Ella tiene curvas que esconde y un promedio impecable. Él es el hombre perfecto que la observa en secreto. Una noche, un plan macabro los une. ¿El resultado? Una mentira, un bebé y un amor que lo arriesgará todo.
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capitulo 4
Romina
Después de la ceremonia, mientras los recién graduados posábamos para fotos y nos abrazábamos entre lágrimas y risas, Laura se me acercó con una propuesta.
—Romi, los chicos de la facultad van a ir a celebrar a un bar cerca del campus. Vamos.
—No, Lau, tú sabes que esas cosas no son lo mío
dije, negando con la cabeza.
—Porfa
insistió ella, con sus ojos de cachorro.
—Es nuestra graduación. Es la última noche que pasaremos como estudiantes. Merecemos celebrarlo. Y además, mírate. Hoy tienes que salir, que te vean, que se mueran de envidia todas las que te subestimaron.
Dudé. La idea de meterme en un bar lleno de gente, con música alta, donde seguramente estarían León y su grupito, no me entusiasmaba. Pero Laura tenía razón en algo: merecía celebrar. Me lo había ganado.
—Está bien
cedí.
— Pero si me siento incómoda, nos vamos.
—¡Trato hecho!
El bar estaba atestado. Luces de colores, música a todo volumen, risas, copas que chocaban. El olor a alcohol y perfume impregnaba el ambiente. Laura y yo nos instalamos en una mesa con algunos compañeros de clase, gente agradable con la que había compartido proyectos y desvelos. Me sentía bien. Relajada, incluso. El vestido, la emoción del título, las miradas de admiración... todo contribuía a que, por primera vez en mucho tiempo, me sintiera cómoda en mi propia piel.
Pedí una copa de vino. Solo una. Nunca había sido de beber mucho.
En un momento dado, necesité ir al baño. Laura estaba enfrascada en una conversación con unos chicos de marketing.
—Vuelvo en un momento
le dije al oído, y ella asintió distraídamente.
El baño estaba al fondo del local. Cuando salí, lavándome las manos, la puerta se abrió y entró Valeria Montes. La sombra de León, la chica popular, delgada, de cuerpo de revista y cabeza, según Laura, más hueca que una caja de zapatos. Siempre había sido una de las que más se reía de los comentarios de León. Una de las que miraba mi cuerpo con desprecio, como si su delgadez la hiciera superior.
Nuestras miradas se encontraron en el espejo. Esperé algún comentario hiriente, alguna pulla. Pero Valeria sonrió. Una sonrisa amplia, casi amable.
—Felicidades, Romina
dijo.
— Te lo mereces. La primera de la clase es un logro impresionante.
Me quedé desconcertada. ¿Valeria Montes felicitándome?
—Gracias
respondí con cautela.
—Oye, ¿estás con Laura, verdad? La vi en la barra pidiendo otra copa. La tuya debe estar por allí sola
dijo con naturalidad, mientras se retocaba el pintalabios.
— No vaya a ser que alguien te la robe.
Soltó una risita ligera y salió del baño antes de que pudiera responder.
Me pareció extraño, pero no le di más vueltas. Quizás la graduación ablandaba hasta los corazones más duros.
Cuando regresé a la mesa, mi copa de vino estaba en el mismo lugar donde la había dejado. Laura llegó un minuto después con su bebida.
—¡Esto hay que celebrar, Romi!
dijo, levantando su copa.
—Por nosotras. Por los títulos. Porque somos unas cracks.
—¡Por nosotras!
repetí, y bebí un largo trago.
El vino estaba un poco más amargo de lo que recordaba, pero no le presté atención. Seguimos charlando, riendo, recordando anécdotas de la universidad. Pero al cabo de unos minutos, empecé a sentir algo extraño.
Un calor recorrió mi cuerpo, comenzando en el pecho y extendiéndose hacia abajo, hacia mi vientre, hacia mis muslos. Era una sensación desconocida, intensa, que hacía que mi piel se erizara y mi respiración se volviera entrecortada. Sentía los latidos de mi corazón en las sienes, en el cuello, entre las piernas.
—¿Romi, Estás bien?
preguntó Laura, frunciendo el ceño
— Estás muy colorada.
—Sí... sí, creo que es el calor
mentí, pasándome una mano por la frente, que estaba perlada de sudor.
—O quizás el vino me ha sentado mal.
Pero no era el calor ni el vino. Era algo más profundo, más primitivo. Un deseo que nunca había experimentado con esta intensidad recorría cada fibra de mi ser. Mis pechos, apretados contra el vestido, estaban sensibles, casi doloridos. Mis caderas se movían inconscientemente en el asiento, buscando algo que ni siquiera sabía qué era.
—Voy a tomar un poco de aire
dije, levantándome con dificultad.
Las piernas me temblaban. El mundo giraba lentamente a mi alrededor, pero no por el alcohol. Era otra cosa. Algo que me estaba arrebatando el control.
Caminé hacia la salida, pero entonces lo vi. León Valverde estaba apoyado contra la barra, con una copa en la mano, pero su mirada estaba fija en mí. Y en sus ojos azules, iluminados por las luces parpadeantes del bar, vi algo que me heló la sangre, maldad. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios, una sonrisa que conocía bien, la misma que precedía a cada uno de sus ataques, a cada comentario hiriente.
Pero esta vez era diferente. Esta vez había algo más. Algo depredador.
El instinto de supervivencia se activó en mí más fuerte que el deseo que quemaba mi cuerpo. No sabía qué estaba pasando, no sabía por qué me sentía así, pero sabía que debía alejarme de él. Ahora.
Me giré y comencé a caminar entre la gente, abriéndome paso como podía, sintiendo su mirada clavada en mi espalda como una daga, no se si era locura o lo que estaba sintiendo, pero parecía que era envuelta por unas manos y llevada a algún lugar. La música retumbaba en mis oídos, las luces de colores se mezclaban creando un torbellino visual que mareaba aún más, sombras, gritos, susurros. Empujé a un grupo de chicos que reían, murmuré un disculpa sin mirar atrás, seguí avanzando.
Necesitaba esconderme. Necesitaba un lugar donde él no pudiera encontrarme.
Continúa...