NovelToon NovelToon
Por Mi Reina

Por Mi Reina

Status: Terminada
Genre:Yuri / Romance / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:773
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️

NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cenizas

El aire en la terraza baja de Aethelgard siempre sabía a carbón y a barro. A diferencia de las cumbres de la ciudad, donde los nobles respiraban el perfume de las rosas, el cuartel general del ejército imperial olía a sudor y al aceite usado para limpiar las ballestas.

Kaelith se desabrochó los ganteletes de hierro. Sus manos, cubiertas de callos y surcadas por una línea pálida en la palma izquierda —el recuerdo de una hoja envenenada en las fronteras de Umbralia—, temblaban levemente. No era por cansancio. Había cabalgado tres días seguidos desde las trincheras del sur sin detenerse a dormir, pero el agotamiento físico no era nada comparado con el peso que sentía en el pecho.

—General —una voz ronca la sacó de sus pensamientos.

Kaelith alzó la vista. Mael, su segundo al mando y el hombre que le había cubierto las espaldas en una docena de emboscadas, estaba de pie junto a la mesa de mapas. Tenía una jarra de agua y el rostro cruzado por la preocupación.

—Los mensajeros dicen que el emperador ya convocó al consejo —dijo Mael, sirviendo el agua—. Te esperan en el Nido del Fénix antes del anochecer. No te han dado tiempo ni de quitarte el barro de la armadura.

—El emperador no tiene paciencia cuando las sombras avanzan —respondió Kaelith. Su voz era baja, rasposa por el polvo del camino—. ¿Cómo están las cosas en la corte?

Mael guardó silencio un momento. Miró hacia la ventana alta, desde donde se alcanzaban a ver las relucientes torres blancas del palacio real, recortadas contra el cielo gris.

—Mal —admitió en un susurro—. Se rumorea que los emisarios llegaron ayer. Traen barcos, oro y un contrato de matrimonio. Dicen que el palacio se está preparando para una celebración.

Kaelith apretó los puños. Las placas de metal de su coraza crujieron.

—No dejes que los soldados escuchen esos rumores —ordenó Kaelith, forzando una calma que no sentía—. La moral ya está baja tras la pérdida del fuerte del sur. No necesitamos que piensen que el imperio se está vendiendo al mejor postor.

—Kaelith... —Mael abandonó el tono militar, usando su nombre de pila con la confianza de los viejos amigos—. Sabes perfectamente lo que significa ese matrimonio. Ella no va a oponerse. La princesa es una estratega. Si salvar el reino implica firmar ese papel, lo hará sin parpadear. No te destruyas por alguien que solo te ve como una pieza en su tablero.

—Mi deber es proteger la corona. No juzgar las decisiones de quien la lleva.

—Tu deber es con el imperio, no con tus recuerdos —sentenció el hombre, mirándola a los ojos—. Te lo advertí hace dos años cuando regresaste de aquella misión secreta. Hay miradas que queman más que el fuego. Aléjate de las alturas, general. Los soldados que caen desde el palacio no dejan rastro.

Kaelith no respondió. Tomó su capa oscura, la sacudió para quitarle el polvo del viaje y se la abrochó al hombro con un broche de plata en forma de fénix. Las palabras de Mael no eran nuevas; eran el mismo consejo que se repetía a sí misma cada noche en su tienda de campaña mientras soñaba con las estrellas. El problema era que el consejo llegaba demasiado tarde. Su caída libre había comenzado mucho tiempo atrás.

El ascenso hacia el Nido del Fénix requería cruzar los tres niveles de la ciudad. A medida que Kaelith subía a lomos de su caballo, el barro daba paso al suelo azul y los gritos de los herreros se convertían en los susurros apagados de los cortesanos.

Cuando cruzó las puertas color oro del palacio real, los guardias de la entrada enderezaron sus lanzas. Kaelith caminó por los pasillos con el paso firme de quien está acostumbrada a marchar hacia el peligro. Sus botas pesadas resonaban contra el suelo de piedra pulida, rompiendo la música suave que flotaba desde los salones de baile. Los nobles vestidos de colores se apartaban a su paso, mirándola con una mezcla de respeto y desagrado. Para ellos, la general era el recordatorio viviente de que afuera, más allá de los puentes de piedra, el mundo se estaba desangrando.

Dos sirvientes abrieron las puertas dobles del gran salón del consejo.

La habitación era circular, rodeada de ventanales que mostraban el abismo de niebla que protegía la capital. En el centro, alrededor de una mesa, se sentaban los ministros del imperio. En el extremo más alto, el emperador permanecía pensativo, con el rostro envejecido por la guerra.

Y a su lado, de pie, estaba ella.

La princesa Lysandra vestía un traje de corte azul oscuro que imitaba el color del cielo nocturno. Su cabello plateado estaba recogido en una trenza compleja que caía sobre uno de sus hombros. No llevaba joyas ostentosas, solo un anillo con el sello real en su mano derecha. Su postura era perfecta, la encarnación misma de la autoridad y el control.

Cuando Kaelith entró, las miradas de todos los presentes se posaron en ella, pero la general solo registró una. Los ojos verdes de Lysandra se cruzaron con los suyos. Fue un segundo, un destello casi imperceptible de reconocimiento antes de que la princesa volviera a ponerse la máscara de frialdad diplomática.

