Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Galletas
Como cada mes...
El médico de la familia llegó puntualmente a la mansión Montagu.
Eric fue el primero en correr, con sus pequeños pasos aún torpes, hasta esconderse detrás de la falda de Harriet.
Ellie, en cambio, caminó directamente hacia el doctor.
Lo miró con curiosidad.
Y le mostró una pequeña flor que llevaba entre las manos.
El anciano soltó una carcajada.
—Veo que ya no me tienen miedo.
Harriet sonrió.
—Ya crecieron mucho.
La revisión comenzó.
Edward también permaneció presente, como ya era costumbre.
El doctor revisó cuidadosamente a ambos pequeños.
Escuchó sus pulmones.
Comprobó su peso.
Su estatura.
Sus reflejos.
Les hizo seguir algunos pequeños objetos con la mirada.
Y finalmente sonrió satisfecho.
—Excelente.
Harriet respiró aliviada.
—¿Todo está bien?
—Muy bien.
El médico terminó de guardar sus instrumentos.
—Han crecido exactamente como esperaba. Incluso un poco más.
Harriet sonrió orgullosa.
Eric aprovechó la distracción para intentar abrir el maletín del doctor.
—No, pequeño explorador.
Dijo el anciano entre risas.
Edward tomó a su hijo antes de que lograra descubrir algún instrumento médico.
Cuando el doctor terminó de despedirse de los niños...
Pidió hablar un momento con el duque.
Harriet aprovechó ese instante para llevar a Ellie y Eric hasta una pequeña mesa cercana.
—¿Quieren una sorpresa?
Los dos pequeños comenzaron a aplaudir.
Mientras tanto...
El doctor caminó junto al duque por el pasillo.
Permanecieron unos segundos en silencio.
Finalmente habló.
—Su Excelencia.
Edward levantó la vista.
—Sí.
El anciano sonrió.
—En todos mis años ejerciendo.. Nunca había visto un cambio tan grande en unos niños en tan poco tiempo.
Edward escuchó atentamente.
—Cuando los conocí... Eran pequeños para su edad. Se movían poco. Eran sanos... Pero demasiado tranquilos.
El duque asintió lentamente.
Recordaba perfectamente aquel primer informe.
—Ahora...
El doctor sonrió mirando hacia el jardín.
—Ríen constantemente. Corren. Exploran. Se mueven con una seguridad admirable. Muestran una curiosidad enorme para su corta edad. Y hasta han recuperado parte del crecimiento que les faltaba.
Edward permaneció en silencio.
El médico añadió con sinceridad.
—No solo crecieron físicamente. Se nota que son niños felices.
Aquellas palabras hicieron que Edward girara lentamente la cabeza.
A unos metros...
Harriet estaba agachada frente a los pequeños.
Sostenía una bandeja.
—Muy bien.. Hoy pueden probar unas galletas.
Eric levantó inmediatamente una mano.
Ellie hizo lo mismo.
Harriet comenzó a reír.
—Solo comeremos de a una.. con cuidado.
Los pequeños mordieron las galletas.
Sus ojos se iluminaron.
Mary sonrió.
—Mi lady logró otra vez su plan.
Edward levantó una ceja.
—¿Plan?
Mary respondió orgullosa.
—Los pequeños no querían comer algunas frutas. Así que Lady Harriet las mezcló con avena, miel y un poco de canela.
Después preparó galletas.
El doctor rio.
—Una solución bastante ingeniosa.
Harriet sonreía feliz viendo a los niños comer.
—¿Ven? ¡Las frutas también pueden ser deliciosas!
Eric levantó su galleta como si fuera el mayor descubrimiento del mundo.
Ellie intentó quitarle un pedazo.
Harriet comenzó a negociar pacientemente entre ambos.
Edward observó la escena durante varios segundos.
Sin darse cuenta...
Sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Pero completamente auténtica.
El doctor lo notó.
Y sonrió también.
—Tiene una buena familia, Su Excelencia.
Después hizo una reverencia.
—Con permiso.
Edward permaneció allí unos segundos más.
Mirando a Harriet.
Pensando en las palabras del médico.
"Son niños felices."
[Pensando...]
[No fue gracias a mí.]
[Al menos...]
[No al principio.]
Cuando el médico se marchó...
Edward caminó lentamente hasta donde estaba Harriet.
Ella levantó la vista.
Le sonrió.
Una sonrisa completamente natural.
Sin provocaciones.
Sin ironías.
—¿Sí?
Edward habló con tranquilidad.
—Debemos hablar.
Harriet dejó la bandeja sobre la mesa.
—Por supuesto.
Aquella respuesta...
Y aquella sonrisa...
Tomaron al duque completamente por sorpresa.
[Esta vez...]
[No estaba fingiendo.]
Los dos comenzaron a caminar lentamente por el jardín.
Edward respiró hondo.
—Dentro de unas semanas...
Harriet lo escuchaba con atención.
—Será el cumpleaños de los niños.
Ella guardó silencio.
Desde que había llegado a ese mundo...
Había evitado sacar ese tema.
Recordaba perfectamente el guion.
El primer cumpleaños de Ellie y Eric.
El mismo día...
En que también se cumplía un año desde la muerte de su madre.
Siempre había imaginado que Edward no querría celebrarlo.
Pero entonces...
Él continuó.
—Quiero organizar una pequeña celebración.
Harriet se quedó completamente inmóvil.
—¿De verdad?
Edward asintió.
—Sí. No algo grande. Solo una pequeña fiesta familiar.
No alcanzó a decir nada más.
Porque, de pronto...
Harriet dio un paso adelante.
Y lo abrazó.
Edward quedó completamente inmóvil.
¿Lo estaba abrazando?
Harriet sonreía de oreja a oreja.
—¡Será una fiesta preciosa!
Su voz rebosaba entusiasmo.
—No tiene que ser enorme. Los niños todavía son pequeños. Pero podemos decorar el jardín. Haré galletas. Y un pastel pequeño. ¡No! Dos pasteles pequeños. Así cada uno tendrá el suyo.
Edward seguía completamente quieto.
Harriet continuaba hablando emocionada.
—Podemos hacer adornos con flores. Y juguetes de madera. Quizá unas coronitas. ¡Ay! Tengo tantas ideas...
Finalmente lo soltó.
Y comenzó a alejarse casi trotando.
—¡Mary! ¡Tenemos muchísimo que preparar! Hay que hacer una lista. ¡Y buscar telas! ¡Y cintas! ¡Y recetas nuevas!
Su voz fue alejándose por el jardín.
Edward seguía exactamente en el mismo lugar.
Sin moverse.
Con la mirada perdida.
[Pensando...]
[Me...]
[Me abrazó.]
Miró lentamente sus propias manos.
Como si intentara comprobar que aquello realmente había sucedido.
El mayordomo, que había observado toda la escena desde una prudente distancia, carraspeó discretamente.
Edward giró la cabeza muy despacio.
—Mayordomo...
El anciano sonrió con muchísima discreción.
—¿Sí, Su Excelencia?
Edward permaneció unos segundos en silencio.
Después preguntó con absoluta seriedad.
—¿Acaba de abrazarme?
El mayordomo inclinó ligeramente la cabeza.
—Así fue.
Edward volvió a mirar el camino por donde Harriet había desaparecido.
Todavía podía escucharla dando instrucciones a Mary con una emoción contagiosa.
Y, por primera vez desde la muerte de su primera esposa...
La idea de celebrar un cumpleaños en aquella mansión...
Ya no le parecía un recordatorio del pasado.
Sino una oportunidad para construir un nuevo recuerdo junto a sus hijos.