A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 5
Pov Raquel
Estaba mirando por la ventana, perdida en mis pensamientos, cuando la puerta de mi oficina se abrió nuevamente. Me giré molesta, lista para gritarle a quien fuera que se atreviera a entrar sin anunciarse. Y me quedé paralizada.
Julián Harrington.
Entró con pasos seguros, como si el lugar le perteneciera. Vestía un traje gris oscuro. Su presencia llenó toda la oficina, haciéndola sentir más pequeña, más íntima.
Cerró la puerta detrás de él, con pestillo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, y odié cómo mi voz sonó débil, temblorosa—. Acordamos no saber del otro fuera de aquella noche.
Él no respondió. Solo me miró con esos ojos que me habían desnudado hace días. Me miró como si pudiera ver cada una de mis grietas, cada una de mis heridas. Y entonces se sentó frente a mi escritorio, cruzó una pierna sobre la otra con elegancia casual, y dijo:
—Tengo la solución a todos tus problemas.
Lo miré incrédula, casi quise reírme.
—¿De qué hablas?
—Conozco tu situación, Raquel —su voz era calmada, controlada—. Sé lo que te tiene atrapada en este momento. Y solo necesito que me dejes ayudar.
—¿Por qué me ayudarías? —pregunté, cruzándome de brazos—. Solo pasamos una noche juntos.
La sonrisa que apareció en sus labios fue peligrosa. Depredadora.
—Me gustas, Raquel. Y cuando algo me gusta, debe ser mío.
La forma en que lo dijo. La forma en que me miró. Era posesión pura. Cruda. Sin filtros.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral.
—Estás loco —dije, retrocediendo un paso—. Podría ser tu madre.
—Pero no lo eres —respondió, poniéndose de pie y acercándose—. No eres mi madre, Raquel. Eres una mujer. Y yo soy un hombre que quiere sacarte de los problemas que tienes ahora.
—¿Y según tú, qué debo hacer yo a cambio?
Se detuvo frente a mí, tan cerca que pude sentir su calor.
—Es simple. Sé mi amante.
Lo miré con una ceja levantada, esperando que soltara una carcajada. Que me dijera que era una broma.
—Es una broma, ¿cierto? ¿Dónde está la cámara oculta?
—No es una broma —su expresión era seria, mortal—. ¿Tengo cara de estar bromeando?
—Es ridículo —dije, y me alejé buscando espacio para respirar—. Tú, un multimillonario con una fila de modelos esperándote, ¿pones los ojos en una cuarentona con cinco hijos y llena de deudas? Dime dónde está la lógica en eso.
—No es cuestión de lógica —respondió, siguiéndome—. Es simple. Me gustas. Te quiero. Es todo.
—Julián...
—Tenemos sexo unas noches a la semana y cada quien sigue con su vida —continuó como si yo no hubiera hablado—. ¿Acaso no te gustó lo que hicimos esa noche?
Eso me dejó sin palabras. Porque la verdad era que sí. Dios, cómo me había gustado.
Él aprovechó mi silencio y se acercó peligrosamente. Quedamos a centímetros el uno del otro. Podía sentir su respiración. Ver las motas doradas en sus ojos. Oler su colonia cara.
—¿A qué le temes, Raquel? —susurró.
Tragué saliva con dificultad.
—A nada. Tú estás loco. Vete de mi oficina.
Él pasó su lengua por mis labios. Un roce ligero, provocador, que me dejó el cuerpo como gelatina. Luego se alejó con una sonrisa satisfecha, sabiendo perfectamente el efecto que tenía sobre mí.
—¿Qué tal esto? —dijo, sacando su teléfono—. Envío un mensaje ahora y pago tu deuda con el banco. Tu casa es tuya de nuevo.
—Eso... espera...
—Aún no termino —me interrumpió—. Toma asiento.
No sé por qué obedecí. Tal vez porque mis piernas ya no me sostenían.
—Sé que ahora tienes el veinticinco por ciento de esta empresa en ruinas. Tu hijo tiene otro veinticinco. Y la amante el cincuenta —hizo una pausa—. ¿Correcto?
