Irina Vólkov es la vergüenza de su familia. Omega sin loba, gorda y relegada a fregar platos mientras su hermana gemela Astrid brilla como la bendecida por la diosa luna. La noche de su cumpleaños 18, su padre la anuncia como ofrenda al Rey Theron Blackmoor — un alfa maldito del que nadie habla sin bajar la voz.
Lo que nadie sabe es que antes de esa noche, en un lago escondido entre las montañas, una bestia enorme la encontró desnuda bajo la luna. No la atacó. Solo la miró. Como si la estuviera esperando.
Ahora Irina está encerrada en un castillo oscuro con un rey que la desprecia de día y una bestia que duerme a sus pies de noche. Con una ceremonia que puede unirla a él para siempre — o matarla si la diosa luna decide que no es suficiente. Con una hermana dispuesta a todo por quitarle lo que tiene. Y con una loba despertando dentro de ella que le susurra lo que Irina se niega a aceptar:
Que la bestia la eligió primero.
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CAPÍTULO 12 Cuenta regresiva
La bestia no encontró a Irina.
Corrió toda la noche bajo la Luna Roja, siguiendo ese hilo de dolor que se estiraba y se adelgazaba, pero no se rompía. Destrozó árboles. Aulló hasta quedarse sin voz. Pero el olor de Irina no existía. Borrado. Sellado. Como si la hubieran arrancado del mundo.
Al amanecer, Theron despertó en una cuneta a noventa kilómetros del castillo. Desnudo. Cubierto de lodo. Las uñas astilladas de tanto cavar en la tierra buscando algo que no estaba ahí.
La Luna Roja se había ido. La ceremonia no se realizó. La siguiente sería dentro de seis meses.
No tenía seis meses. No tenía seis días.
En el sótano de las brujas, Irina perdía la cuenta de las horas.
El dolor venía en oleadas. La bruja volvía cada cierto tiempo, le tocaba la frente con ese dedo que era como un hierro al rojo, y Irina gritaba hasta que la garganta le sangraba. Después se iba. Y el silencio era peor que el dolor porque en el silencio solo quedaba ella, las cadenas de plata y la ausencia de Kira.
Kira, llamaba cada vez que la bruja se iba. ¿Sigues ahí?
A veces recibía un susurro. Débil. Lejano. Como alguien gritando desde el fondo de un pozo.
Aquí... estoy aquí...
Otras veces, nada.
La bruja volvió con una segunda mujer. Más joven, con ojos verdes y las manos manchadas de tinta negra.
—¿Esta es la que pagó la Vólkov? —preguntó la joven, mirando a Irina con curiosidad.
—Esta es. Omega. Sin rango. Pero la sangre es buena. —La vieja le agarró la cara y le giró la cabeza hacia la luz de la vela—. Sangre del linaje Vólkov mezclada con algo que no reconozco. Algo antiguo.
—¿Cuánto durará?
—Lo que yo quiera que dure. Podemos sacarle la esencia en tres días o estirarla una semana. Depende de cuánto nos divirtamos.
—Mi hermana no es un juguete —dijo Irina con la voz destrozada, porque ni encadenada ni torturada iba a dejar de hablar—. Y cuando salga de aquí, voy a encontrar a cada una de ustedes.
Las dos brujas la miraron. La vieja se rió.
—Cuando salgas de aquí, cachorra, no va a quedar nada de ti que pueda encontrar a nadie.
Le tocó la frente otra vez. El dolor le explotó en el cráneo. Irina gritó.
Y a ciento veinte kilómetros de distancia, Theron Blackmoor se dobló en dos agarrándose el pecho.
Llegó al castillo a las siete de la mañana. No se duchó. Fue directo al salón del trono.
Catalina lo esperaba. De pie. Con la misma ropa de anoche y ojeras que no se molestaba en disimular.
—La sirvienta está muerta —le dijo antes de que se sentara—. Murió anoche cuando intentó revelar quién la mandó. Sello de silencio. Brujería.
—¿Dónde?
—Clan de las Cenizas. Montañas del oeste. Refugio subterráneo. Es todo lo que dijo antes de morir.
—¿Y la Vólkov?
Catalina apretó la mandíbula. No preguntó cuál Vólkov. Sabía que su hijo no estaba preguntando por Astrid.
—En su habitación. Temblando. La bestia casi la mata anoche. Se puso un vestido blanco y se presentó ante ella como si pudiera reemplazar a Irina.
Theron cerró los ojos. Un pico de dolor le atravesó el pecho. Se agarró del respaldo de la silla.
—¿Señor? —Ezra apareció a su lado.
—Estoy bien.
—No lo está —dijo Catalina—. ¿Puedes sentirla?
Theron la miró. Era la primera vez que su madre le preguntaba algo sobre el vínculo con Irina. La primera vez que lo reconocía como algo real.
—La están torturando —dijo—. Siento cada golpe. Cada vez es peor.
Catalina se sentó frente a él. Lo miró con esos ojos que eran los suyos pero más viejos, más duros, más curtidos.
—¿La bestia puede encontrarla?
—No. El olor está sellado. Corrió toda la noche y no encontró nada.
—¿Y el dolor? ¿Puedes seguir el dolor?
—No funciona así. Llega pero no tiene dirección. Es como escuchar un grito sin saber de dónde viene.
—Entonces necesitamos otra forma. —Catalina se levantó—. Ezra, ¿el equipo de rastreo?
—Listo. Doce rastreadores, dos sanadores, tres guerreros.
—Añade un brujo.
—¿Un brujo? —Ezra la miró—. No tenemos brujos aliados.
