Oriana despierta en el cuerpo de la mujer que, en una historia que conoce demasiado bien, destruyó la vida de un poderoso duque. Ahora, atrapada en una nobleza en ruinas y con un padre al borde del colapso, decide no seguir el camino que ya estaba escrito para ella.
Sin buscar redención ni protagonismo, empieza de nuevo desde lo más simple: trabajar, crear, sobrevivir y pagar las deudas de una vida que ya no siente suya. Pero el destino no se queda quieto. El mismo duque al que una vez hirió comienza a mirarla con sospecha, luego con interés, como si algo en ella no encajara con el pasado que recuerda.
Sin embargo, cuanto más intenta escapar del rol que le fue asignado, más se acerca a un futuro que nadie en esa historia original llegó a ver venir.
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Capitulo 20
Volver a la capital terminó siendo mucho menos triste de lo que Priscilla esperaba.
Principalmente porque Dorian recuperó la costumbre de hablar sin parar desde las siete de la mañana.
—Nunca pensé decir esto, pero extraño cuando estabas enfermo y silencioso —murmuró Lara mientras acomodaba cajas dentro de la pastelería.
—Eso suena cruel viniendo de alguien que lloró más que mi propia hija.
—Yo no lloré.
—Lara, abrazaste una almohada durante dos horas.
Priscilla ya no podía con la pelea de estos dos. Y desde el mostrador seguía decorando algunos pastelitos recién hechos.
La pastelería había cambiado muchísimo desde que regresaron.
Ahora había más clientes.
Más pedidos.
Más mesas ocupadas.
Y extrañamente… más hombres entrando desde que Dorian comenzó a ayudar oficialmente en el negocio.
El antiguo barón había abandonado completamente cualquier orgullo noble que pudiera quedarle.
Atendía clientes, cargaba cajas, limpiaba mesas y hasta aprendió a envolver postres correctamente.
Bueno.
Más o menos correctamente.
—Padre, eso parece un crimen contra la repostería.
—El moño está bonito.
—El moño parece una araña muriendo.
—Qué crítica tan agresiva para un hombre recuperándose de la muerte.
Aun así, los clientes adoraban verlo ahí.
Porque Dorian tenía una apariencia demasiado buena para alguien que casi había estado al borde de morir días atrás.
Varias mujeres comenzaron incluso a inventar excusas para regresar.
Y Lara ya se había dado cuenta completamente.
—La señora de que tiene el cabello de paja vino cinco veces esta semana.
—Quizás le gusta el pastel de limón.
—Quizás quiere casarse con tu padre.
Dorian levantó el rostro enseguida.
—Bueno, tampoco sería una idea terrible.
Priscilla casi le lanzó un trapo encima.
La vida estaba mejorando lentamente. Las deudas comenzaron a bajar. La tienda funcionaba bien.
Y por momentos, Priscilla realmente sentía que podía vivir tranquila.
El problema era que ahora había otro asunto ocupando demasiado espacio en su cabeza.
Ender Hall.
Era desesperante. Porque incluso trabajando, terminaba pensando en él.
Mientras cocinaba recordaba su voz.
Mientras cerraba la tienda recordaba sus manos.
Y cada vez que alguien mencionaba el ducado Hall, el corazón le reaccionaba solo.
Tres días después él apareció frente a la pastelería como si hubiera escuchado personalmente sus pensamientos.
Lara fue la primera en verlo por la ventana.
Y sonrió tan fuerte que inmediatamente preocupó a Priscilla.
—Oh no.
Priscilla levantó la mirada confundida.
—¿Qué pasa?.
Lara señaló discretamente hacia afuera.
—Tu problema emocional acaba de llegar.
Priscilla giró rápidamente la cabeza.
Y efectivamente.
Ender estaba ahí.
Sentado tranquilamente en una de las mesas exteriores de la pastelería como si fuera un cliente habitual.
Vestía completamente de azul oscuro y mantenía esa expresión calmada que ahora a ella le parecía peligrosísima.
Priscilla sintió el corazón acelerarse inmediatamente.
—¿Desde cuándo está ahí?.
—Desde hace unos diez minutos.
—¡¿Y no me dijiste nada?!
—Quería ver cuánto tardabas en darte cuenta sola.
Priscilla se acomodó el cabello rápidamente antes de detenerse en seco.
—No me estoy arreglando.
Lara levantó apenas una ceja.
—Claro.
—Cállate.
Intentó actuar tranquila.
Intentó verse profesional.
Intentó no sonreír mientras caminaba hacia afuera.
Fracasó en las tres cosas.
Porque apenas Ender escuchó sus pasos acercarse, giró el rostro directamente hacia ella y esa pequeña sonrisa tranquila apareció enseguida.
—Pensé que tendría que quedarme aquí hasta el cierre.
Priscilla intentó sonar normal.
—Estoy trabajando.
—Lo noté. Tu aura está más cansada hoy.
Ella se sentó frente a él intentando ignorar cómo esa frase le movía el corazón otra vez.
—Habla como si pudiera verme brillar.
—Técnicamente puedo sentirte y ver tu aura.
Priscilla desvió la mirada apenas avergonzada.
Y Ender claramente lo notó.
—Te extrañé.
La frase salió tan naturalmente que ella dejó de respirar un segundo.
Ender apoyó el brazo sobre la mesa acercándose apenas tocando las manos de Priscilla.
—En verdad. Extrañaba tu presencia.
La voz bajó un poco más.
—Tu magia desprende algo cálido… y dulce. Es fácil distinguirla incluso entre muchas personas.
Priscilla sintió las mejillas arderle.
—Está comparándome con un postre.
—Trabajo rodeado de magia peligrosa todo el tiempo. Déjame disfrutar algo agradable.
Ella soltó una pequeña risa sin poder evitarlo.
Y honestamente… estaba feliz de verlo.
Muchísimo más de lo que pensaba admitir jamás.
—Entonces le daré algo gratis por cortesía de la casa.
Ender inclinó apenas la cabeza.
—¿Solo porque me extrañaste también?
—Si.
—Eso creí.
Priscilla se levantó inmediatamente.
—Voy por el postre.
Ender soltó una pequeña risa baja mientras ella escapaba hacia el interior completamente roja.
Lara estaba esperándola apenas entró.
—¿Ya te pidió matrimonio o todavía no?.
—Lara.
—Es una pregunta válida.
Priscilla ignoró completamente el comentario mientras preparaba rápidamente algunos postres.
Intentó tranquilizarse.
Intentó dejar de sonreír como una idiota.
Intentó muchas cosas inútiles.
Porque apenas volvió afuera y levantó la vista…
Se quedó quieta.
Alguien estaba sentado junto a Ender.
Una mujer elegante.
Y una voz que Priscilla reconoció inmediatamente incluso antes de verla bien.
Rebeca.
El corazón le dio un pequeño vuelco incómodo.
Rebeca levantó la mirada hacia ella y sonrió con amabilidad genuina.
—¡Lady Priscilla!. Qué bueno encontrarnos aquí.
Y aunque Priscilla logró devolverle la sonrisa. La tranquilidad que había sentido hace apenas unos segundos desapareció completamente.