Tiene una nueva oportunidad para redimirse y busca ser feliz junto a las personas que ama.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Maga de Sanación
El día en que finalmente abrieron la tienda amaneció claro, como si el cielo hubiera decidido acompañarlas. Lavender limpió el mostrador por última vez, acomodó los frascos con una precisión casi ceremonial y abrió las ventanas para que la luz entrara sin timidez. Rosie observaba todo con una sonrisa tranquila, orgullosa, como quien ve materializado algo que creyó imposible.
Colgaron el letrero con cuidado. El nombre, sencillo y honesto, hablaba de raíces, flores y del saber de Rosie. Cuando la puerta quedó abierta por primera vez, ambas se miraron en silencio, con el corazón latiendo fuerte.
Pasaron las horas.
El sol avanzó, la sombra cambió de lugar, el murmullo del pueblo siguió su curso… y nadie entró.
No hubo pasos curiosos ni preguntas tímidas. Solo el sonido lejano de la calle y el aroma de las hierbas secándose. Rosie no dijo nada. Al atardecer, tomó su chal y se preparó para volver a la casa del campo.
—Mañana será otro día —dijo con dulzura, como si nunca hubiera existido la posibilidad del fracaso.
Lavender se quedó sola en la tienda. Miró el interior una vez más y luego salió al pequeño patio que tenía la casa contigua. Era un espacio modesto, casi olvidado, con tierra dura y un poco de sol.
Allí tomó una decisión.
Con sus propias manos, empezó a plantar flores frescas. No para vender todavía, sino para que se vieran desde la calle, para que el color y el perfume hablaran por ella. Rosas, lavanda, pequeñas flores silvestres. Vida.
Trabajó hasta que el cielo se tiñó de naranja. Sus manos estaban cansadas, pero su ánimo intacto. Sonrió al observar el patio transformarse, imaginando a los transeúntes deteniéndose, atraídos sin saber por qué.
Ese día no entró ningún cliente.
Pero Lavender no lo sintió como un fracaso.
Lo sintió como el primer paso real.
Porque las flores no florecen el primer día, y los sueños verdaderos tampoco.
La primera semana pasó lenta, casi dolorosa. Lavender vendió apenas un par de flores sueltas, pequeños ramos comprados más por cortesía que por verdadera necesidad. Cada noche cerraba la tienda con la misma calma, aunque por dentro evaluaba en silencio qué podía mejorar. No se desesperaba, pero tampoco se engañaba.. sabía que debía ganarse ese lugar.
Fue una tarde tranquila cuando la campanilla de la puerta sonó de nuevo.
Lavender levantó la vista y vio entrar a una mujer hermosa, de cabello blanco como la ceniza clara, recogido con sencillez. Vestía un traje modesto, pero de líneas limpias y elegantes, de esos que no buscan llamar la atención y aun así lo consiguen. A su lado iba un hombre que le tomaba la mano con naturalidad, como si ese gesto fuera parte de su respiración.
La mujer observó la tienda con detenimiento, deteniéndose en los frascos, en las flores frescas del patio, en el orden casi reverente del lugar.
—Hola… —dijo al fin, con una voz suave pero firme—. ¿Tú vendes hierbas?
Lavender se irguió ligeramente, con una sonrisa sincera.
—Sí. Me llamo Lavender. Todo lo que ves aquí es fresco, lo recojo yo misma.
Los ojos claros de la mujer brillaron, no con curiosidad común, sino con ese interés preciso de quien sabe exactamente lo que busca. Se acercó a los estantes, examinó etiquetas, aspiró el aroma de una raíz cuidadosamente envuelta.
—¿También tienes raíces poco comunes? Busco algunas que no siempre se encuentran en el mercado.
Lavender asintió, y por primera vez desde la apertura sintió un orgullo cálido expandirse en el pecho.
—Tengo varias. Prefiero calidad antes que cantidad. Si algo está aquí, es porque sirve.
La mujer de cabello blanco sonrió, claramente encantada. Fue una sonrisa profesional, pero también genuina.
—Entonces creo que nos veremos seguido… Soy maga de sanación y siempre necesito buenos ingredientes para mis pociones.
Lavender sostuvo su mirada sin intimidarse. Inclinó apenas la cabeza, respetuosa.
—Será un gusto. Me alegra saber que mis hierbas irán a buenas manos.
La conversación continuó con naturalidad, como si se conocieran desde hacía tiempo. Lavender respondió cada pregunta con seguridad, explicando métodos de secado, tiempos exactos, diferencias entre una raíz joven y una madura. En un momento, casi sin darse cuenta, habló de su abuelita Rosie.. de cómo le había enseñado a respetar la tierra, a no cortar más de lo necesario, a escuchar a las plantas antes de tocarlas.
La maga escuchaba con atención genuina, asintiendo de vez en cuando, claramente impresionada.
—Ese tipo de conocimiento no se aprende en libros comunes.. Se hereda.
Cuando llegó el momento de pagar, el hombre que la acompañaba sacó una bolsa de monedas y la dejó sobre el mostrador con un sonido contundente. Lavender contó con rapidez, por costumbre más que por desconfianza, y alzó las cejas, sorprendida.
—Señor… ha pagado de más —dijo con honestidad inmediata.
El hombre la miró apenas y encogió los hombros con calma.
—Quédese con ello. Está bien así.
Lavender parpadeó un segundo, luego dejó escapar una pequeña risa y miró a la maga con complicidad.
—Su novio es muy generoso.
La mujer de cabello blanco asintió levemente, con una sonrisa tranquila, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
—Nos veremos pronto, Lavender —dijo mientras tomaba las bolsas—. Y júntame más de las raíces que te pedí. Le pediré a alguien del ducado que venga por ellas.
Esa frase quedó flotando en el aire, cargada de promesa.
—Muchas gracias —respondió Lavender, esta vez sin intentar ocultar la felicidad en su voz.
Los acompañó hasta la puerta, despidiéndolos con una sonrisa amplia y sincera. Cuando la campanilla sonó de nuevo y la tienda quedó en silencio, Lavender apoyó las manos en el mostrador por un instante, respiró hondo y luego comenzó a ordenar las hierbas con cuidado renovado.
No solo había hecho una venta importante.
Había establecido un vínculo.
Y mientras acomodaba cada frasco, pensó en su abuela, en el campo, en cada raíz arrancada con esfuerzo.
Todo, por fin, empezaba a dar frutos.