Reencarné en el omega destinado a morir por amor.
Abandonado por el protagonista, incluso estando embarazado.
Esta vez no rogaré.
Me iré con mi hijo… y escribiré mi propio final feliz.
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Capítulo 5 — Aprender a ocupar espacio
El mercado del barrio del río despertaba antes que el sol. La luz era todavía azul, un poco sucia, y se colaba entre los toldos mojados dejando sombras torcidas sobre los adoquines. El aire olía a pan recién hecho, a fruta abierta a cuchillo, al hierro caliente del yunque golpeado sin ritmo. La ciudad no abría los ojos de golpe: gruñía, carraspeaba, se acomodaba con ruidos pequeños; cajas arrastrándose, monedas chocando en bolsillos medio dormidos, voces que todavía no sabían si querían ser amables o ásperas.
Lysien caminaba despacio.
No solo porque el cuerpo se lo pidiera —esa punzada en la espalda, el mareo que iba y venía como una ola baja—, sino porque necesitaba mirar. Mirar sin apuro. Aprender ese lugar donde nadie sabía quién había sido antes. Donde su nombre no abría puertas ni hacía bajar cabezas. Su abrigo sencillo se perdía entre los otros. Nadie se detenía a observarlo. Nadie se hacía a un lado al verlo pasar.
Eso le pinchó algo en el pecho.
Y, al mismo tiempo, le aflojó la respiración.
Entró en una imprenta pequeña, atraído por el olor espeso de la tinta. El hombre del mostrador tenía las manos negras hasta los nudillos. Lo miró de arriba abajo sin disimulo.
—¿Qué buscas?
—Trabajo —dijo Lysien. Se aclaró la garganta—. Sé copiar, ordenar papeles. Leer en voz alta, si hace falta.
El impresor se detuvo un instante más en su vientre, apenas marcado bajo la tela. No sonrió. No dijo nada.
—Aquí se trabaja de pie.
Lysien sintió el reflejo de justificarse. Lo tragó.
—Puedo hacerlo. Si no sirvo… me voy.
No sonó orgulloso. Sonó cansado.
El hombre chasqueó la lengua y señaló una mesa. —Esos folletos. Si tu letra es legible, hablamos.
Lysien se sentó. Al tomar la pluma, la mano le tembló un poco. La primera línea salió torcida. Se le frunció el ceño. Volvió a intentarlo, acomodando el codo, respirando despacio. La tinta empezó a caer mejor. Las letras encontraron su ritmo, como si el cuerpo recordara algo antiguo: tardes copiando textos para no pensar en nada más.
—Mmh —gruñó el impresor, asomándose por detrás—. No escribes mal.
A media mañana entró una mujer con un niño. El pequeño se quedó mirándolo, con la boca un poco abierta.
—Mamá… ¿por qué él escribe tan bonito?
—No molestes —susurró ella, incómoda.
Lysien levantó la vista. La sonrisa le salió rara, chueca.
—Porque me equivoco mucho —le dijo al niño—. De tanto equivocarte, la mano aprende sola.
El niño soltó una risa aguda. La mujer también sonrió, sin querer. Algo en el pecho de Lysien se aflojó. No fue alegría. Fue como quitarse una piedra del zapato.
Al salir, con la promesa de unas monedas si volvía al día siguiente, el sol ya calentaba el suelo. Kaelen lo esperaba en la esquina, apoyado contra una pared descascarada. No parecía vigilar. Parecía, más bien, asegurarse de que nadie lo empujara al pasar.
—¿Y? —preguntó.
Lysien levantó la bolsa con los folletos.
—No me echaron.
La sonrisa que se le escapó duró poco, como si no se atreviera a dejarla estar.
Caminaron hasta el río. El agua arrastraba hojas secas, rompía el cielo en reflejos torcidos. Se sentaron en un banco gastado. Lysien dejó caer los hombros. El cansancio le pesó de golpe en el cuerpo.
—No tienes que demostrar nada hoy —dijo Kaelen.
—No estoy demostrando —murmuró Lysien—. Estoy intentando no desaparecer.
Pasó un grupo de comerciantes. Un par de miradas se quedaron un segundo de más en su vientre. Nadie dijo nada. Ese silencio era lo que dolía.
Lysien sostuvo la mirada de uno de ellos hasta que el hombre apartó los ojos.
Kaelen apretó la mandíbula.
—No deberían…
—Lo harán —lo cortó Lysien, sin dureza—. No necesito que me cubras. Necesito aprender a no achicarme.
Kaelen no respondió al tiro.
—De acuerdo —dijo al final, aunque no le salió fácil.
Por la tarde, la posadera le ofreció una habitación más clara a cambio de ayudarle con las cuentas. Lysien aceptó. Se equivocaron. Corrigieron. Rieron torpes. Al despedirse, ella le apretó la mano con fuerza.
—Mientras trabajes, aquí tienes lugar —dijo.
No era cariño. Era permiso. Y eso era suficiente.
Por la noche, Lysien se dejó caer en la cama. Le dolían los pies, los hombros, la cabeza. Y aun así no quería que el día terminara.
Dos golpes en la puerta. —Traje sopa.
Kaelen entró cuando Lysien dijo que pasara. El vapor les nubló la cara.
—No tienes que cuidarme —murmuró Lysien.
—No te cuido —respondió Kaelen—. Te acompaño.
Eso le apretó el pecho de una forma rara.
—A veces siento que me quedé donde no debía —dijo Lysien, mirando el cuenco—. Que confundí aguantar con amar. Y me perdí ahí. No quiero volver a hacer eso.
Kaelen bajó la vista.
—Yo también me mentí con el deber —admitió—. Siempre hay otra opción. Solo que a veces duele elegirla.
El aviso del consejo llegó con un golpe seco en la puerta. El papel era frío, impersonal. Registro obligatorio para omegas embarazados.
Los dedos de Lysien temblaron al leerlo. —No quiero ser un expediente —dijo, la voz un poco rota—. No quiero que me guarden como un problema.
—No lo eres —respondió Kaelen, más áspero de lo que pretendía.
—Lo sé —dijo Lysien—. Pero cansa tener que probarlo.
No rompió el papel. Lo dobló y lo dejó sobre la mesa, como quien deja algo que no va a decidir hoy.
Al apagar la vela, la ciudad murmuraba: pasos tardíos, una risa lejana, un perro ladrando a nada. Lysien apoyó la mano en su vientre.
—Vamos a aprender a ocupar espacio —susurró—. Aunque tiemble. Aunque cueste.
No sonó a consigna bonita.
Sonó a alguien que se está prometiendo no desaparecer otra vez.
se dieron el picó tan anhelado 🤭
me encanta 💖 y ojalá en el próximo caputulo almenas le de un beso al pobre kaelen.
la evolución q a tenido es .uy buena a comparación con otras novelas de omegas q lloran y se sienten morir este me gusta y mucho
sigue así autora