Selena era una joven de 19 años que convivía con sus padres y sus dos hermanos: Celia, una adolescente de 15 años, y Samuel, un joven de 23 años que se encontraba viviendo en el extranjero con su esposa. Su padre, Santiago, había casado a Samuel a la edad de 20 años, y ahora estaba decidido a encontrar una pareja para Selena. La persona elegida para contraer matrimonio con ella era Carlos Fernández, un joven proveniente de una familia adinerada.
Santiago no tenía dificultades económicas, ya que disponía de una buena situación financiera, pero su objetivo era asegurarse de que sus hijos formaran parte de familias acomodadas a través de sus matrimonios. Esta insistencia por parte de Santiago en unir a sus hijos con personas de buenas posiciones económicas reflejaba su deseo de mantener un estatus social elevado, lo cual se había convertido en una prioridad para él, independientemente de lo que sus hijos pudieran desear. De esta manera, estaba decidido a casar a Selena, sin considerar s
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capítulo 16
Al llegar, se dieron cuenta de que se encontraban en un restaurante de cinco estrellas, bastante alejado de la ciudad. Selena, impresionada por la belleza del lugar, exclamó: ¡Qué lugar tan hermoso!. Fernando la miró y, con una sonrisa, le aclaró: Esto fue idea de papá, no debes pensar otra cosa.
Selena respondió, algo divertida: Ya lo sé, ni siquiera teníamos idea de adónde veníamos, pero realmente este lugar es muy hermoso. Chuo, que estaba escuchando la conversación, añadió: Es un lugar ideal para los recién casados, aquí podrán disfrutar de momentos inolvidables.
Selena abrió los ojos, sorprendida, y preguntó: ¿Qué? Pero.... Antes de que pudiera terminar su pregunta, Fernando le dijo: ¿Y ahora qué?. Justo en ese momento, Chuo les entregó unas llaves de una cabaña, sugiriendo que fueran a disfrutar de su estancia después de comer.
Selena, con un tono resignado, comentó: Bueno, ya no tenemos otra opción. Tomemos este paseo como si fuera un asunto laboral. Fernando, con una expresión seria, asintió y respondió: No nos queda de otra. Ambos comenzaron a caminar hacia el restaurante que tenían en mente.
Al llegar, solicitaron una mesa donde podrían estar cómodos. Pasaron aproximadamente una hora en el lugar, disfrutando de la comida y conversando. Al salir, Selena sugirió: Caminemos un poco más. Sin embargo, Fernando, con una pizca de preocupación, replicó: ¡Ni loco! La gente podría pensar que estamos demasiado enamorados. Mejor tomemos un taxi directo a la cabaña. Selena le lanzó una mirada llena de rabia y, con un suspiro, contestó: Está bien, como tú digas.
Finalmente, al llegar a la cabaña, Selena exclamó: ¡Qué lindo lugar! Pero me parece un poco pequeña.
—A mí me parece que hablas demasiado —comentó Fernando, mientras abría la puerta. Selena, en respuesta, le sacó la lengua y replicó—: Yo voy a dar un paseo un poco.
Fernando, encogiéndose de hombros, respondió—: Está bien, haz lo que quieras.
Selena comenzó a caminar un poco, maravillándose del hermoso entorno que la rodeaba. Todo era realmente encantador. Pronto notó un bar y pensó: Quizás debería tomar algo para relajarme. Decidió entrar.
Una vez dentro, pidió un trago y se acomodó en la barra. Mientras tanto, Fernando se encontraba en la cabaña. Ya se había cambiado y puesto ropa de casa, ya que sus padres habían enviado algunas cosas al lugar.
Después de haber pasado dos horas sin que Selena regresara, Fernando comenzó a inquietarse. Su mente se llenó de preguntas: ¿Dónde estará? ¿Se habrá perdido en este lugar desconocido para ella?. A medida que su preocupación crecía, consideró la posibilidad de ir a buscarla, pero después decidió que lo mejor sería llamarla. Tomó su teléfono móvil y marcó su número, pero al ver que era él quien la llamaba, Selena no contestó.
Con una mezcla de frustración y preocupación, Fernando decidió cambiarse de ropa. Salió a dar un paseo, con la esperanza de encontrarla por casualidad. Mientras caminaba, volvió a intentar contactarla por teléfono. Esta vez, Selena contestó, pero su voz sonaba un poco ebria.
¿Qué quieres?, preguntó ella, dejando entrever en su tono que no estaba en su mejor estado.
Fernando, claramente preocupado, le dijo: ¿Dónde estás? Ya son las 10 de la noche y aún no has vuelto.
Selena respondió con indiferencia: No te importa. ¿Por qué preguntas? Solo firmamos un contrato. Su respuesta lo dejó aún más confundido y preocupado por la situación.
Fernando, preocupado, le dijo a Selena: Estás tomando, así que dime, ¿dónde estás?.
Selena, con una clara expresión de rechazo, respondió: No quiero que vengas. Mientras tanto, Fernando caminaba con inquietud, girando la cabeza para observar a su alrededor. El bar en el que se encontraba Selena estaba un poco alejado de su cabaña, así que, resignado, comentó: Está bien, si no quieres que te busque, solo recuerda que salimos muy temprano para regresar a casa, ¿de acuerdo?.
Selena iba a contestarle, pero en ese momento un chico se acercó a ella y, sonriendo, le dijo: Hola, hermosa, ¿cómo estás? ¿Qué haces tan sola por este lugar?. Selena, intentando ignorarlo, sonrió de manera forzada y le respondió: Ahora mismo estoy hablando por teléfono, no me molestes. Sin embargo, el chico insistió: No deberías estar sola.
Fernando estaba escuchando todo lo que sucedía a su alrededor y se sintió preocupado. Sabía que no podía permitir que le pasara nada a Selena, porque si eso sucedía, su padre lo mataría. En ese momento, dijo; Selena, Selena.
Selena, visiblemente incómoda, dejó el teléfono en la mesa sin desconectarlo y comentó: No debería estar sola. Entonces, según tú, ¿con quién debería estar?
César, el chico que estaba presente, entendió la indirecta y se presentó: Soy César, y si quieres, puedo acompañarte. Sin embargo, Selena le respondió con firmeza: No, no necesito compañía, César.
César, aún sonriendo, le dijo: Eres muy bella, ¿lo sabías? y acercó su mano a tocar su rostro. Ante este gesto inesperado, Selena reaccionó rápidamente: ¡No me toques!.
César, buscando establecer una conexión, le preguntó: ¿Cómo te llamas?
Selena lo miró a los ojos y respondió con determinación: Selena.
César, al observar a la joven, no pudo evitar comentar con admiración: Tu nombre es tan hermoso como tú. Permíteme invitarte a un trago, ya que veo que llevas un anillo en el dedo; quizás tu esposo te haya dejado sola esta noche.
Selena, al escuchar esto, soltó una risa despreocupada y respondió con tranquilidad: ¿Mi esposo? ¡Ja! Esto no es más que un anillo.
César, intrigado y con una chispa de confianza, pensó para sí mismo: Esta chica ya es mía. Está casada, pero dice que ese anillo no significa nada. Voy a pedir un trago y le aplicaré mi estrategia; esta noche será mía.
Así que se acercó nuevamente a Selena y le dijo con una sonrisa encantadora: ¿Puedo invitarte a un trago? Tal vez así tengamos la oportunidad de conocernos mejor y, quién sabe, podríamos ir a otro lugar después.
Selena reflexionó por un momento y, al final, asintió con una sonrisa: Bueno, uno no está tan mal.