—Yo conozco a uno —dijo Catalina—. Vive en las montañas del norte. Es viejo, está loco y me debe un favor. Si alguien puede rastrear magia de las Cenizas, es él. Puedo tenerlo aquí en tres horas.
—Hazlo —dijo Theron.
Catalina salió. Ezra la siguió con la mirada.
—Su madre acaba de hacer más en diez minutos que todos nosotros en doce horas —dijo el beta.
—Lo sé. No se lo digas o no me lo va a dejar olvidar.
Otro pico de dolor. Este le arrancó un gruñido que no era suyo. Theron se agarró del trono con las dos manos. Los nudillos blancos.
—Se está apagando, Ezra. La siento. Cada vez más débil.
—El equipo estará listo...
—No tengo tiempo para equipos. —Se levantó—. La bestia quiere salir.
—Señor, es de día.
—¿Crees que no lo sé?
Le temblaban las manos. Los ojos le parpadeaban entre gris y amarillo. Los huesos vibrando. La piel tirante. Los músculos contrayéndose debajo como si el cuerpo ya no le perteneciera.
Ocho años de maldición y la bestia nunca había intentado salir de día. La noche era su dominio. De día, Theron era Theron. Esa era la regla. La única cosa con la que podía contar.
Pero Irina estaba muriendo. Y la bestia no entendía de reglas.
Catalina volvió en dos horas con el brujo.
Era exactamente lo que había prometido: viejo, flaco, con una barba que le llegaba al pecho y unos ojos que miraban en dos direcciones a la vez. Se llamaba Rolf y olía a hierbas quemadas y a decisiones cuestionables.
—Necesito que rastrees magia del clan de las Cenizas —le dijo Catalina—. Una loba fue secuestrada. Sellaron su olor.
—¿Sellaron el olor? —Rolf se rascó la barba—. Eso es magia de sangre vieja. Puedo romperlo, pero necesito algo de la loba. Pelo, sangre, algo con su esencia.
—La habitación —dijo Theron, que estaba apoyado contra la pared porque las piernas le fallaban cada tres minutos—. Durmió en esa cama durante días. Tiene que haber algo.
Llevaron a Rolf a la habitación de Irina. El viejo brujo recorrió la cama con las manos, olfateó las sábanas, arrancó un pelo oscuro de la almohada.
—Esto sirve —dijo—. Denme una hora.
—No tienes una hora —dijo Theron—. Tienes veinte minutos.
—Muchacho, la magia no funciona con cronómetro.
—No me llames muchacho. Soy tu rey.
—Eres un alfa desesperado que está a punto de transformarse a plena luz del día, que es algo que no debería ser posible y que me dice que esta loba es mucho más que una ofrenda. —Rolf lo miró con esos ojos disparejos—. Veinte minutos. Pero no me interrumpas.
Theron apretó los dientes. Se apartó. Cada minuto era una agonía. El dolor de Irina le llegaba ahora casi sin pausa, un zumbido constante de sufrimiento que le nublaba la vista y le ponía la sangre a hervir.
La bestia empujaba. Con todo. Los huesos le crujieron. La piel le ardió.
—Señor... —Ezra retrocedió.
—Todavía no —gruñó Theron, agarrándose el pecho—. Todavía no. Dame la ubicación. Después suelto a la bestia.
Catalina lo miraba desde el otro lado del pasillo. Sin decir nada. Pero sus ojos lo decían todo: estaba viendo a su hijo luchar contra sí mismo por una mujer que hace dos semanas era un nombre en un documento. Y por primera vez en mucho tiempo, Catalina Blackmoor no tenía una respuesta preparada para lo que sentía.
Rolf salió de la habitación.
—La tengo. Montañas del oeste, treinta kilómetros más allá de la barrera. Hay un sistema de cuevas bajo una formación rocosa que los humanos llaman Diente del Diablo. La magia de las Cenizas es fuerte ahí. Están bajo tierra. —Miró a Theron—. Tu loba está viva. Pero débil. Muy débil.
Theron cerró los ojos. Respiró. Una vez.
—Ezra. Coordenadas al equipo. Que salgan ahora. Yo llego antes.
—¿Cómo va a llegar antes, señor?
Theron abrió los ojos.
Ya no eran grises.
Eran amarillos.
Los huesos le crujieron. La piel se desgarró. Un gruñido que sacudió las paredes del pasillo. Los guardias retrocedieron. Ezra se pegó contra la pared. Rolf soltó una maldición que habría hecho sonrojar a un marinero.
La bestia emergió a plena luz del día.
Más grande que nunca. Los ojos amarillos ardiendo con una intensidad que no era de la luna sino de algo más profundo: desesperación. Furia. Amor. Las tres cosas juntas, sin filtro, sin la barrera de la noche, sin las cadenas de la razón humana.
La bestia miró a Catalina. Un segundo. Un reconocimiento.
Después giró hacia la ventana del pasillo y saltó a través de ella. Tres pisos hasta el suelo. Aterrizó sin detenerse y corrió.
Hacia el oeste. Hacia las montañas. Hacia el Diente del Diablo.
Hacia Irina.
Catalina se acercó a la ventana rota y miró a la bestia desaparecer entre los árboles a una velocidad que ningún lobo normal podría igualar.
—Tráela de vuelta —susurró.
Ezra se puso a su lado.
—¿Está llorando, Reina Madre?
—No seas ridículo, Ezra. Es el viento.
No había viento.
conchole que toda la energía negativa que carga el hijo de la bruja se le devuelva y nada arruine el ritual de la Luna Roja 🤞🏼🤞🏼🤞🏼🤞🏼
felicidades AUTORA