—General Kaelith —habló el emperador, su voz resonando en las paredes de piedra—. No hay tiempo para ceremonias. Infórmenos sobre la frontera. ¿Es cierto que las criaturas de Umbralia han cruzado el río de ceniza?

Kaelith avanzó hasta la mesa, colocó una mano sobre su pecho en el saludo militar y se inclinó levemente.

—Es cierto, Majestad —dijo, manteniendo la voz firme—. El fuerte del sur cayó hace cuatro días. Sus defensas fueron saboteadas desde el interior. Las sombras avanzan hacia las tierras agrícolas. Si no enviamos refuerzos de inmediato, el suministro de comida de la capital se verá comprometido en menos de un mes.

Un murmullo de pánico recorrió a los ministros.

El ministro de finanzas, un hombre gordo cubierto de joyas, se levantó de su silla.

—¡No hay oro para más tropas! —exclamó—. Las arcas están vacías y los mercenarios exigen el pago por adelantado. Enviar más hombres al sur es arrojar vidas a un pozo sin fondo.

—¿Y cuál es su alternativa, ministro? —la voz de Lysandra intervino, cortando el aire como un cuchillo de hielo. El salón quedó en un silencio absoluto—. ¿Dejar que las sombras quemen nuestras cosechas y esperar a que el pueblo se levante en armas por hambre?

—Princesa... —el ministro balbuceó, retrocediendo—. Solo digo que la fuerza militar ya no es suficiente. Necesitamos aliados.

Lysandra miró a su padre y luego fijó sus ojos en Kaelith. Su mirada era indescifrable, una mezcla de cálculo político y algo más profundo que la general no lograba catalogar.

—El ministro tiene razón en algo —continuó Lysandra, dando un paso hacia el centro del salón—. No podemos ganar esta guerra solos. Por eso, tras consultar con mi padre, hemos aceptado la oferta del Reino de Zephyria. Su flota llegará al puerto del norte al final de la semana. Traen diez mil hombres y recursos suficientes para reconstruir el fuerte del sur.

Kaelith sintió que la temperatura de la habitación descendía varios grados. Sabía cuál era el precio de diez mil hombres del norte. Los reinos no regalaban sus ejércitos por caridad.

—¿A cambio de qué, Princesa? —preguntó Kaelith, rompiendo el protocolo militar al interrogar directamente a la realeza. Los ministros contuvieron el aliento.

Lysandra no parpadeó. Sostuvo la mirada de la general con una firmeza que rozaba la crueldad.

—A cambio de una alianza de sangre —respondió la princesa con calma—. Me casaré con el príncipe heredero de Zephyria cuando termine la temporada de lluvias. El imperio estará a salvo.

La confirmación golpeó a Kaelith con la fuerza de un impacto físico en el campo de batalla. Por un instante, el salón del consejo desapareció. No había ministros, ni mapas, ni imperios en ruinas. Solo existía el recuerdo de una noche lluviosa, dos años atrás, en una tienda de campaña de la frontera, donde una princesa asustada se había refugiado en los brazos de su guardaespaldas, prometiéndole entre susurros que cambiaría el mundo para que pudieran estar juntas.

Aquellas promesas ahora parecían cenizas.

—Es una estrategia brillante, Majestad —dijo Kaelith. Su voz no flaqueó, aunque sintió que algo dentro de ella se rompía—. Una victoria sin necesidad de derramar más sangre en la corte.

—Me alegra que comprenda la necesidad del imperio, general —dijo Lysandra, y por primera vez, hubo una pequeña grieta de dolor en el tono de la princesa, visible solo para quien la conocía de verdad—. Su nueva misión comenzará de inmediato. Como el ejército de Zephyria llegará por el norte, usted y sus hombres marcharán mañana mismo de regreso al sur. Deben contener a las sombras el tiempo suficiente para que la boda se lleve a cabo y los refuerzos puedan posicionarse.

—¿Me está enviando de regreso al frente de batalla? —preguntó Kaelith, dando un paso al frente.

—La estoy enviando a ganar tiempo, general —corrigió Lysandra, fría como el mármol—. El imperio necesita que defienda las fronteras. Yo me encargaré de defender la capital. Puede retirarse.

El emperador asintió, dando por terminada la sesión. Los ministros comenzaron a recoger sus papeles, hablando entre ellos sobre los preparativos de la boda real.

Kaelith dio un paso atrás. Saludó con el puño en el pecho, dio la vuelta y caminó hacia la salida. Sabía que la estaban mandando a una misión suicida. Sabía que cada día que pasara luchando en el sur, sería un día más que Lysandra pasaría organizando su vida con otro hombre. Sabía que debía dar la vuelta, renunciar a su puesto y salvarse a sí misma, tal como Mael le había advertido.

Sin embargo, mientras cruzaba el umbral de las puertas de oro, Kaelith miró de reojo por última vez hacia el trono. Lysandra la observaba marchar, con los puños apretados bajo sus largas mangas.

Kaelith apretó los dientes y siguió adelante. Su destino estaba sellado. Si la princesa necesitaba que muriera para que su corona siguiera brillando, ella marcharía a la guerra con una sonrisa en los labios.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play