Laura Una arquitecta brillante intentando llevar una vida normal, en medio de todo su caos, llegará para cambiarle la vida a él.
—Ojalá el amor se pesara, porque siento que hoy acabo de subir una tonelada
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capitulo 1
Laura Duran creía firmemente que el universo tenía un sentido del humor bastante retorcido. A sus veintidós años, cargaba con un título en Diseño de Interiores, una maleta llena de sueños y unos kilos de más que, según su tía, eran curvas de felicidad, pero que para ella eran el recordatorio constante de cada burla recibida en la secundaria. Esa mañana, mientras el ascensor de la Torre Alarcón subía hacia el piso cuarenta, Laura se miró en el espejo de acero inoxidable y suspiró.
Llevaba un vestido verde esmeralda que resaltaba su piel clara y su cabello claro con ondas, pero se sentía como una impostora en un mundo de maniquíes. Se ajustó la faja por quinta vez en diez minutos, sintiendo que el aire apenas llegaba a sus pulmones. En su mano derecha, un batido de chocolate frío era su único anclaje a la realidad, en la izquierda, un portafolios que contenía el esfuerzo de cinco años de carrera.
—Solo sobrevive ocho horas, Laura
se susurró, viendo cómo los números digitales avanzaban.
—Entra, no rompas nada, no hables de más y mantén la dignidad.
Cuando las puertas se abrieron, el lujo la golpeó de frente. El mármol blanco, el aroma a sándalo y el silencio sepulcral de la recepción gritaban éxito. Pero lo que realmente detuvo su corazón fue la figura que estaba de espaldas, frente a una inmensa mesa de cristal llena de planos y maquetas.
Marco Alarcón.
No necesitaba que nadie se lo presentara. Era el hombre que aparecía en las revistas de negocios y en las pesadillas de sus competidores. A sus treinta años, el CEO de la firma más prestigiosa del país tenía una postura que intimidaba incluso a las estatuas. Su camisa blanca, de un tejido que parecía costar más que el alquiler del apartamento de Laura, se tensaba sutilmente en sus hombros anchos mientras revisaba unos documentos con una pluma estilográfica que brillaba bajo las luces LED.
Laura tragó saliva. Sus manos empezaron a sudar. Dio un paso, luego otro, tratando de que sus tacones no hicieran demasiado ruido sobre el suelo recién encerado. Pero el destino, ese viejo bromista, decidió intervenir.
Un cable de red, mal colocado cerca de una de las estaciones de trabajo, se enganchó en la punta de su zapato. Laura sintió que el mundo se inclinaba. En un intento desesperado por no caer de cara, sus brazos se agitaron como las alas de un pájaro torpe. El portafolios salió disparado en una dirección y el batido de chocolate, ese bendito batido que debía calmar sus nervios, describió una parábola perfecta en el aire.
El tiempo pareció detenerse. Laura vio, con horror absoluto, cómo el líquido espeso y oscuro aterrizaba directamente sobre la espalda de la impecable camisa de Marco y se extendía como una mancha de tinta sobre los planos originales del nuevo resort en la costa.
El impacto sordo de Laura contra el suelo fue lo único que rompió el silencio. Quedó de rodillas, con el vestido arrugado y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado.
Marco se congeló. No gritó. No se movió durante cinco segundos que parecieron siglos. Lentamente, dejó la pluma sobre la mesa y cerró los ojos, soltando un suspiro largo y pesado. Cuando se giró, su presencia llenó todo el espacio. Sus ojos, grises y gélidos como una mañana de invierno, bajaron desde la mancha de su hombro hasta la chica que lo miraba desde el suelo con ojos de plato.
—Dígame que usted es una cliente muy excéntrica con un sentido del humor cuestionable
dijo él. Su voz era profunda, un barítono aterciopelado que, a pesar de la frialdad, hizo que a Laura le temblaran las piernas por razones que no eran el miedo.
—Yo... lo siento tanto, señor Alarcón
balbuceó Laura sintiendo que el calor le subía por el cuello hasta las orejas.
—Soy Laura Duran. La nueva asistente junior. Empezaba hoy.
Marco arqueó una ceja, recorriendo con la mirada a la joven. Vio su cabello revuelto, la mancha de chocolate en su mejilla y la determinación herida en su mirada. No era la típica empleada que solía contratar, no era delgada, no era fría, no parecía salida de una pasarela. Tenía una luz distinta, una autenticidad que lo descolocó por un instante.
—Vaya estreno, señorita Duran
respondió él, acercándose un paso. El aroma de su perfume, una mezcla de madera y cítricos, envolvió a Laura
—Ha logrado arruinar una camisa de mil dólares y un proyecto de cinco millones en menos de treinta segundos. Creo que es un récord, incluso para esta oficina.
Laura sintió la punzada de la humillación, esa vieja conocida que la acompañaba desde los pasillos de la escuela. Pero algo en ella, esa chispa de lucha que sus padres adoptivos habían cultivado con tanto amor, se encendió. No iba a dejar que su primer día fuera el último por un accidente.
Apoyó las manos en el suelo y se puso en pie. No lo hizo con la elegancia de una gacela, sino con la firmeza de alguien que ha aprendido a levantarse muchas veces. Se sacudió el vestido y lo miró a los ojos, sosteniéndole la apuesta.
—Tiene razón, es un desastre
admitió ella, con la voz un poco más firme.
— Pero si me permite el acceso al cuarto de suministros y me da diez minutos con esos planos, puedo salvar la mitad del trabajo. Soy experta en restauración digital y, créame, he arreglado cosas mucho peores que una mancha de cacao. En cuanto a su camisa...
Laura hizo una pausa, mirando la espalda del hombre.
—el bicarbonato y el agua fría hacen milagros. Si gusta, puedo encargarme de que llegue a la tintorería ahora mismo mientras yo asumo las consecuencias de mi torpeza trabajando el doble.
Marco se quedó en silencio, sorprendido. La mayoría de la gente se habría echado a llorar o habría salido corriendo. Pero ella estaba allí, con los kilos que tanto la acomplejaban sostenidos por una columna vertebral de acero, ofreciendo soluciones en lugar de excusas.
—Es valiente, señorita Durán. O muy inconsciente
dijo Marco, y por un microsegundo, Laura creyó ver el asomo de una sonrisa en la comisura de sus labios.
— Vaya al baño, límpiese la cara. No quiero que los clientes piensen que mi nueva asistente acaba de salir de una pelea de comida. Luego, venga a mi oficina. Vamos a ver si su talento es tan grande como su capacidad para causar el caos.
Laura asintió, sintiendo que la adrenalina reemplazaba al pánico. Mientras caminaba hacia el baño, sintió la mirada de Marco fija en su espalda. No era una mirada de juicio, era algo más... una curiosidad que él mismo no lograba entender.
Al entrar al baño, Laura se apoyó en el lavabo y respiró hondo. Se miró al espejo y se limpió el chocolate de la cara. Su pasado era un misterio, su cuerpo era una batalla diaria y su jefe era un hombre que parecía inalcanzable, pero en ese momento, Laura Durán supo que ella se estaba jugando el peso de todo lo que estaba dispuesta a ganar.
Afuera, en la oficina principal, Marco Alarcón observaba la mancha en los planos. Por primera vez en años, no estaba pensando en los números. Estaba pensando en el brillo de los ojos de esa chica y en cómo, por un segundo, el desorden que ella había traído se sentía mucho más interesante que su perfecta y solitaria vida.