🚩⚠️🔞Azael, CEO de una firma exclusiva. Creció bajo el yugo de padres controladores que trataban su vida como un negocio; por eso, él ahora controla todo a su alrededor para nunca volver a ser vulnerable. No tolera que nada que considere "suyo" escape de sus manos.
Bastian, un pasante de último año en la empresa. Trabaja bajo una presión brutal porque necesita el dinero y los contactos para costear el costoso tratamiento médico de su madre.
NO APTO PARA PERSONA SENSIBLES Y NO TIENE UN FINAL COLOR DE ROSAS. Están advertidos.🔞⚠️🚩
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Tormenta
La pantalla de la computadora era la única fuente de luz en el piso veintiocho. El resto de la oficina estaba sumido en una oscuridad absoluta, devorada por la noche de una metrópolis que parecía no dormir nunca.
Bastian Murphy presionó una tecla con el dedo tembloroso. El zumbido del aire acondicionado resonaba en sus oídos como un zumbido ensordecedor. Su reloj marcaba las dos de la mañana. Sabía que lo que estaba haciendo era ilegal. Sabía que, si lo descubrían, su carrera terminaría antes de empezar. Pero no tenía otra opción.
Abrió el sistema financiero de la firma. Sus ojos escanearon las columnas de números hasta detenerse en una cuenta de fondos secundarios, una cifra pequeña que nadie extrañaría. Con manos torpes, tecleó el código de desvío. El destino del dinero no era una cuenta oculta para lujos personales; era el depósito directo para la clínica médica donde Stella, su madre, pasaba la noche conectada a un monitor cardíaco.
El hospital le había dado un ultimátum esa tarde: o pagaba la deuda acumulada antes del amanecer, o trasladarían a Stella a un centro público sin los cuidados intensivos que su débil corazón necesitaba.
—Solo un poco más… —susurró Bastian, limpiándose el sudor de la frente con la manga de su camisa.
La barra de transferencia comenzó a cargarse. Diez por ciento. Veinte por ciento.
Bastian contuvo el aliento. Cada segundo se sentía como una gota de ácido en su estómago. En su mente se repetía la voz cansada de su madre, las promesas de su amigo Robin de que encontrarían una solución, y la desesperación de saber que el tiempo se había agotado. Robin había intentado pedir un préstamo estudiantil para ayudarlo, pero no había sido suficiente. Bastian había tenido que tomar el camino oscuro.
Cincuenta por ciento.
De repente, un sonido rompió el silencio del piso vacío. El eco metálico de las puertas del ascensor abriéndose al fondo del pasillo.
El corazón de Bastian dio un salto violento. Se congeló en la silla, con los ojos abiertos de par en par. Nadie de su nivel tenía acceso al edificio a esa hora. Los guardias de seguridad hacían rondas cada dos horas, y la última había sido hace treinta minutos.
Los pasos comenzaron a sonar sobre el suelo de mármol. Eran pasos lentos, firmes, rítmicos. No era el caminar apresurado de un guardia ni el arrastrar de pies de un empleado de limpieza. Era el andar de alguien que poseía el lugar. Alguien que no tenía prisa porque sabía que el control del tiempo le pertenecía.
Noventa por ciento. La barra en la pantalla avanzaba con una lentitud tortuosa.
Bastian intentó cancelar la operación, pero el sistema ya estaba procesando el envío. Desesperado, apagó el monitor de golpe. La oficina se quedó a oscuras, excepto por las luces de la ciudad que se filtraban por los enormes ventanales de cristal.
Los pasos se detuvieron justo detrás de la mampara de su cubículo.
Una silueta alta y esbelta se recortó contra el reflejo de las luces exteriores. Bastian levantó la mirada, con la garganta tan seca que ni siquiera pudo pasar saliva.
Era Azael Brinkman.
El director ejecutivo de la firma no vestía su habitual traje formal de tres piezas, pero mantenía una elegancia impecable. Llevaba una camisa negra con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas hasta los antebrazos. Su cabello oscuro caía de lado, enmarcando unos ojos felinos que, incluso en la penumbra, brillaban con una frialdad peligrosa.
Azael no pareció sorprendido de encontrar a su pasante más joven a esa hora de la madrugada. Simplemente caminó dos pasos más, rodeando el escritorio, hasta quedar a escasos centímetros de la silla de Bastian.
—Trabajando horas extra, Murphy. Qué nivel de compromiso —la voz de Azael era suave, casi un susurro, pero arrastraba una vibración profunda que hizo que a Bastian se le erizara la piel.
—Señor… director —la voz de Bastian falló, saliendo como un hilo de voz—. Yo… solo estaba terminando de revisar los informes del trimestre. No quería dejar pendientes para mañana.
Azael esbozó una sonrisa lenta, una línea delgada que no llegaba a sus ojos. Había algo profundamente perturbador en su calma. Era la calma de un depredador que observa a su presa debatiéndose en una red.
—Los informes del trimestre —repitió Azael, saboreando las palabras—. Es curioso. No sabía que los informes trimestrales requerían acceso directo a la cuenta de contingencia de la empresa. Y mucho menos que el destino de esos datos fuera el servidor de la Clínica Central.
El mundo de Bastian se derrumbó en ese instante. El aire abandonó sus pulmones y sintió que la temperatura del lugar bajaba a cero. Azael lo sabía. Lo sabía todo desde el principio.
