. Sabe que Laura ha pasado toda su vida buscando validación, y se la está dando envuelta en papel de regalo envenenado.
—¿Qué quiere hacer, señor?
preguntó Ramírez
—Necesito una prueba que no sea un gráfico de Excel. Necesito que ella lo vea con sus propios ojos. Pero hasta entonces...
Marco suspiró, su voz rompiéndose un poco.
—voy a entrar. No como Marco Alarcón, el CEO. Voy a entrar como un espectador más, en las sombras. Tengo que cuidarla, Ramírez. Gael no es un tipo peligroso físicamente, pero está rompiendo su confianza en el mundo real, y eso es peor.
La galería era un espacio diáfano, blanco, donde los planos de Laura, ampliados y retroiluminados, parecían mapas de un paraíso perdido. Había música de violonchelo en vivo y el olor a vino caro y canapés de salmón flotaba en el aire.
Gael se movía entre los invitados como un pez en el agua, presentando a Laura como la arquitecta que ha devuelto la voz a la tierra. Cada vez que un crítico alababa el uso de la luz en sus bodegas, Gael le apretaba suavemente el hombro a Laura, una señal de propiedad silenciosa que a ella, en su embriaguez de éxito, le parecía apoyo puro.
—Eres la estrella de la noche, Laura
susurró Gael al oído de ella
—mira a esa gente. Te adoran. Nadie aquí se fija en nada que no sea solo en la inmensidad de tu visión
—Gracias, Gael. De verdad. Siento que por fin alguien me ve
respondió ella, con los ojos empañados.
En un rincón oscuro, detrás de una columna de mármol, Marco observaba la escena. Llevaba una gorra y una chaqueta oscura, ocultando su rostro. Ver a Laura sonreírle a Gael de esa manera le dolía más que cualquier pérdida millonaria. Pero entonces, vio algo que le heló la sangre
Carla Azuaje entró en la galería. No se acercó a Laura. Se dirigió directamente a la oficina trasera, donde Gael la esperaba apenas unos minutos después, aprovechando que Laura estaba atendiendo a un periodista.
Marco, moviéndose con el sigilo que solo la desesperación otorga, se filtró por el pasillo de servicio. Gracias a su conocimiento de los sistemas de seguridad, logró acercarse a la puerta entreabierta de la oficina. Sacó su teléfono y activó la cámara.
Dentro, Carla estaba sentada en el escritorio de la dirección, fumando un cigarrillo electrónico con gesto aburrido. Gael estaba de pie frente a ella, con la misma sonrisa encantadora, pero sus ojos eran fríos como el hielo.
—Lo estás haciendo bien, Gael
dijo Carla, soltando una nube de vapor.
—La tiene comiendo de tu mano. ¿Ya te ha hablado de los papeles originales que Don Tacho le dio?
—Está a punto
respondió Gael, y su voz ya no era la melodía dulce que Laura escuchaba.
—Se siente tan sola y tan incomprendida por Alarcón que me contaría hasta sus pecados de infancia. Es una mujer fácil de manipular, Carla. Solo hay que decirle que es hermosa y que su talento es único. Esos complejos de gordita son mi mejor herramienta.
Marco, detrás de la puerta, tuvo que taparse la boca para no gritar de furia. Escuchar a ese tipo hablar de Laura como un objetivo estadístico le hacía querer derribar la puerta y molerlo a golpes. Pero recordó las palabras de Laura, Solo eres un celoso que ve fantasmas. Necesitaba que ella escuchara esto.
—Asegúrate de que firme el documento de gestión compartida antes de la próxima semana
ordenó Carla.
—Una vez que tengamos su firma en ese papel, La Herencia será nuestra y Marco podrá quedarse con su asistente y sus bastardos en la calle.
—Hecho
asintió Gael.
—Por cierto, la tarta de queso que me pidió hoy como antojo era asquerosa. Casi vomito. No sé cómo Alarcón soporta sus gustos de clase media.
Marco grabó cada palabra. Tenía el video. Tenía la traición. Pero justo cuando se disponía a salir, su teléfono emitió un pitido de batería baja. El sonido, aunque leve, fue suficiente en el silencio de la oficina.
—¿Quién está ahí?
gritó Carla, poniéndose en pie.
Marco no esperó. Corrió por el pasillo de servicio hacia la sala principal. Tenía que encontrar a Laura, sacarla de allí y mostrarle la verdad. Pero al salir a la sala, se encontró con Laura frente a él, rodeada de gente.
—¿Marco?
preguntó Laura, reconociéndolo a pesar de la gorra
—. ¿Qué haces aquí vestido así, Me estás espiando otra vez?
La gente empezó a murmurar. Gael salió de la oficina, y fingió sorpresa infinita.
—¡Marco! Pero qué falta de clase
exclamó con una risita.
—Venir a la exposición de tu ex-asistente disfrazado de delincuente. ¿Tan bajo has caído por los celos?
—Laura, tienes que venir conmigo ahora mismo
dijo Marco, ignorando a los demás, con la voz temblorosa
— Este lugar es una trampa. Gael te está usando. Carla está detrás de todo esto.
Laura miró a Gael, que puso su mejor cara de artista ofendido, y luego miró a Marco. La desconfianza sembrada durante semanas dio sus frutos.
—Basta, Marco
dijo Laura, y su voz era de una frialdad que asustó al CEO.
— Me has perseguido, me has gritado, has intentado controlar cada uno de mis pasos. Y ahora vienes a arruinar la noche más importante de mi carrera profesional porque no soportas que alguien más me vea.
—¡No es eso! Tengo una grabación...
Marco buscó su teléfono, pero en ese momento, el dispositivo se apagó por completo. La batería había muerto
—¡Maldita sea! Laura, créeme. Él acaba de decir que tus complejos son su herramienta.
—¡Mientes!
gritó Laura, con lágrimas de rabia en los ojos.
— Gael ha estado conmigo cuando tú me dejaste sola. Él cree en mi diseño. Tú solo crees en tu maldito orgullo. Vete de aquí, Marco. Vete antes de que llame a seguridad.
Gael dio un paso al frente, poniendo una mano protectora sobre el hombro de Laura.
—Ya la has oído, Alarcón. Tu tiempo se ha acabado. Aquí solo hay gente que aprecia el arte, no matones corporativos.
Marco miró a Laura por última vez. Vio el dolor, la decepción y la barrera infranqueable que se había levantado entre ellos. Se dio la vuelta y salió de la galería bajo la mirada burlona de Gael.
Afuera, la lluvia empezaba a caer, lavando las calles de la ciudad. Marco se apoyó en su coche, derrotado. Había tenido la verdad en sus manos y la tecnología o el destino se la había quitado.
En la galería, Laura intentó seguir sonriendo, pero el corazón ya no le pesaba igual. Se volvió hacia Gael y, por un segundo, vio algo en su mirada, un destello de frialdad que desapareció tan rápido como llegó.
—¿Estás bien?
preguntó Gael, ofreciéndole una copa de agua.
—Sí
mintió Laura.
—Solo... quiero irme a casa. Estoy cansada.