Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.
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Capítulo 21: El anuncio
La noticia de la boda de Mateo y Rosseta llenó de alegría a toda la familia. Los preparativos comenzaron de inmediato, y aunque la ceremonia sería sencilla, todos querían que fuera especial. Lucía, a pesar de su avanzado embarazo, se ofreció a ayudar con los adornos y la comida.
—No deberías esforzarte tanto —le dijo Sebastián, viéndola moverse de un lado a otro—. El bebé podría llegar en cualquier momento.
—Todavía falta un mes —respondió ella, con una sonrisa—. Y quiero que la boda de tu hermano sea perfecta. Además, Rosseta se merece un día inolvidable.
Rosseta, que había llegado al campo para quedarse, se había convertido en una hermana para Lucía. Pasaban las tardes juntas, cosiendo el vestido de novia y hablando sobre sus sueños y esperanzas.
—Nunca imaginé que terminaría casándome en un pueblo —dijo Rosseta, mientras bordaba flores en el dobladillo—. Pero no podría ser más feliz.
—El campo tiene algo especial —respondió Lucía—. Aquí el amor es más puro, más verdadero. No hay máscaras ni falsedades.
—Lo sé —dijo Rosseta, con una sonrisa—. Y estoy agradecida de haber encontrado a Mateo. Él es todo lo que siempre quise.
Mientras tanto, Mateo y Sebastián trabajaban juntos en el huerto, compartiendo historias y riendo como cuando eran niños.
—¿Quién lo hubiera dicho? —dijo Mateo, secándose el sudor de la frente—. Tú, el heredero de los Montenegro, convertido en un campesino. Y yo, el hermano menor, casándome con la mujer que tu madre quería para ti.
—El destino es caprichoso —respondió Sebastián, sonriendo—. Pero al final, todo sucede por una razón. Y yo estoy donde debo estar.
—¿Y no extrañas la ciudad? —preguntó Mateo—. ¿El dinero, el poder, la comodidad?
Sebastián negó con la cabeza.
—Extraño a mi padre. Extraño los momentos contigo. Pero no extraño nada de lo que tenía. Porque lo que tengo ahora es mucho más valioso.
El día de la boda llegó con un sol radiante y un cielo despejado. La ceremonia se celebró en la pequeña iglesia del pueblo, adornada con flores silvestres y cintas de colores. Rosseta lucía un vestido blanco sencillo, con un ramo de margaritas en las manos. Mateo, por su parte, vestía un traje oscuro que Sebastián le había prestado.
—Eres hermosa —dijo Mateo, al verla caminar hacia el altar.
—Y tú eres el hombre más guapo que he visto —respondió ella, con lágrimas en los ojos.
El cura ofició la misa, y cuando llegó el momento de los votos, ambos juraron amarse hasta que la muerte los separara. Al final de la ceremonia, todos los presentes aplaudieron y lanzaron pétalos de flores al aire.
La fiesta se celebró en la casa de don Justo. Había música, baile y una mesa llena de comida. Lucía, aunque cansada, no dejó de sonreír en todo el día.
—¿Te sientes bien? —preguntó Sebastián, notando que se llevaba la mano al vientre con frecuencia.
—Sí —respondió ella—. Solo que el bebé se mueve mucho. Creo que está emocionado con la fiesta.
Sebastián rió y puso su mano sobre el vientre de ella.
—Hola, pequeño —dijo—. ¿Estás bailando ahí dentro?
En ese momento, sintió un movimiento fuerte, como si el bebé respondiera a su voz.
—Te escucha —dijo Lucía, con una sonrisa—. Ya te reconoce.
—Soy su padre —respondió Sebastián, con orgullo—. Claro que me reconoce.
La noche avanzó entre risas y bailes. Mateo y Rosseta compartieron su primer baile como esposos, y todos los presentes los rodearon, aplaudiendo al ritmo de la música.
—Brindo por los novios —dijo don Justo, levantando su copa—. Y por la familia que hemos formado. Que el amor y la felicidad los acompañen siempre.
—Brindo por eso —respondieron todos al unísono.
Lucía, con el corazón lleno de gratitud, miró a su alrededor. Su padre, su esposo, su cuñado, su nueva cuñada. Y en su vientre, la vida que crecía y que pronto sería parte de esa familia.
Pero en medio de la celebración, un pensamiento oscuro cruzó su mente: ¿Qué pasaría si Victoria intentaba algo en el momento menos esperado? ¿Si su felicidad era solo un espejismo?
—No pienses en eso —se dijo a sí misma—. Hoy es un día de alegría. Hoy celebramos el amor.
Decidió dejar de lado sus miedos y disfrutar del momento. Bailó con Sebastián, con su padre, con Mateo. Rió hasta que le dolieron las mejillas.
Al final de la noche, cuando todos se fueron y la casa quedó en silencio, Lucía y Sebastián se sentaron en el porche, mirando las estrellas.
—Hoy fue un día perfecto —dijo Lucía, apoyando su cabeza en el hombro de Sebastián.
—Lo fue —respondió él—. Y todos los días serán perfectos, mientras estemos juntos.
—Te amo, Sebastián.
—Y yo a ti, Lucía. Más de lo que puedas imaginar.
Se besaron bajo la luz de la luna, sellando su promesa de amor eterno.
Pero mientras dormían, una carta llegó a la puerta de la casa. Era de Victoria. Y en ella, una nueva amenaza.