"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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Grietas en la armadura
La tarde en las oficinas del puerto fue una lección de humillación silenciosa. Alessandra tuvo que cumplir la primera regla, manteniéndose a menos de dos metros de Damian mientras él firmaba documentos con el sello de las Navieras Cavalli. Era frustrante ver con qué facilidad él movía los hilos de lo que a su familia le había pertenecido por décadas.
Sin embargo, el ambiente cambió drásticamente a las cuatro de la tarde. Damian recibió una llamada en su teléfono privado. Al ver el nombre en la pantalla, la máscara de frialdad absoluta que lo caracterizaba se agrietó. Su mandíbula se tensó y sus ojos grises se oscurecieron. Se alejó apenas lo necesario para responder en un ruso rápido, bajo y cargado de una furia que hizo que Alessandra diera un paso atrás.
—¿Qué sucede? —preguntó ella cuando él colgó.
Damian no respondió de inmediato. Se presionó el puente de la nariz con los dedos, cerrando los ojos.
—Tu padre, Alessandra. Parece que no le bastó con entregarte para salvarse de la cárcel; ahora ha intentado desviar fondos de una cuenta que ya no le pertenece. Ha dejado un rastro de deudas que sus antiguos "socios" pretenden cobrarme a mí ahora que soy el dueño.
A partir de ese momento, el ritmo se volvió frenético. Damian no soltó el teléfono, coordinando con abogados y seguridad para frenar el desastre financiero que Giorgio estaba provocando en Venecia. Alessandra lo observó resolver un caos que ella ni siquiera imaginaba. Fue esa carga mental, la presión de lidiar con los restos de un hombre incompetente, lo que drenó su energía.
Cuando regresaron a la mansión al anochecer, el silencio en el coche era denso. Al bajar, Damian se detuvo en el vestíbulo. Se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata con un gesto brusco, como si el aire le faltara. Sus ojos estaban inyectados en sangre por el cansancio.
—La regla se acaba por hoy —dijo él, con la voz más ronca de lo habitual—. Ve a tu habitación. No tengo energía para tus desafíos esta noche.
Alessandra lo observó subir las escaleras. Por un instante, el hombre invencible que la había reclamado como propiedad parecía llevar el peso del mundo sobre los hombros. Subió a su propio cuarto, pero el sueño era imposible. Las palabras sobre la nueva traición de su padre le quemaban el cerebro.
Se quedó mirando el techo, recordando aquella tarde de su infancia en Venecia. Recordó el rostro de Damian, más joven pero igual de serio, observándola desde una góndola mientras ella lloraba por un descuido de su padre. En aquel entonces, ella le había gritado con toda la rabia de sus diez años: "Preferiría ahogarme en este canal antes que pedirte algo, Damian Volkov".
Él no se había inmutado. Solo le había dicho: "El orgullo es un peso muy grande, Alessandra. Asegúrate de saber nadar cuando te hundas con él".
De pronto, una idea la sacudió. Si Damian estaba tan agotado que su vigilancia había bajado, era su oportunidad. No para escapar —sabía que los perros seguían ahí fuera—, sino para obtener respuestas. Necesitaba saber qué estaba ocultando Damian sobre esa llamada y por qué su padre seguía hundiéndola incluso después de haberla vendido.
Alessandra se levantó de la cama. En la oscuridad de la mansión, el despacho de Damian era el único lugar que guardaba la verdad que él se negaba a decirle.