Nahela soñaba con ser dueña de su propio destino, pero su familia decidió su futuro por ella. Obligada a casarse con un hombre al que no ama, comprende que la libertad tiene un precio demasiado alto.
Gabriele Di Matteo llegó a Colombia para cerrar un importante negocio y regresar a Nueva York. El amor nunca estuvo en sus planes, mucho menos involucrarse en los problemas de una desconocida.
Pero una noche basta para cambiarlo todo.
Lo que comienza como una promesa de ayuda se convierte en una huida desesperada, un peligroso desafío a hombres poderosos y un amor capaz de romper todas las reglas.
Porque cuando el destino une a dos almas perdidas, ni la distancia, ni el poder, ni el miedo son suficientes para separarlas.
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Reencuentro.
Gabriele🖤
Una semana. Solo una semana desde aquella llamada y aun así… siento que mi vida ya no encaja en ningún lugar. Desde entonces, el teléfono nuevo que mi madre le consiguió a Nahela se ha convertido en una especie de hilo invisible que me mantiene cuerdo… o más bien, me condena porque ahora no solo la llamo yo, ella también me llama y eso es lo que me está destruyendo lentamente. Saber que ella también se preocupa por mi.
La primera vez que vi su nombre aparecer en la pantalla, pensé que era un error. La segunda vez, me quedé en silencio varios segundos antes de contestar. La tercera… ya estaba esperándolo. Y ahora, cada vibración del teléfono es una maldita adicción.
—¿Estás ocupado? —me preguntó ayer.
—Siempre —le respondí.
—Entonces te distraigo un poco.
Y lo hizo sin esfuerzo como si no supiera que tiene ese poder. Y yo me pregunto ¿Desde cuándo le di ese poder a otra mujer distinta a mi madre, hermana o sobrinas?
La semana ha seguido su curso como si nada en el mundo hubiera cambiado. Reuniones en la constructora. Visitas a proyectos. Firmas. Números. Hombres hablando demasiado y diciendo poco.
Almuerzos con socios que sonríen demasiado para ser sinceros, cenas donde el vino es más honesto que las personas y entre todo eso… Alessandro.
—Estás insoportable —me dijo una noche mientras salíamos de una reunión—. Más de lo normal.
—Estoy trabajando.
—No, estás pensando en Italia.
No respondí porque no tenía sentido mentirle.
También he compartido momentos con Gianna, esa pequeña tormenta de tres años con rizos y energía infinita.
—Padlino, corre conmigo —me exigió en el jardín de su casa.
—No puedo correr.
—Sí pueles.
Y corrí porque hay guerras que no se pierden contra una niña.
Arabella se reía desde el sofá.
—Eres su víctima favorita —me dijo.
—Es una tirana.
—Es tu ahijada.
—Peor aún.
Pero la cargué igual y por unos minutos… no pensé en nada. Ni en negocios, ni en amenazas, ni en José Joaquín Santacruz.
Hace tres días nació la hija de Dency y Ettore.
Una niña pequeña, perfecta y sana Ettore ya tiene dos hijos con su morena.
—Estás rodeado de familias felices —le dije cuando lo vi.
—Tú también podrías estarlo —respondió él.
No le contesté porque no entendía por qué esa frase me molestó tanto.
Y luego está el otro problema: José Joaquín o mejor dicho… su ausencia. Los hombres que nos seguían desaparecieron. Dos días sin rastros, sin sombras, uno de los hombres de seguridad me lo confirmó anoche.
—Se retiraron —dijo—. O entendieron que no tienes nada que ver con ella… o están preparando algo peor.
Yo no dije nada, pero lo sentí. Ese silencio no es paz, es espera.
...
Hoy amanecí desesperado nivel dios y decidido. Desde el penthouse, con la ciudad aún apagada bajo la luz gris del amanecer, le marco a Alessandro.
—Voy a Italia —digo sin saludar.
Hay un silencio breve del otro lado.
—Lo imaginé.
—No voy a esperar más.
—¿Problema?
—Mi paciencia llegó a cero —escucho su risa leve.
—Entonces ve.
—¿Eso es todo?
