Deseo Prohibido narra el encuentro entre dos mundos opuestos: Diego, un hombre rico, poderoso y emocionalmente inaccesible, que vive bajo control y rechaza el amor; y Elías, un joven inocente, criado entre afectos sinceros y que cree en la seguridad del amor.
La atracción silenciosa entre ellos despierta un sentimiento prohibido que desafía límites, certezas y promesas personales. Mientras Elías enfrenta la inevitable pérdida de su inocencia, Diego se ve obligado a confrontar una vulnerabilidad que siempre había evitado.
Entre deseo, silencio y negación, la historia explora un amor que nace en el lugar equivocado y el alto precio de sentir aquello que nunca debería permitirse.
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Capítulo 1
A las dos de la mañana, la ciudad respiraba ilegalidad. El asfalto vibraba bajo el sonido grave de los motores, mientras luces de neón recortaban cuerpos en movimiento, risas altas y miradas hambrientas de adrenalina. Diego era el nombre susurrado entre la multitud — el mejor piloto, el único capaz de dominar la noche. Antes de la carrera, apartados de la gente Diego follaba con una rubia de la que ni siquiera recuerda el nombre, tal vez sea Anne... Ana, realmente no importa en el momento, con las manos apoyadas en el camión la chica no contenía los gemidos mientras estaba siendo comida por detrás, Diego retira su pene de dentro de ella y eyacula en su espalda, después de recuperado él se va andando dejando a la chica atrás. Nada de promesas, apenas el alivio momentáneo antes del caos. Cuando volvió la pista improvisada parecía un animal despierto, respirando bajo la luz irregular de los postes y de los faros alineados. El asfalto aún guardaba el calor del día, y el aire vibraba con expectativa. Diego montó en la moto con la calma de quien ya nació para las pistas. Al lado, Carlos su rival ajustaba el casco de forma nerviosa, golpeando el pie en el suelo, incapaz de esconder la urgencia de probar algo que ya estaba perdido antes incluso de la largada.
La señal vino sin ceremonia. Un gesto rápido. Un segundo suspendido. Y entonces el mundo explotó.
Los motores rugieron como fieras liberadas, rasgando el silencio de la madrugada. Diego aceleró con precisión, sintiendo la moto responder como extensión del propio cuerpo. La ciudad se convirtió en un corredor de sombras y luces astilladas. Cada curva era un test de confianza; cada recta, una invitación al exceso. El rival forzaba desde el inicio, intentando ganar en el impulso bruto, pegándose peligrosamente, tirando la moto para el lado en maniobras agresivas, casi desesperadas.
Diego no mordió el anzuelo. Mantuvo el ritmo, respirando hondo dentro del casco, oyendo solo el motor y el propio corazón. Él conocía aquella pista como quien conoce una cicatriz antigua. Sabía dónde el asfalto fallaba, dónde la curva cerraba más de lo que parecía, dónde era preciso esperar — y dónde atacar.
En la primera secuencia de curvas, el rival erró por centímetros. Un desliz corto, suficiente para perder fluidez. Diego aprovechó el espacio, pasó limpio, sin provocación, dejando claro que vencer no exigía violencia, apenas control. La multitud gritó en algún punto distante, pero Diego ya no oía nada además del presente absoluto de aquel instante.
La recta final se aproximaba, larga y traicionera. El otro, intentó una vez más, forzando el límite de la máquina y del propio orgullo. Diego sintió la aproximación, pero no miró para atrás. Nunca miraba. Ajustó el cuerpo, inclinó el peso, aceleró en el punto exacto. La moto respondió firme, estable, como si supiera que aquella carrera ya tenía dueño.
Cuando cruzó la línea de llegada, Diego redujo despacio. El mundo volvió poco a poco. El sonido de la ciudad, los gritos, los motores rugiendo en conmemoración. Carlos llegó segundos después, frenando de forma brusca, incapaz de aceptar lo que acababa de acontecer. Diego retiró el casco, el sudor frío escurriendo por la frente, la mirada tranquila de quien no necesitaba conmemorar. Él había vencido no solo la carrera, sino el intento de ser arrastrado para el caos del otro. En aquella madrugada, quedó claro para todos: no era apenas velocidad lo que hacía de Diego el mejor — era la capacidad de mantener el control cuando todo alrededor pedía para ser perdido.
Carlos arrancó el casco con violencia, el rostro rojo, los ojos ardiendo en llamas por la humillación.
— ¡Esto no acabó, Diego! — gritó, avanzando un paso. — Tú sabes que yo soy mejor. Esa carrera fue sucia. Yo quiero revancha. Ahora.
