Sin spoyler
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UNA DISCULPA SINSERA
La tarde había terminado, pero el ambiente en Corporación Vértice seguía siendo incómodo.
Muchos empleados aún comentaban lo ocurrido durante el almuerzo.
—No puedo creer que la hayan acusado de robar.
—Y sin pruebas.
—Pobre Sofía...
Ella intentaba concentrarse en su trabajo, aunque las palabras de Valeria seguían resonando en su mente.
"Te vi guardar el reloj."
Nunca antes alguien había cuestionado su honestidad.
Eso era lo que más le dolía.
Mientras guardaba unos documentos en un archivero, escuchó unos pasos acercándose.
—Sofía.
Reconoció la voz de inmediato.
Se giró y encontró a Adrián frente a ella.
Como siempre, llevaba un traje impecable, aunque su expresión era un poco más suave de lo habitual.
—¿Sí?
Él permaneció unos segundos en silencio antes de hablar.
—¿Tienes planes esta noche?
Sofía parpadeó confundida.
—No... ¿Por qué?
—Quiero invitarte a cenar.
Ella abrió ligeramente los ojos.
—¿A cenar?
—Sí.
La propuesta tomó a Sofía completamente por sorpresa.
—No creo que sea buena idea.
—¿Por qué?
—Porque usted es el hijo del CEO.
Si alguien nos ve juntos, mañana toda la empresa estará inventando historias.
Adrián no pudo evitar darle la razón.
Conocía demasiado bien los rumores que circulaban en la empresa.
—No me preocupa lo que digan.
Ella sonrió con timidez.
—A mí un poquito.
Él guardó silencio unos segundos.
—No es una invitación de trabajo.
Es una disculpa.
Sofía inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Una disculpa?
—Lo que ocurrió hoy pasó dentro de mi empresa.
Aunque yo no hice esa acusación, siento que debí detenerla antes.
Ella negó inmediatamente.
—No fue su culpa.
—Aun así...
Quiero compensarte por el mal momento.
Sofía observó la sinceridad en sus ojos.
Finalmente sonrió.
—Está bien.
Pero solo si yo pago mi parte.
Por primera vez en días, Adrián dejó escapar una pequeña risa.
—Lo discutiremos después.
---
A las siete de la noche...
Un elegante automóvil negro esperaba frente al edificio donde vivía Sofía.
Ella salió usando un vestido color azul oscuro, sencillo pero elegante.
No llevaba joyas llamativas.
Solo unos pequeños aretes plateados.
Cuando Adrián la vio bajar las escaleras del edificio, por un instante olvidó cerrar la puerta del automóvil.
No era un vestido costoso.
Ni un diseño exclusivo.
Pero le quedaba perfecto.
Sofía sonrió con cierta vergüenza.
—¿Esperó mucho?
—No.
Adrián descendió del automóvil y abrió la puerta del copiloto.
—Gracias.
Ella subió algo nerviosa.
Durante el trayecto, ambos permanecieron en silencio varios minutos.
Fue Sofía quien rompió el hielo.
—¿Siempre conduce usted mismo?
—Cuando quiero un poco de tranquilidad, sí.
Ella miró por la ventana.
—Debe ser agradable.
—¿Qué cosa?
—Poder conducir sin pensar en reuniones o contratos.
Adrián sonrió apenas.
—La verdad... casi siempre sigo pensando en ellos.
Sofía soltó una pequeña risa.
—Entonces necesita vacaciones.
—Probablemente.
---
Cuarenta minutos después, el automóvil se detuvo frente a uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad.
La fachada estaba iluminada por elegantes lámparas.
Una alfombra alfombra roja conducía hasta la entrada.
Un pianista interpretaba música en vivo.
Sofía observó el lugar con asombro.
—Adrián...
Él la miró.
—¿Sí?
—Creo que este restaurante es demasiado elegante para mí.
Él negó con tranquilidad.
—No lo es.
Un empleado abrió la puerta con una sonrisa.
—Buenas noches, joben Adrián.
Su mesa ya está preparada.
Sofía lo miró sorprendida.
—¿Viene seguido?
—Muy pocas veces.
Entraron al restaurante.
Algunos clientes reconocieron inmediatamente a Adrián, pero él los ignoró por completo.
El gerente los condujo hasta una mesa junto a un enorme ventanal con vista a la ciudad iluminada.
—Espero que disfruten la velada.
—Gracias.
Cuando estuvieron solos, Sofía observó discretamente el lugar.
Todo parecía sacado de una película.
Las lámparas de cristal.
Las flores frescas.
La música suave.
Los manteles impecables.
—Nunca había estado en un lugar así.
Adrián la observó.
—¿Te incomoda?
Ella negó rápidamente.
—No.
Solo... es muy bonito.
Un mesero llegó con los menús.
Después de tomar la orden, ambos volvieron a quedarse en silencio.
Finalmente, Adrián habló.
—Quiero disculparme otra vez.
Sofía sonrió con dulzura.
—Ya lo hizo.
—No siento que sea suficiente.
Ella apoyó suavemente las manos sobre la mesa.
—¿Puedo decirle algo?
—Claro.
—Hoy, cuando todos me miraban como si realmente hubiera robado su reloj...
Pensé que usted también iba a desconfiar de mí.
Adrián negó sin dudar.
—Nunca lo hice.
Ella levantó la vista.
Él continuó:
—Si hubiera creído que eras capaz de hacer algo así, no te habría defendido delante de todos.
Sofía sintió un cálido alivio en el pecho.
—Gracias.
Significa mucho para mí.
El mesero llegó con la cena, interrumpiendo la conversación.
Durante la comida comenzaron a hablar de temas mucho más sencillos.
Descubrieron que ambos disfrutaban leer novelas.
Que a los dos les gustaba caminar cuando necesitaban despejar la mente.
Y que compartían un gusto especial por los postres.
Cuando llegó el momento del postre, el mesero dejó frente a ellos un pastel de chocolate acompañado de helado de vainilla.
Sofía sonrió como una niña.
—Se ve delicioso.
Adrián la observó probar el primer bocado.
Su rostro se iluminó de inmediato.
—Está increíble.
Él no pudo evitar sonreír.
Era una sonrisa pequeña.
Pero completamente sincera.
Sofía lo notó.
—¡Está sonriendo!
Adrián pareció darse cuenta demasiado tarde.
—¿Lo hice?
Ella soltó una risa.
—Sí.
Y debo decir que se ve mucho mejor así que con esa cara tan seria.
Él negó con la cabeza, divertido.
—Eres la primera persona que me dice eso sin miedo.
—Bueno...
Alguien tenía que hacerlo.
Los dos rieron.
No era una gran carcajada.
Era una risa tranquila, natural.
Por primera vez desde que se conocían, la conversación fluía sin tensión.
Y mientras los observaba desde la entrada del restaurante, una figura permanecía inmóvil.
Valeria.
Había llegado por casualidad para una cena de negocios.
Al ver a Adrián riendo junto a Sofía, sintió que la rabia volvía a crecer dentro de ella.
Apretó con fuerza el bolso que llevaba en la mano.
—Así que por ella... eres capaz de sonreír.
Su mirada se volvió fría.
Aquella cena, que para Adrián era una simple disculpa y para Sofía una agradable sorpresa, acababa de convencer a Valeria de una cosa.
Sofía ya no era solo una molestia.
Se había convertido en su mayor rival.