—No —su tono se volvió más serio—. Ve, pero no seas estúpido. Si esto es una trampa, quiero que vuelvas vivo.
—No planeo morir por nadie.
—Mentiroso.
Corto la llamada antes de que empiece con sus cosas.
Las siguientes llamadas fueron automáticas. Mandar a preparar el Jet privado. Organizar mi Seguridad. Hombres en Italia listos para recibirme.
Todo en orden, frío, controlado. Excepto yo que quiero cerrar los ojos y al abrirlos estar en Italia frente a ella.
Salgo de Nueva York a media mañana. El cielo está demasiado limpio para alguien que se siente así de impaciente.
No avisé a nadie en Italia de mi viaje porque quiero llegar de sorpresa. Porque esto no es un viaje cualquiera, es una necesidad.
Las horas en el aire son una tortura silenciosa. El avión atraviesa el Atlántico mientras yo no dejo de mirar el reloj mientras recuerdo su voz.
“Yo también quiero verte.”
Me recuesto en el asiento, cierro los ojos y por primera vez me permito admitirlo:
No sé qué es esto que me pasa, pero no es control, ni lógica. No es negocio, es algo peor.
19:42 p. m. — Florencia, Italia
El avión aterriza, el motor se apaga y yo sigo sintiendo que estoy llegando demasiado tarde… o demasiado lento. Alessandro tenía razón. No es prudencia lo que me falta, es paciencia.
Me reciben dos de mis hombres en pista.
—Todo tranquilo, señor Di Matteo.
—Coche listo.
Asiento y subo sin hablar demasiado.
El camino hacia la mansión de mis padres es largo.
En el asiento trasero, dejo dos bolsas a un lado. Regalos para mi madre, para mis sobrinos los hijos de Massimo y uno más pequeño para ella.
No sé por qué lo compré.
La mansión aparece entre los árboles como siempre imponente, intocable y segura como si nada pudiera romperla.
—Bienvenido, señor —dicen los guardias.
Entro sin detenerme. Los empleados me saludan con respeto.
Abro la puerta principal y entonces la veo sin aviso, sin preparación y sin defensa. Está de pie en el pasillo del jardín interior, con su cabello negro y rizado atado de forma suave, pero desordenada en los bordes. Como si el viento hubiera decidido jugar con ella.
Se queda quieta un segundo, yo también y el mundo entero deja de tener sonido. Antes de que pueda decir su nombre… ella corre hacia mí y no pienso, no calculo, no analizo solo la recibo cuando salta la sujeto.
Sus piernas rodean mi cintura, sus brazos mi cuello y su peso contra mi cuerpo como si siempre hubiera pertenecido ahí.
—Gabriele… —susurra contra mi oído y algo dentro de mí se rompe.
La sostengo con fuerza como si soltarla significara perder algo que no sabía que tenía.
—Dios… —murmuro—. ¿Me extrañaste?
Ella ríe bajito, aún aferrada a mí.
—Sí, te tardaste.
Cierro los ojos y por un segundo olvido quién soy.
—No sabes lo que haces —le digo en voz baja y ronca.
—Sí lo sé.
Y me mira demasiado cerca y real. Demasiado todo.
Bajo una de mis manos lentamente… y le suelto el cabello. Los rizos caen uno a uno sobre su espalda y me doy cuenta de algo que no debería ser un problema.
Me gusta demasiado verla así.
—Así está mejor —murmuro sin pensar.
—¿Qué?
—Tu cabello suelto se ve precioso —los ojitos le brillan.
La sostengo igual demasiado cerca, demasiado tiempo y entonces siento el cambio en mi cuerpo. El instinto, la reacción que no debería existir aquí. La presión de tenerla así contra mí… su respiración, su calor, su olor.
Aprieto la mandíbula mientras rezo internamente para que no se me pare la v3rga.
Mierda, esto no es bueno, no es decente, ni es controlable y por primera vez en mi vida no quiero soltarla.
—Nahela… —digo en voz baja, más grave—. Bájate antes de que haga algo que no debo.
Ella parpadea.
—¿Qué cosa?
La miro y no respondo porque si hablo… pierdo. Y si pierdo ya no hay vuelta atrás.