Tras sobrevivir al cáncer, Valeria oculta su infertilidad al hombre de su vida. Entre secretos, pasión y una suegra cruel, deberá decidir si el amor basta para sanar sus cicatrices.
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CAPÍTULO 14: En la mira del enemigo
El regreso de Galipán estuvo marcado por una dulzura que me hacía olvidar cualquier rasguño en mi cuerpo. Mateo manejaba la camioneta por las curvas de la montaña sosteniendo mi mano izquierda con la suya, llevándola a sus labios de vez en cuando para darle besos tiernos. Cumplió su promesa al pie de la letra: fue un caballero absoluto, consintiéndome en el desayuno y tratándome como si fuera de cristal.
—¿Cómo sigue mi contadora hermosa? —me preguntó con un brillo pícaro en sus ojos marrones, lanzándome una mirada de reojo—. ¿El tigre tiene permiso de andar cerca o todavía hay zona de peligro?
—El tigre que se quede bien mansito por unos cuantos días —respondí, lanzándole una mirada entrecerrada mientras me acomodaba en el asiento—. Aún estoy caminando como un morrocoy, Mateo. Pero... gracias por cuidarme.
Él sonrió de lado, con esa mezcla de arrogancia y ternura que me derretía el alma, y apretó mi mano.
—Te voy a cuidar siempre, Vale. Eso no lo dudes nunca.
Para poder soltar todo el chisme y la verdad sin filtros, Andrea, Natalia y yo nos citamos el martes por la tarde en una pequeña cafetería discreta en Los Palos Grandes, lejos de la casa familiar para evitar que la tía Irina o mi papá, el señor Carlos, metieran la nariz.
Apenas nos sentamos con nuestros cafés, Andrea se inclinó sobre la mesa, con los ojos abiertos como platos.
—¡Ajá, Mendoza, habla de una vez! —exigió Andrea en un susurro desesperado—. Llegas a la oficina caminando raro, tú enamorado no deja de mirarte como si fueras un premio de lotería y ni hablar de la cara de felicidad sospechosa que tienes. ¿Qué pasó en esa escapada a la montaña?
Me tapé la cara con las manos, muerta de la vergüenza, mientras Natalia soltaba una risita y se acomodaba para escuchar.
—Muchachas... pasó —confesé en un hilo de voz—. Pero dejen la fantasía de las novelas románticas, porque la realidad es otra cosa. El juego previo fue una delicia, una maravilla, pero cuando llegó el momento de la verdad... ¡Se los juro que sentí que me iba a romper! Me dolió muchísimo, se me salieron las lágrimas y todo.
—¡¿En serio?! —exclamó Natalia, llevándose las manos a la boca.
—¡Casi le clavo las uñas en la espalda hasta sacarle sangre! —continué, desahogándome con mis amigas—. Mateo se asustó horrible y tuvo que ir despacito, pero al día siguiente yo no podía ni caminar bien. Cuando el tigre quiso repetir en la ducha, lo frené en seco. Le dije: «¡Frena ahí, que todavía no me recupero!».
Andrea y Natalia estallaron en una risa ahogada sobre la mesa, intentando no llamar la atención de los demás clientes.
—¡No te puedo creer! —se burló Andrea, secándose una lágrima de la risa—. ¡Pobre Mateo! Pero qué bueno que fue paciente contigo, Vale. Eso demuestra el partidazo que tienes a tu lado.
Esa misma noche, en la soledad de mi taller de joyería, la burbuja de amor y risas se disolvió para darle paso a la cruda realidad. Encendí mi laptop y abrí la carpeta encriptada donde guardaba las fotografías de la obra de Las Mercedes.
Al intentar cruzar los datos de las compras de materiales con las salidas de dinero de la contabilidad central, me topé con un muro de concreto. Las piezas no cuadraban. Para probar que Camilo Soublette o algún otro directivo estaba detrás del desfalco millonario, no bastaba con las planillas físicas de los obreros. Necesitaba cotejar los estados de cuenta bancarios de los socios principales y de las firmas auditoras externas.
Sostuve mi cabeza entre las manos, sintiendo un peso enorme sobre los hombros. Esos documentos eran confidenciales, de acceso ultra restringido en el piso de presidencia. Entendí en ese instante que esta investigación no se resolvería en días ni en semanas. Era una telaraña financiera tan compleja y peligrosa que me tomaría muchísimo tiempo —quizás meses o años— ir armando el rompecabezas en la sombra sin levantar sospechas.
«No puedo decirle nada a Mateo todavía», me dije a mí misma, guardando los archivos en una memoria USB cifrada y cerrando la laptop. «Si voy con acusaciones a medias contra sus socios sin tener los estados de cuenta de la junta directiva, Camilo me va a destruir y voy a poner a Mateo en una posición imposible».
Decidí guardar el secreto en lo profundo de mi cajón, congelando el avance del expediente hasta tener la verdad absoluta en mis manos.
Al día siguiente en la constructora, el ambiente se tornó pesado. Durante la reunión de presupuesto, Camilo Soublette se pasó toda la mañana lanzando indirectas. Mientras Mateo revisaba unos informes en la cabecera de la mesa, Camilo cruzó los brazos y miró de reojo hacia donde yo estaba tomando notas.
—Ingeniero Fonseca —soltó Camilo con su habitual tono helado—. Sugiero que para el próximo trimestre hagamos una revisión más exhaustiva del personal administrativo de menor rango. A veces, las fugas de dinero no están en los grandes proyectos, sino en las manos de las contadoras demasiado curiosas que manipulan las cifras.
Mateo levantó la mirada de inmediato, con el ceño fruncido y una severidad que cortó el aire.
—El personal de contabilidad responde directamente a mi gestión, Camilo. Y confío plenamente en la honestidad de mi equipo —sentenció Mateo con voz firme, defendiéndome sin dudar un segundo.
Camilo solo esbozó una sonrisa calculadora y no dijo más. Yo bajé la mirada hacia mi libreta, sintiendo un frío gélido en la espalda. El peligro estaba ahí, acechando en la sombra, listo para esperar el momento exacto y destruir la vida que apenas comenzaba a construir junto al hombre que amo.