Cuando una estafa sacude el imperio de Alfred Lecrec, el implacable magnate Sebastian Spencer está decidido a destruir a los responsables. Sin embargo, todo cambia al conocer a Elena Lecrec: una arquitecta independiente, inteligente y de carácter indomable. Fascinado por ella, Sebastian ofrece un cruel trato: perdonará a su familia si Elena acepta casarse con él durante cinco años y darle un heredero; de lo contrario, su hermano Martín, el verdadero culpable, pasará el resto de su vida en prisión.
Para Elena, Sebastian no es más que su verdugo. Pero mientras el odio se convierte en convivencia, descubrirá que detrás de ese hombre frío y despiadado se esconde un corazón marcado por profundas heridas. Lo que comenzó como un matrimonio por obligación podría convertirse en la única oportunidad para sanar… o destruirlos a ambos.
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Capítulo 6: La Red que se Cierra
La mañana siguiente amaneció gris y pesada sobre la mansión Lecrec. El sol apenas se filtraba entre las nubes, como si el cielo mismo supiera que algo terrible estaba por ocurrir. La familia desayunaba en silencio en el comedor principal. Elena removía su café sin probar bocado, con la mirada perdida. Alfred leía el periódico con manos temblorosas. Victoria apenas tocaba su tostada.
De repente, el sonido de sirenas rompió la quietud. Dos patrullas de policía se detuvieron frente a la entrada. Varios agentes uniformados bajaron con expresión seria.
Alfred se levantó de golpe, derramando su taza.
—¿Qué es esto?
Antes de que alguien pudiera responder, los policías irrumpieron en la casa con una orden judicial en la mano.
—Martín Lecrec —anunció el oficial al mando—, queda detenido por fraude, malversación de fondos y lavado de activos. Tiene una orden de arresto emitida esta madrugada.
Martín palideció y se levantó tan rápido que tiró la silla al suelo.
—¡Esto es un error! ¡Yo no hice nada!
Dos agentes lo sujetaron con firmeza y le colocaron las esposas mientras le leían sus derechos. Victoria soltó un grito ahogado y Elena se quedó congelada, con el corazón latiéndole con violencia.
—¡No se lo lleven! —suplicó Victoria, intentando acercarse—. ¡Por favor!
Pero fue inútil. Los policías se llevaron a Martín arrastrándolo hacia uno de los vehículos. La familia quedó en el salón, sumida en un caos de desesperación.
Minutos después, un abogado de la familia llegó con noticias.
—Puede salir bajo fianza —explicó con tono grave—. Es una suma elevada, pero posible. Sin embargo, el juez ha sido muy estricto.
En ese preciso momento, Marius Borges entró en la mansión. Alto, bien vestido y con expresión preocupada, se acercó directamente a Elena.
—Acabo de enterarme —dijo, tomando las manos de ella—. Estoy dispuesto a pagar la fianza completa… pero ya sabes bajo qué condición, Elena.
Elena suspiró profundamente, cerrando los ojos por un instante. El peso de la situación la aplastaba.
—Marius…
Alfred no titubeó ni un segundo. Se acercó con paso decidido.
—Elena aceptará. Es por el bien de la familia.
—Padre… —intentó protestar ella.
—Necesito hablar con mi hija a solas —pidió Alfred al resto.
Cuando estuvieron solos en el estudio, Alfred cerró la puerta y miró a Elena con una mezcla de súplica y manipulación.
—Hija mía… sé que te estoy pidiendo demasiado. Pero mira lo que ha pasado. Tu hermano está en una celda fría por mi culpa… por no haberlo educado mejor. Si no pagamos esa fianza, pasará años encerrado. La empresa se hundirá del todo. Tu madre no lo resistirá. ¿Vas a cargar con la culpa de destruir a esta familia para siempre? Tú siempre has sido la fuerte, la responsable. Solo será mientras te acostumbras a él. Después serás libre y rica. Piensa en nosotros… en mí. Soy viejo, Elena. No quiero morir sabiendo que arruiné a mis hijos.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Elena. El nudo en su garganta era insoportable.
—Papá… no es justo.
—Nada en la vida lo es —respondió Alfred, abrazándola—. Pero tú puedes salvarnos a todos.
Con la voz rota y lágrimas cayendo sin control, Elena susurró:
—Está bien… Acepto.
En las oficinas Spencer, John entró al despacho de Sebastian con una sonrisa satisfecha.
—Marius Borges pagará la fianza de Martín. Ya está moviendo el dinero.
Sebastian, que revisaba unos documentos, suspiró y se recostó en su sillón.
—Ya lo resolveré.
Apenas terminó de hablar, su teléfono vibró. Una llamada de uno de sus contactos en las autoridades financieras.
—Hecho —dijo Sebastian después de colgar, con una sonrisa fría—. Las cuentas de Marius acaban de ser intervenidas por sospechas de lavado de activos. Estarán bloqueadas indefinidamente.
John soltó una carcajada baja.
—Eres implacable.
De vuelta en la mansión Lecrec, Alfred estaba furioso.
—¡¿Cómo es posible?! —gritaba al teléfono—. ¡Marius, necesitamos ese dinero ya! ¡Mi hijo no puede esperar a que aclares tu situación!
Marius, al otro lado de la línea, sonaba desesperado.
—Alguien me está saboteando. Mis cuentas están congeladas. No puedo mover ni un euro.
Alfred colgó con rabia y se pasó las manos por el cabello. Elena observaba todo en silencio, con los ojos aún hinchados de llorar.
En ese instante, la puerta principal se abrió sin que nadie llamara.
Sebastian Spencer entró como si la mansión ya le perteneciera. Vestido de negro, con esa presencia imponente y glacial, recorrió el salón con la mirada hasta posarla en Elena.
—El tiempo se agota —dijo con voz baja y peligrosa—. Tienen solo una opción: aceptar mi oferta. Todo pasa a mis manos por cinco años. Elena se casa conmigo y me da un heredero. Si no… su hijo, Alfred, nunca verá la luz del día. Pasará el resto de su vida pudriéndose en prisión.
Elena dio un paso adelante, temblando de rabia y dolor.
—Usted es un monstruo —susurró.
Sebastian la miró directamente a los ojos, sin piedad.
—Soy lo que su familia necesita ahora mismo. Decídanse. Mi paciencia tiene un límite.
Alfred miró a su hija con desesperación. Victoria sollozaba en silencio.
La trampa se había cerrado por completo.