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Manual Para No Enamorarse : Fracaso Anunciado

Manual Para No Enamorarse : Fracaso Anunciado

Status: En proceso
Genre:Yaoi / Mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19 Lo que se queda cuando vuelves

El regreso no trae solo cuerpos.

Trae silencios.

Alessandro di Ravenna lo descubrió la primera noche en el castillo, cuando el cansancio del norte se asentó en los huesos como un polvo fino que no se sacude con agua. Se sentó en el borde de la cama, la armadura ya fuera, las manos todavía oliendo a metal frío. Cerró los ojos… y el viento del paso del río volvió por un segundo.

—No estás allá —se dijo—. Estás aquí.

La frase no disipó el temblor del todo.

Luca Avenni no tocó esa noche.

No porque no quisiera.

Porque escuchaba el silencio distinto.

Se sentó en el pasillo con el arpa a un lado, sin pulsar las cuerdas. Giovanni pasó y le dejó una manta.

—El castillo vuelve a respirar —dijo el mayordomo—. A veces el primer aire es pesado.

—Entonces no lo lleno de música —respondió Luca—. Lo dejo pasar.

Giovanni asintió, aprobando ese respeto por el pulso del lugar.

Las pequeñas heridas aparecieron al día siguiente.

Nada grave. Raspones, un corte superficial en el antebrazo de Alessandro que había sido vendado con prisa. La enfermera frunció el ceño.

—Descanso —ordenó—. Y paciencia.

Alessandro obedeció por una vez.

—Te duele —observó Luca, sentándose frente a él con el arpa apoyada en la pared.

—No mucho.

—Eso significa que sí.

Alessandro rodó los ojos, pero sonrió apenas.

—Gracias por sostener el pasillo —dijo.

—No lo sostuve —respondió Luca—. Lo acompañé.

Eso era… suficiente.

El cansancio emocional fue más difícil de nombrar.

Alessandro caminaba por el castillo con una atención que rozaba la hipervigilancia. Escuchaba pasos que no eran amenaza. Se giraba ante ruidos que no pedían respuesta. Giovanni lo notó.

—El norte se queda un tiempo —dijo—. No hay vergüenza en dejar que se vaya despacio.

—No sé cómo —respondió Alessandro.

—No se hace solo —replicó Giovanni—. Se hace acompañado.

Eso fue una invitación disfrazada de consejo.

La gratitud, cuando llegó, fue torpe.

—Gracias por… —empezó Alessandro una tarde, en el pasillo.

—Por tocar —sonrió Luca—. O por no tocar.

—Por quedarte —dijo Alessandro, corrigiéndose.

Luca parpadeó.

—Yo siempre me quedo —respondió—. A veces desde lejos. A veces desde aquí.

—Eso… importó.

No era una confesión.

Era un paso.

La primera risa después del norte fue absurda.

Un gato del castillo decidió que el estuche del arpa era su nuevo trono. Luca intentó recuperarlo sin despertar al animal. El gato se estiró, dueño del mundo.

—No quiere moverse —susurró Luca.

—Respeta su autoridad —respondió Alessandro, serio.

—¿Negociamos?

—Nunca negocias con gatos —dijo Alessandro—. Te adoptan o te ignoran.

El gato los ignoró.

Rieron.

La risa sonó extraña al principio.

Luego, necesaria.

La escena íntima llegó sin anuncio, en la torre oeste.

El viento entraba por la ventana abierta. Luca afinaba sin tocar. Alessandro observaba el horizonte, sin mirarlo.

—Cuando estabas allá —dijo Luca—, no toqué para traer tu regreso.

—¿No?

—No —respondió—. Toqué para que el pasillo supiera esperar.

Alessandro cerró los ojos un segundo.

—Esperar cansa.

—Volver también —dijo Luca—. Pero se descansa cuando alguien reconoce el cansancio.

Silencio.

—No supe cómo agradecer —admitió Alessandro—. Allá, nadie agradece. Se sobrevive.

—Aquí no estamos sobreviviendo —respondió Luca—. Estamos… aprendiendo a quedarnos vivos.

Esa frase no era música.

Era afinación.

El atisbo de confesión se asomó, tímido.

—Cuando pensé que no volverías —dijo Luca, muy bajo—. Me dio miedo que el pasillo se quedara mudo para siempre.

Alessandro se giró, sorprendido.

—No iba a…

—Lo sé —interrumpió Luca—. No es racional. Es… lo que se siente cuando el hilo se estira.

Alessandro dio un paso más cerca.

—No me iré sin volver —dijo—. No porque sea valiente. Porque… —se detuvo—. Porque hay cosas que me traen de vuelta.

Luca levantó la vista.

—¿Cosas?

—Sí —respondió Alessandro—. Cosas que no se cargan en mochilas.

No fue una confesión completa.

Fue un borde compartido.

Esa noche, la música volvió, suave, sin imponerse.

El pasillo respiró.

Y Alessandro entendió que volver no borra lo vivido,

pero permite que lo vivido se quede sin morder.

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