Victoria no huyó por falta de amor, sino por instinto de supervivencia. Al descubrir que el hombre que amaba, Dante Moretti, era el heredero de un imperio manchado de sangre, decidió que sus hijos no nacerían en una jaula de oro rodeada de enemigos. Cinco años después, bajo una identidad falsa y en la humildad de un pueblo costero, Victoria cría a León y Cristo. Los gemelos son el vivo retrato de Dante: poseen su mirada gélida y un temperamento indomable que ella lucha por suavizar.
Dante, consumido por la amargura y la creencia de que Victoria lo abandonó por traición, ha pasado media década buscándola. Cuando una filtración de seguridad en su organización revela el paradero de su "única debilidad", Dante llega dispuesto a cobrar venganza. Sin embargo, el impacto de ver a dos pequeños guerreros con sus propios ojos cambia las reglas del juego. Ahora, Victoria debe volver al mundo que odia para proteger a sus hijos, mientras Dante descubre que el mayor peligro para su familia no está
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Capitulo 6
El silencio que descendió sobre la calle principal de San Vicente no fue un silencio de paz, sino el vacío de aire que precede a una explosión.
Victoria se quedó petrificada en la acera, con los dedos hundidos en las correas de la maleta de lona. El mundo se redujo a ese coche negro, al sordo ronroneo de su motor y al hombre que acababa de abrir la puerta trasera.
Cuando Dante Moretti puso un pie sobre el asfalto, el tiempo pareció curvarse. Bajó con una lentitud calculada, ajustándose el saco de lana italiana con la misma precisión con la que un verdugo ajusta la soga. No llevaba armas a la vista; no las necesitaba. Su mera presencia era una declaración de guerra.
Victoria sintió que el suelo se inclinaba. Sus pulmones se cerraron, negándole el oxígeno. Allí estaba él. Cinco años después, Dante seguía siendo una escultura de hielo y poder: la misma mandíbula afilada, el mismo aroma a tabaco y peligro, y esa mirada gris que siempre parecía estar calculando el precio de tu alma.
—Victoria —dijo él.
Fue una sola palabra, pronunciada en un barítono tan bajo que vibró en el pecho de ella. No hubo gritos, ni amenazas. Fue el tono de alguien que recupera un objeto perdido y simplemente constata su existencia.
La parálisis de Victoria fue absoluta. Sus músculos se convirtieron en piedra, sus pies se hundieron en el cemento. Quería gritarle a los niños que corrieran, quería abalanzarse sobre él y arrancarle los ojos, pero su cuerpo no le obedecía. El trauma de la noche de la huida, el miedo acumulado en mil noches de insomnio, la mantenían prisionera en su propio cuerpo.
Pero entonces, algo cambió.
Un pequeño calor se presionó contra sus muslos.
León y Cristo no corrieron hacia atrás. No se escondieron tras sus faldas como niños asustados. Con una coordinación que heló la sangre de Victoria, los gemelos dieron tres pasos al frente, colocándose como un escudo humano entre su madre y el gigante de traje oscuro.
Dante se detuvo a tres metros de distancia. Su mirada, que hasta ese momento había estado fija en Victoria con una intensidad posesiva, descendió hacia los dos pequeños.
El aire pareció congelarse.
Dante Moretti, el hombre que no pestañeaba ante la muerte, se quedó mudo. Sus labios se entreabrieron apenas un milímetro, y su mano, que se dirigía a su bolsillo, se quedó suspendida en el aire. Sus ojos grises se abrieron de par en par, devorando la imagen de los niños.
Cristo lo observaba con la cabeza ligeramente inclinada, analizando la postura de Dante, buscando debilidades con una inteligencia silenciosa que era el vivo retrato de la mente estratégica de los Moretti. Pero fue León quien detuvo el corazón de Dante.
León dio un paso más hacia adelante. Sus hombros estaban cuadrados, sus puños apretados a los costados. El niño de cinco años levantó la barbilla con una arrogancia innata y clavó su mirada en la de Dante.
Era ella. La mirada gélida.
No era un berrinche infantil. Era un desafío puro, una advertencia. El gris de los ojos del niño era un espejo exacto del gris de los ojos del hombre.
La misma frialdad, la misma falta de miedo, el mismo instinto depredador que advertía que, para llegar a la madre, habría que pasar sobre el cadáver del hijo.
Dante sintió un choque eléctrico que le recorrió la espina dorsal. Por un segundo, olvidó a Victoria.
Olvidó su imperio, su rabia y sus planes de venganza. Aquel niño lo estaba desafiando, y lo hacía con las mismas armas que él le había dado a través de la sangre. El impacto emocional fue tan violento que Dante tuvo que apoyar una mano en el techo del coche para no tambalearse.
—¿Quién eres tú? —la voz de Dante salió ronca, despojada de su usual control.
—El que no te tiene miedo —respondió León. Su voz era pequeña, pero la firmeza en su tono fue como un disparo en el silencio de la calle.