Asentí, sin poder articular palabra.
—Bien. Yo le compro a la amante el cincuenta por ciento. Me hago tu socio. Y sacamos a esta empresa del hoyo en un mes.
—No es posible —dije, encontrando mi voz—. Esa mujer me quiere ver destruida. Jamás te venderá.
—¿Dudas de mis capacidades, Raquel?
La forma en que lo dijo me hizo estremecer.
—Todo en este mundo tiene un precio —continuó—. Solo es cuestión de darle la cifra adecuada. Te aseguro que vende.
Me levanté y comencé a dar vueltas por la oficina como un león enjaulado.
—Esto es una locura. No, no es posible. Yo de novia de un veinteañero. ¿Qué pensarán mis hijos? No, no, no.
—Calma —su voz era suave pero firme—. Nadie tiene que saberlo. Esto será un trato entre los dos. Solo entre los dos.
—Eres el jefe de Ana —exploté—. ¿Cómo le diré que me estoy cogiendo a su maldito jefe?
—No se lo digas. Ni a ella ni a nadie. Te lo repito: es un acuerdo entre ambos.
—Todos sabrán que pasó algo —insistí—. No puedo decir que me encontré dinero en un cajón.
—Ya pensé en eso —dijo con calma irritante—. Dirás que tu marido te dejó un seguro y con eso saldaste las deudas. De la empresa me encargo yo. Diré que decidí invertir porque creo que aún tienen potencial.
—Igual sigue siendo una locura.
—No pienses tanto, Raquel —se acercó de nuevo y tomó mi barbilla, obligándome a mirarlo—. Pasamos dos noches a la semana juntos. Igual que en el club. Sin nombres. Sin dramas familiares. Solo un hombre y una mujer disfrutando de las mieles del placer.
Su mirada era tan firme, estaba tan seguro de esto que me hizo dudar. Mi vida era un desastre. Mis hijos vivirían bajo un puente si no hacía algo. Lo peor que podía pasar era que nos descubrieran y me odiaran. Pero para entonces, su techo y su comida estarían seguros.
—Está bien —susurré—. Acepto.
—Bien —sonrió—. Dame un beso y cerramos el trato.
—¿Qué? No. Estás loco. Es mi oficina, alguien puede entrar.
—Nadie vendrá. No tienes secretaria y la puerta está cerrada con llave —extendió su mano—. Ven.
Cerré los ojos y dejé que me atrajera hacia él. El beso fue intenso. Devastador. Su lengua me invadió, posesiva, demandante. Sus labios me llevaron de regreso a ese club, a esa habitación, a ese placer que me había hecho olvidar quién era. Mi pulso se aceleró. Mi cuerpo respondió como si tuviera vida propia. Nos separamos por falta de aire. Él tenía los labios hinchados y los ojos oscurecidos por el deseo.
—Muy bien, Raquel Sanromán —dijo con voz ronca, pasando el pulgar por mi labio inferior—. Ahora me perteneces.
Y antes de que pudiera responder, antes de que pudiera procesar lo que acababa de hacer, sacó su teléfono y escribió algo rápidamente.
Segundos después, mi teléfono vibró.
Un mensaje del banco.
"Estimada Sra. Vivez: Su deuda hipotecaria ha sido liquidada en su totalidad. La propiedad es oficialmente suya. Gracias por su preferencia."
Me quedé mirando la pantalla, incrédula.
—¿Qué... qué acabas de hacer?
—Cumplí mi parte del trato —dijo, guardando su teléfono—. Ahora te toca cumplir la tuya.
Se acercó a la puerta, pero antes de salir se volvió hacia mí.
—Nos vemos el martes, Raquel. Te enviaré la dirección. Y ponte algo bonito. Algo que pueda quitarte despacio.
La puerta se cerró detrás de él.
Y yo me quedé ahí, temblando, con mi teléfono en la mano y la certeza de que acababa de hacer un trato con el diablo.
Un diablo joven, guapo, y peligrosamente irresistible.
Un diablo que acababa de salvar mi casa.
Y que ahora me reclamaba como suya.
Dios mío.
¿En qué me acababa de meter?