Él es un magnate de acero: frío, desconfiado y acostumbrado a controlarlo todo, hasta que ella cruza su camino. Ella es una joven diseñadora llena de talento, que solo busca una oportunidad para que sus diseños de ropa y joyas brillen. Lo que comienza como una simple entrevista se convierte en una atracción inesperada que romperá sus barreras... y despertará en él una obsesión que no sabía que podía sentir.
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capítulo 17: La entrega final
En cuanto la señora Elizondo se marchó, Yoselin se puso manos a la obra con los ajustes que habían acordado. Sabía que esos pequeños cambios —el centímetro en la falda, la posición de la pulsera— eran los que transformaban una prenda bonita en algo perfectamente adaptado a quien la llevaría, tal como había explicado durante la prueba. No tuvo que rehacer nada importante: todo el trabajo previo, la elección de materiales y la construcción cuidadosa le daban una base sólida, así que solo tuvo que aplicar los retoques finales con la misma paciencia y precisión de siempre.
Recortó el borde de la falda con cuidado, volvió a coserlo con el hilo invisible que tanto le había costado encontrar, y aseguró cada puntada para que resistiera el movimiento sin deformarse. Luego ajustó el engaste de la pulsera, moviendo la piedra pequeña justo un poco más arriba, de modo que quedara libre de cualquier roce con la manga. Revisó una última vez que el cierre del collar fuera suave, que los broches del escote no se notaran y que los zapatos estuvieran impecables, sin una sola marca ni rasguño. Quería que cuando la clienta los viera de nuevo, todo pareciera haber salido así desde el principio.
Llegó el día de la entrega. Yoselin preparó todo con el mismo esmero con el que había trabajado cada pieza: envolvió el vestido en papel de seda blanco, colocó las joyas en sus cajitas forradas y acomodó los zapatos en su caja correspondiente. Cuando la señora Elizondo entró al área de diseño, esta vez no vino sola: Alejandro la acompañaba, con esa compostura seria que lo caracterizaba, pero con una mirada más relajada que la última vez.
—Todo está listo —dijo Yoselin con una sonrisa tranquila—. He hecho los ajustes que vimos en la prueba, y he revisado cada detalle para que no tengas ninguna preocupación.
La clienta se probó el conjunto completo una vez más. Al verse al espejo, soltó una exclamación de asombro: la falda caía con una fluidez perfecta, la pulsera se movía libremente en su muñeca, y cada pieza parecía formar parte de ella misma.
—Es más hermoso de lo que imaginé —dijo con sinceridad—. Gracias por escucharme, por entender lo que necesitaba y por cuidar hasta lo más pequeño. Nadie me ha hecho sentir así al ponerme ropa.
Mientras la mujer se despedía y se marchaba con su pedido, Alejandro se quedó junto a Yoselin. Por primera vez no había duda en su rostro, ni reservas en su mirada.
—Cumpliste —dijo él con voz clara y firme—. No solo entregaste lo que pedía, sino que demostraste que tu forma de trabajar es tan rigurosa como la que yo exijo. Los ajustes que hiciste, el cuidado que pusiste en cada cambio... entendiste que lo único verdaderamente arriesgado es hacer las cosas a medias.
Yoselin sintió que se le quitaba un peso enorme de encima, el mismo que llevaba desde el día de su primera entrevista. No había ganado solo un trabajo: había ganado su respeto.
—Gracias por darme la oportunidad de demostrarlo —respondió ella.
Alejandro asintió, y por un instante casi imperceptible, sus labios se curvaron en una sombra de sonrisa.
—No me des las gracias a mí —dijo—. Te las has ganado tú sola.