—León, atrás... —susurró Victoria, logrando finalmente recuperar el aliento. Trató de tirar de ellos, pero los gemelos eran como dos anclas de hierro—. Por favor, Dante... vete. No les hagas esto.
Dante no la escuchó. Su atención estaba totalmente cautivada por el pequeño guerrero que lo enfrentaba. El Capo de la mafia se puso lentamente en cuclillas, reduciendo su altura para quedar al nivel de los ojos de León. Marco y los demás hombres, que observaban desde los otros coches, contuvieron el aliento. Nunca habían visto a Dante Moretti arrodillarse ante nadie.
—Tienes mi mirada —murmuró Dante, y por primera vez, hubo una grieta de humanidad en su voz—. Y tienes mi orgullo.
—Tengo lo que mi mamá me dio —replicó León, sin retroceder ni un centímetro—. Y ella dice que los hombres que vienen en coches negros y nos miran desde lejos no son buenos. Vete de aquí.
Dante soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que escondía un orgullo salvaje. Miró a Cristo, que seguía vigilando los movimientos de Marco con una cautela asombrosa, y luego volvió a mirar a León.
—Victoria... —Dante se levantó lentamente, su rostro recuperando la máscara de hierro, pero sus ojos ahora brillaban con una determinación nueva y peligrosa—. Me dijiste que te ibas porque no querías que tus hijos fueran monstruos.
Se acercó un paso más, ignorando el gruñido defensivo de León. Victoria dio un paso atrás, chocando contra la pared de la escuela.
—Míralos —continuó Dante, señalando a los gemelos—. Puedes haberlos escondido en este agujero de pueblo. Puedes haberles dado nombres comunes y ropa de segunda mano. Pero no pudiste borrar mi firma de sus ojos. No pudiste matar al lobo que llevan dentro.
Victoria sintió las lágrimas arder en sus ojos. Era su mayor miedo hecho realidad. Al intentar huir del monstruo, se había llevado el ADN del monstruo con ella, y ahora ese mismo ADN estaba reconociendo a su creador.
—Son mis hijos, Dante. Solo míos —logró decir ella con voz quebrada.
—Eran tuyos mientras yo no los conocía —sentenció Dante, y la posesividad en su voz fue como una sentencia de cárcel—. Ahora son Moretti. Y un Moretti no vive en una choza ni se esconde en los bosques.
Dante extendió una mano hacia León, no para golpearlo, sino en un gesto de reconocimiento. El niño no se movió, pero sus ojos siguieron el movimiento con una fijeza letal. Dante vio el labio partido del niño, recuerdo de la pelea en la escuela, y sintió una punzada de furia protectora que nunca antes había experimentado.
—Alguien te ha herido —dijo Dante, y el aire alrededor de él pareció bajar varios grados—. ¿Quién ha sido?
—Yo lo arreglé —respondió León con desdén—. No necesito ayuda.
Dante sonrió de verdad esta vez. Una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que mostró sus dientes. Se giró hacia Victoria, y el deseo que sintió por ella en ese momento fue tan fuerte como su necesidad de llevarse a los niños. Ella se veía hermosa en su terror, una leona acorralada protegiendo a sus cachorros.
—Marco —llamó Dante sin quitarle la vista de encima a Victoria—. Sube las maletas al coche.
—¡No! —gritó Victoria, abrazando a los niños por los hombros—. ¡No puedes hacer esto! ¡Hay gente mirando! ¡Llamaré a la policía!
—¿La policía? —Dante se acercó tanto que ella pudo oler el aroma de su perfume costoso mezclado con el frío de la tarde—. En este pueblo, yo soy la ley desde que mi jet tocó tierra. Puedes subir por tu cuenta y mantener algo de dignidad ante tus hijos, o puedo dejar que mis hombres te carguen. Tú eliges, Victoria. Pero mis hijos no pasan una noche más en este lugar.
Cristo miró a su madre, notando el temblor de sus manos. Luego miró a Dante y, por primera vez, habló.
—Si vamos contigo... ¿ella dejará de tener miedo?
Dante guardó silencio. La pregunta del pequeño analista lo desarmó por un segundo. Miró a Victoria, viendo el sudor frío en su frente y el pánico en sus ojos.
—Si vienen conmigo —dijo Dante, dirigiéndose a Cristo pero mirando a Victoria—, ella será la mujer más protegida de este mundo. Nadie volverá a asustarla. Jamás.
Victoria sabía que era una mentira. El hombre que más la asustaba era el que tenía enfrente. Pero al mirar a su alrededor y ver a los hombres de Dante rodeando la plaza, y al ver la mirada de León, que parecía estar aceptando el reto de ese hombre desconocido, comprendió que la fuga de cinco años había terminado.
La jaula de oro se había cerrado, y las llaves las tenía el hombre de la mirada gélida.
casi me termino las uñas 😂
Y están los niños sus hijos..
Ella se equivocó el también.
Su amor está ahí , a pesar de todo .
El que perdona , es el que más ama..