Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 7: La Marca Prohibida
Las palabras de Valerius reverberaron en el aire de la recámara, dejando un rastro de calor que Astra sintió como fuego líquido corriendo bajo su piel.
«Ahora eres mía».
En cualquier otra circunstancia, viniendo de cualquier otro Alfa, aquella declaración habría sonado como una sentencia de esclavitud, una burda afirmación de propiedad. Pero en la boca del Rey Hereje, desprovista del peso opresor de la magia de sometimiento, sonaba de una manera completamente distinta: como un juramento de protección absoluta. Un escudo inquebrantable contra el mundo entero.
Astra clavó sus ojos en los de él, sintiéndose peligrosamente abrumada. La proximidad de Valerius era magnética, casi asfixiante. Su cuerpo emanaba un calor abrasador que actuaba como una droga para sus sentidos entumecidos; un refugio adictivo que su alma maltrecha exigía a gritos desesperados. Era el polo opuesto al frío glacial con el que Logan la había tratado durante años.
Lentamente, Valerius se puso de pie, rompiendo la burbuja de intimidad por solo un segundo. Le extendió una mano enorme, con la palma hacia arriba, esperando pacientemente a que ella tomara la decisión. Astra dudó una fracción de segundo, miró sus propios dedos temblorosos y, finalmente, deslizó su mano sobre la de él. Los dedos de Valerius se cerraron con suavidad, envolviéndola por completo, y la guió fuera de la cama de terciopelo.
Sus pies descalzos apenas rozaron las alfombras de piel fina mientras él la conducía hacia una de las esquinas de la habitación, donde descansaba un imponente espejo de plata pulida, enmarcado en hierro forjado con motivos de enredaderas nocturnas.
—Mírate, Astra —susurró Valerius, posicionándose justo detrás de ella.
Astra alzó la vista hacia el espejo. El contraste entre ambos era casi irreal. Ella lucía pequeña, pálida, con los estragos del cautiverio y el dolor aún marcados en las facciones de su rostro. Él, en cambio, se alzaba a su espalda como una deidad oscura, una fortaleza de músculos y sombras dispuesta a devorar el sol si ella se lo pedía.
Con un movimiento pausado, Valerius levantó una de sus manos y apartó con infinita delicadeza el denso cabello oscuro de Astra, exponiendo el lado izquierdo de su cuello.
Astra contuvo el aliento por puro reflejo, tensando los hombros. Esperaba ver la piel desgarrada, la carne viva y purulenta que el ritual de la Daga de la Purga solía dejar tras arrancar la marca de nacimiento de una manada. Recordaba perfectamente la sangre brotando de su cuello cuando el padre de Logan cortó el aire místico.
Sin embargo, el espejo no reflejó ninguna herida.
En el lugar exacto donde solía estar el tosco e impuesto símbolo de la Manada Colmillo de Plata, la piel de Astra estaba perfectamente sana. Pero no estaba limpia. Allí brillaba un tatuaje místico de un color negro azabache, intrincado y perfecto: un eclipse solar. Era un disco oscuro absoluto, rodeado por una corona de filamentos de fuego negro que parecían moverse sutilmente bajo la epidermis, latiendo al compás de su corazón.
Astra ahogó un grito de asombro, llevándose los dedos a la marca. Estaba tibia al tacto.
—¿Qué... qué es esto? —logró articular, con la voz temblando.
Valerius no respondió de inmediato. Con un gesto firme, llevó una mano al cuello de su propia túnica de seda oscura y la apartó hacia un lado, bajando la tela hasta la altura de su clavícula izquierda, conectando con la parte superior de su pecho. Astra ahogó un segundo suspiro.
Allí, grabado a fuego en la piel de mármol del híbrido, brillaba exactamente la misma marca del eclipse. Pulsaba con una luz dorada y opaca, un eco perfecto y sincronizado con el tatuaje de Astra.
Valerius dio un paso más, pegando su pecho a la espalda de ella, permitiendo que Astra sintiera la violenta vibración de su caja torácica cuando comenzó a hablar.
—El lazo ordinario de los lobos es un contrato débil, Astra. Una cadena primitiva que los Alphas usan para dominar a las hembras y asegurar su estirpe basada en la política y el estatus —explicó él, su tono barítono cargado de un desprecio absoluto hacia las manadas tradicionales— Lo que esos imbéciles creyeron destruir anoche no era una simple conexión Omega. Al intentar arrancarte lo que creían suyo, rompieron el sello que contenía tu verdadera naturaleza.
Valerius se inclinó, su aliento caliente rozando la oreja de Astra, obligándola a mirarlo a través del reflejo del espejo.
—Lo que despertó en ti al ser rechazada es el Lazo de Eclipse. Un vínculo antiguo, una fuerza primigenia que la Diosa Luna diseñó para que nunca pudiera ser controlada por las leyes de los Alphas. Es un lazo sagrado que solo une a los desterrados más poderosos de la noche; a los soberanos de las sombras. Ya no eres una simple licántropo, Astra. Tu sangre está ligada a la mía. Tu debilidad ha muerto.
Las palabras se clavaron en la mente de Astra, derribando cada muro de inseguridad que la Manada Colmillo de Plata había construido en su psique desde que era una niña. ¿Poderosa? ¿Ella? Toda su vida le habían dicho que su sangre Omega era un error, un desecho que solo servía para fregar suelos y soportar humillaciones.
Astra, impulsada por una curiosidad magnética que ya no pudo contener, se giró lentamente sobre sus talones para quedar frente a frente con el coloso. Valerius la miró desde su altura, con los ojos dorados encendidos en una expectación salvaje.
Ella levantó una mano temblorosa. Sus dedos, aún decorados con los vendajes limpios que él mismo le había colocado, ascendieron por el pecho de Valerius. El calor que emanaba de la marca del eclipse del híbrido era casi insoportable, una invitación ardiente a la que era imposible resistirse.
Astra extendió el índice y presionó la yema de su dedo directamente contra el centro de la marca en el pecho de Valerius.
El contacto físico directo entre las dos marcas desató el caos.
Un dique invisible pareció romperse en el espacio intermedio. En el instante en que sus pieles se tocaron, una oleada de poder antiguo, salvaje y desbocado corrió por las venas de Astra, ascendiendo desde la punta de sus dedos directo hacia su corazón. El impacto espiritual la obligó a arquear la espalda. El vacío helado que Logan había dejado en su pecho saltó en pedazos, completamente calcinado y reemplazado por un torrente de fuego plateado.
Astra abrió los ojos de par en par, pero ya no vio la recámara gótica. Su visión se inundó por completo con un destello plateado y cegador, mientras la energía del eclipse estabilizaba su loba interna, despertándola de su letargo con un rugido de furia y poder que hizo eco en las paredes del castillo.
En el espejo de plata, el reflejo de Astra mostró cómo sus ojos, antes apagados por la tristeza, brillaban ahora con la intensidad de una luna de plata pura.
Una sonrisa fría y ajena comenzó a dibujarse en sus labios mientras el poder continuaba expandiéndose por su cuerpo, fortaleciendo sus músculos y sanando cada rastro de fatiga. En ese milisegundo de epifanía mística, Astra lo entendió todo con una claridad aterradora.
Toda su vida había sido una mentira. Su debilidad nunca había existido; solo era el miedo de una manada cobarde que prefería encadenarla antes de verla despertar.