—Yo… puedo explicarlo —alcanzó a decir Bastian, apoyando las manos en el borde del escritorio para evitar que el temblor de su cuerpo lo traicionara.
Azael no respondió de inmediato. Se inclinó hacia adelante, apoyando ambas manos sobre los brazos de la silla de Bastian, atrapándolo eficazmente en su espacio personal. El olor a perfume y a tabaco suave de Azael inundó los sentidos de Bastian, volviendo el ambiente pesado, casi asfixiante.
—¿Qué vas a explicarme? ¿Que tu madre, Stella, necesita una cirugía que no puedes pagar? —preguntó Azael, con el rostro a pocos centímetros del suyo. Sus ojos escanearon cada facción de Bastian, deteniéndose en sus labios temblorosos—. ¿O vas a explicarme cómo pensabas devolver un dinero que no te pertenece?
Bastian pegó la espalda al respaldo de la silla, abrumado por la cercanía física y la intensidad de esa mirada. Sintió una opresión en el pecho, una mezcla de terror absoluto y una extraña debilidad que lo paralizaba. La mirada de Azael no transmitía ira ordinaria; transmitía un deseo de posesión absoluto.
—Por favor —suplicó Bastian, odiándose a sí mismo por sonar tan vulnerable—. No me denuncie. Mi madre… si voy a la cárcel, ella no sobrevivirá. Haré lo que sea. Trabajaré gratis, devolveré cada centavo…
Azael soltó una risa baja, un sonido oscuro que vibró cerca del oído de Bastian.
—¿Lo que sea? —Azael estiró una mano y, con una lentitud calculada, rozó el mentón de Bastian con la punta de sus dedos. El contacto fue frío, pero encendió una chispa de tensión eléctrica entre ambos—. Es una promesa muy peligrosa de hacer a un hombre como yo, Bastian.
Bastian intentó apartar la cara, pero los dedos de Azael se cerraron con firmeza alrededor de su mandíbula, no lo suficiente para lastimarlo, pero sí para dejarle claro que no tenía permitido moverse. La fuerza dominante del jefe era incuestionable.
—Josh —llamó Azael en voz alta, sin apartar los ojos de Bastian.
De las sombras del pasillo surgió un hombre robusto, vestido con un traje oscuro impecable. Josh, el hombre de confianza de Azael, avanzó con pasos silenciosos y se detuvo a un lado del cubículo, sosteniendo una tableta electrónica en la mano.
—Señor —dijo Josh, con voz neutra.
—Cancela la alerta del sistema de seguridad. Borra el registro de acceso de Bastian de la última hora y procesa la transferencia a la clínica como una bonificación especial autorizada por mi oficina. Que parezca un error administrativo si alguien pregunta.
Bastian abrió los ojos con incredulidad. ¿Azael lo estaba encubriendo? Por un microsegundo, sintió una oleada de alivio, pero la presión de los dedos de Azael en su mandíbula le recordó que nada en ese lugar era gratis.
—Sí, señor. ¿Algo más? —preguntó Josh.
—Vigila las visitas en el hospital. No quiero que nadie ajeno a la familia inmediata esté cerca de la habitación de Stella sin mi permiso. Especialmente ese compañero de la universidad… ¿cómo se llamaba, Josh?
—Robin, señor —respondió Josh de inmediato.
Al escuchar el nombre de su mejor amigo, Bastian se tensó por completo. El pánico regresó con el doble de fuerza.
—¿Por qué mete a Robin en esto? Él no tiene nada que ver —reclamó Bastian, intentando soltarse del agarre de Azael.
Los ojos de Azael se oscurecieron. La mención de Robin pareció activar algo peligroso en él. Su rostro se acercó tanto al de Bastian que sus respiraciones se mezclaron.
—A partir de esta noche, Bastian, tú no hablas con nadie, no miras a nadie y no sonríes a nadie a menos que yo lo autorice —sentenció Azael, con un tono de voz gélido que no admitía réplicas—. Tu amigo Robin es una distracción que ya no te puedes permitir. Tu tiempo, tu trabajo y tu deuda me pertenecen.
—Usted no puede hacer eso… —susurró Bastian, aunque sabía que era mentira. Azael tenía el poder para destruir su vida con un solo movimiento de dedos.
—Puedo hacer lo que quiera. Te salvé de ir a prisión y salvé la vida de tu madre. Ahora eres mío, Bastian. Hasta que decida que has pagado tu deuda.
Azael soltó la mandíbula de Bastian con suavidad, pero antes de alejarse, deslizó su pulgar por el labio inferior del joven, un gesto cargado de una posesividad asfixiante que dejó a Bastian temblando en el sitio.
—Josh te llevará a tu casa. Mañana a primera hora quiero que traslades tus cosas a la oficina del fondo. Serás mi asistente personal directo. No tendrás contacto con el resto de los pasantes.
Azael se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el ascensor. Su figura elegante volvió a perderse en la penumbra del piso veintiocho.
Bastian se quedó en la silla, con el corazón latiendo a mil por hora y los labios aún ardiendo por el contacto de los dedos de su jefe. Miró la pantalla ahora apagada de la computadora. Sabía que la transferencia médica se había realizado y que su madre estaba a salvo por ahora. Pero al mirar al pasillo oscuro por donde Azael se había ido, Bastian comprendió la verdad: acababa de salir de una tormenta para encerrarse por voluntad propia en la jaula de un monstruo.
Y lo peor de todo era que, a pesar del miedo que le oprimía el pecho, una parte oscura de su mente no quería escapar.