«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 9: El escudo de acero
La muñeca de Richard seguía atrapada en el puño de Nolan. Por más que intentaba zafarse, los dedos enguantados del magnate no cedían ni un milímetro; al contrario, la presión aumentaba con una lentitud sádica, obligando a Richard a inclinarse ligeramente para no fracturarse. El rostro del agresor pasó de la furia ciega a una palidez espantosa en cuanto sus ojos se encontraron con la mirada gris de Nolan Cross.
—Señor Harrison —la voz de Nolan era un susurro bajo, pero con una resonancia tan helada que acalló el murmullo de la acera— Parece que ha olvidado sus modales en el mismo basurero donde dejó la solvencia de su empresa.
—Cross... suéltame —consiguió articular Richard, apretando los dientes mientras el dolor le subía por el antebrazo— Esto es un asunto privado entre Dayana y yo. Ella es mi prometida.
—Era su prometida, señor Harrison —corrigió una voz desde atrás.
De la segunda limusina negra que escoltaba a Nolan descendieron tres hombres de edad avanzada, vestidos con trajes de un costo prohibitivo. Dayana los reconoció de inmediato: eran los principales inversores de la junta directiva del Harrison Group y los mayores acreedores bancarios de la ciudad. Hombres ante los que Richard solía temblar y pasar meses ensayando discursos para conseguir una extensión de sus créditos.
Ahora, esos hombres miraban a Richard con una mezcla de repugnancia y desprecio absoluto.
—Caballeros —habló Nolan, sin quitarle los ojos de encima a un Richard que empezaba a temblar descontroladamente— como pueden ver, el exdirector ejecutivo de su antigua firma no solo es un pésimo estratega financiero, sino también un individuo incapaz de controlar sus impulsos más primitivos en la vía pública. ¿Es este el hombre en el que confiaron sus capitales?
—Por supuesto que no, señor Cross —respondió el más anciano de los inversores, dando un paso al frente y evitando deliberadamente mirar a Richard a los ojos— La junta ha firmado la orden de embargo de todos sus bienes residuales hace diez minutos. A partir de este momento, el apellido Harrison no representa nada en el mercado.
Nolan soltó la muñeca de Richard con un movimiento brusco de desdén, como quien se deshace de un pañuelo sucio. Richard dio varios pasos hacia atrás, tropezando con sus propios pies y frotándose la articulación enrojecida, con el orgullo completamente hecho trizas frente a sus antiguos mentores.
—Has caído muy bajo, Richard —sentenció el inversor mayoritario antes de retirarse junto a los demás hacia el interior del restaurante— Eres una vergüenza para el gremio.
Dayana observó la escena sintiendo una extraña mezcla de justicia y asombro. El poder de Nolan no requería de gritos ni de violencia física exagerada; le bastaba una frase, una sola presencia, para alinear el mundo a su favor y ejecutar una ejecución pública y profesional del hombre que se había creído dueño de su destino.
Richard, viéndose completamente despojado de sus títulos, de su dinero y del respeto de sus socios, miró a Dayana con una mezcla de odio puro y desesperación.
—¿Estás feliz, Dayana? —siseó, con un hilo de sudor corriéndole por la sien— Me quitaste todo. Te aliaste con este monstruo para destruirme.
Nolan no le dio tiempo a continuar. Con un paso felino, se interpuso por completo entre Richard y Dayana, cancelando cualquier contacto visual entre ambos. La imponente estatura de casi un metro noventa del magnate bloqueó el viento frío de la tarde, envolviendo a Dayana en un aura asfixiante de protección y posesividad gélida. El aroma a madera y cuero de su perfume inundó sus sentidos, recordándole que, aunque estuviera a salvo del peligro exterior, ahora pertenecía a las reglas de este nuevo dueño.
En ese momento, el chirrido de varios neumáticos rompió la tensión de la calle. Dos camionetas de prensa con logotipos de las cadenas de televisión más importantes del país se detuvieron de golpe junto a la acera. Los reporteros y fotógrafos bajaron atropelladamente, alertados por un soplo que, sin duda, Sebastián había coordinado a la perfección.
Los flashes de las cámaras comenzaron a destellar como ráfagas de luz blanca, capturando el estado deplorable de Richard y la pulcra magnificencia de Nolan Cross.
Nolan se giró lentamente hacia Dayana. Sus ojos grises, antes tormentosos, se suavizaron con una calculada calidez de cara al público, aunque en el fondo seguían siendo un abismo de hielo. Extendió su brazo y, con una firmeza indiscutible que no admitía réplica, rodeó la cintura de Dayana, pegando el cuerpo de ella contra el suyo en un abrazo tan posesivo que a Dayana se le cortó la respiración. El contacto de la mano de Nolan a través del abrigo de cachemira se sintió ardiente.
Frente a las cámaras que transmitían en vivo para todo el país, y mirando a un Richard que temblaba de humillación y miedo bajo la lluvia de flashes, Nolan Cross dictó su sentencia final con una voz que resonó como el acero golpeando el mármol:
—Vuelve a tocar a mi esposa y borraré tu apellido de esta ciudad.
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