Diego apagó la moto despacio, el sonido del motor muriendo como la noche alrededor. Alzó la mirada con calma, una sonrisa corta en los labios.
— ¿Revancha? — respondió, la voz firme, casi cansada. — Tú ya diste todo lo que tenías… y aun así perdiste. Vas a perder de nuevo.
— ¡Yo no pierdo para ti! — el otro gruñó, empujándolo por el pecho.
Diego dio un paso adelante, sin bajar los ojos.
— Perdiste hoy. Pierdes mañana. Y vas a continuar perdiendo para mí.
El silencio alrededor quedó pesado. La multitud contuvo el aliento. Y entonces el primer puñetazo vino, rompiendo la noche como un nuevo tipo de largada.
El puñetazo vino rápido, pero Diego ya esperaba. Él desvió por instinto, sintiendo el viento pasar rozando el rostro, y respondió con otro puñetazo, ese sí valió, la sangre está escurriendo por la nariz del infeliz, fue fuerte y seco, que hizo al otro retroceder dos pasos sobre el asfalto aún caliente. La multitud se abrió en un círculo inestable, gritos mezclados al sonido distante de los motores apagándose. Carlos avanzó de nuevo, ciego de rabia, atacando sin técnica, apenas fuerza y orgullo herido. Diego bloqueó, sujetó el brazo del adversario y lo giró con precisión, tirándolo contra el capó de un coche estacionado. El impacto arrancó un gemido corto, pero no lo suficiente para hacerlo parar.
— ¡Levántate! — él escupió la palabra con toda la ira que estaba sintiendo.
El enfrentamiento ya había perdido cualquier trazo de control cuando Ivan surgió entre ellos. Él percibió antes que todos que aquello no terminaría bien. Agarró a Carlos por el hombro en el instante en que él intentaba avanzar otra vez, usando el peso del propio cuerpo para separarlos. Diego aún respiraba pesado, los puños cerrados, la mirada fría, como si estuviese decidiendo si la lucha realmente había acabado.
— ¡Basta! — Ivan gritó, firme, sin espacio para discusión. — Acabó aquí.
Carlos aún se debatía, escupiendo palabras llenas de orgullo herido, pero Ivan no retrocedió. Hizo una señal rápida, seca, y los guardias de seguridad se aproximaron inmediatamente.
— Sáquenlo de aquí ahora, — ordenó, sin elevar la voz. — Antes de que se lastime más… o crea que aún tiene chance.
Los guardias de seguridad tiraron del hombre para atrás, alejándolo de la rueda de curiosos y de la mirada de Diego, que finalmente relajó los hombros. El silencio duró pocos segundos, roto solo por el sonido distante de un motor siendo encendido nuevamente. Ivan se giró para Diego, evaluándolo en silencio, y entonces asintió. La noche aún estaba viva, pero aquella disputa, al menos allí, había llegado al fin.
Ivan se arrimó al lado de Diego, observando la pista vacía por algunos segundos antes de hablar.
— Voy a ser sincero, — dijo, sin rodeos. — Hiciste bien en golpear a aquel idiota. Él lo pidió.
Diego alzó la mirada, sorprendido por un instante.
— ¿Entonces por qué esa cara?
Ivan soltó una media sonrisa, rápida, y luego quedó serio de nuevo.
— Porque una cosa es resolver allí, en la hora. Otra es transformar eso en rutina. Aquí es pista de carrera, Diego… no es ring de MMA.
Diego respiró hondo, pasando la mano por la nuca.
— Lo sé. Pero él no acepta perder. Nunca aceptó.
— Y nunca va a aceptar, — Ivan respondió. — Es exactamente por eso que tú no puedes descender al nivel de él toda vez.
Hubo un silencio corto. El sonido distante de la ciudad volvió a llenar el espacio.
— Hoy yo te cubro, — Ivan continuó. — Pero no dejes que suceda de nuevo aquí. Si hay pelea, acaba llegando a los oídos del Morsan y tú sabes muy bien cómo él resuelve las cosas.
Diego asintió despacio.
— Entendí. En la pista yo corro. Fuera de ella… yo pienso dos veces.
Ivan dio una palmada en el hombro de él.
— Es solo eso lo que estoy pidiendo. Tú naciste para ganar carrera, no para convertirte en atracción de confusión.
Diego soltó una sonrisa discreta.
— Entonces vamos a mantener así.
Y los dos miraron para la pista, como quien sabía que la próxima largada siempre cobra madurez antes de la velocidad.