Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Su Luz
A la mañana siguiente, la luz del amanecer entró suavemente por las cortinas.
Emma abrió los ojos despacio.
Por un instante no recordó nada. Solo el silencio tibio de la habitación y el peso extraño en el pecho.
Giró ligeramente la cabeza.
Allí, sobre la mesita junto a la cama, descansaba una caja de terciopelo abierta.
Dentro, un collar.
Oro delicadamente trabajado, y piedras verdes profundas que capturaban la luz como pequeños fragmentos de bosque. El verde y el dorado de la casa Devlin.
Era hermoso.
Innegablemente hermoso.
Emma lo observó en silencio.
Sabía lo que significaba. Sabía quién lo había dejado allí. Sabía que era un gesto de disculpa.
Pero también sabía que no era eso lo que necesitaba.
Cerró los ojos un momento.
Luego se levantó, se bañó con calma y dejó el collar exactamente donde estaba.
Sin tocarlo.
El comedor, que normalmente estaba lleno de risas, comentarios sarcásticos y bromas entre los gemelos, se sentía distinto esa mañana.
Pesado.
El abuelo hablaba en voz baja con Damián y David, todavía molesto.
—No debió hacerlo.. Fue un error innecesario.
—Y con Vanessa, de todos los modos posibles…
David negó con la cabeza.
—Hermano se equivocó feo esta vez.
Fue entonces cuando Emma apareció en la puerta.
El sonido de sus pasos hizo que los tres guardaran silencio inmediato.
Daniel ya estaba sentado a la mesa.
Cuando la vio entrar, su mirada se suavizó.
Emma llevaba un vestido sencillo, su expresión tranquila, una sonrisa ligera dibujada en los labios.
Pero sus ojos aún estaban levemente hinchados.
—Buenos días —saludó con voz dulce.
—Buenos días, hija —respondió el abuelo con tono más cálido de lo habitual.
Emma tomó asiento.
El silencio volvió a instalarse.
Ella fingía normalidad con admirable elegancia. Servía té, cortaba pan, asentía cuando alguno decía algo trivial. Pero el ambiente carecía de la chispa habitual.
Damián fue el primero en intentar romper la tensión.
—Emma, ¿te gustaría pasear por el pueblo más tarde? Hace buen día.
David intervino enseguida..
—O podríamos ir a cabalgar. El viento despeja la cabeza.
El abuelo carraspeó.
—Llamaré a la modista. Te hará un vestido digno de una condesa Devlin. Verde con bordados dorados.
Emma los miró a todos, conmovida por el intento evidente de animarla.
Sonrió.
—Muchas gracias… de verdad. Pero creo que volveré a la habitación.
Nadie insistió.
Bajo la mesa, Daniel extendió la mano.
Era un gesto habitual entre ellos.
Discreto.
Íntimo.
Sus dedos encontraron los de ella con suavidad.
Pero esta vez, Emma se tensó apenas.
Y retiró la mano.
No bruscamente.
No con enojo.
Sino con una suavidad que dolía más.
Se levantó con elegancia impecable.
—Con permiso.
Subió las escaleras sin apresurarse.
El sonido de sus pasos se perdió en el piso superior.
Nadie habló.
Daniel permaneció unos segundos inmóvil.
Luego se puso de pie.
Sin escribir nada.
Sin mirar a nadie.
Y la siguió.
La encontró en la habitación.
Acostada nuevamente.
Dormida.
La cortina se movía levemente con la brisa.
Se acercó despacio.
Esta vez no había lágrimas frescas, pero su rostro estaba agotado. Como si el esfuerzo de mantener la compostura hubiera sido más pesado que el llanto mismo.
Daniel tomó la manta doblada al pie de la cama y la extendió cuidadosamente sobre ella.
Se quedó allí, de pie, mirándola.
El silencio de la habitación era distinto al del comedor.
Más íntimo.
Más vulnerable.
Y mientras observaba la línea suave de su perfil, su respiración tranquila, comprendió algo que lo desarmó por completo.
No supo en qué momento había ocurrido.
No hubo un día exacto.
Ni una escena precisa.
Pero Emma… Se había convertido en la persona más importante de su vida.
Más que el título.
Más que la casa.
Más que el orgullo.
Y verla distante, aunque fuera solo por un gesto retirado bajo la mesa, le dolía más que cualquier reproche.
Daniel se sentó en la silla junto a la cama.
Y por primera vez desde que era conde, deseó poder hablar.
No para imponer.
No para ordenar.
Sino simplemente para decir su nombre. Y pedirle que lo mirara como antes.
Cuando Emma despertó, la luz que entraba por la ventana ya no era la suave claridad de la mañana, sino el tono más cálido y alto de la tarde.
Habían pasado varias horas desde el almuerzo.
Se incorporó lentamente. El cuerpo le pesaba, como si no hubiera descansado en absoluto. Se arregló el cabello frente al espejo, respiró hondo un par de veces y descendió las escaleras con la misma elegancia serena de siempre.
En cuanto los gemelos la vieron aparecer en el comedor, reaccionaron de inmediato.
—¡Ahí está nuestra condesa! —anunció Damián exageradamente, arrastrando una silla.
—Perfecto, porque yo me niego a comer solo —añadió David, tomando asiento frente a ella.
Sin decirlo, ambos habían decidido acompañarla.
La mesa ya no estaba formalmente servida como en el desayuno. Solo quedaban platos cubiertos, algo de pan fresco y una sopa aún tibia.
Emma tomó asiento.
—Gracias por esperarme —dijo con una sonrisa amable.
—No esperamos —replicó Damián con dramatismo—. Resistimos heroicamente el hambre.
David lo miró.
—Habla por ti.
Emma soltó una pequeña risa.
Pequeña.
Demasiado pequeña.
Los gemelos intercambiaron una mirada casi imperceptible.
Comenzaron con bromas ligeras, historias del pueblo, comentarios exagerados sobre un caballo particularmente testarudo que Damián juraba que tenía mejor carácter que su propio hermano.
Normalmente, Emma habría intervenido con una observación ingeniosa.
Habría girado el comentario.
Habría ganado la broma.
Pero esta vez solo sonreía.
Asentía.
Respondía con frases suaves y educadas.
Sus manos revolvían la comida en el plato con movimientos distraídos.
Probó un poco.
Luego otro.
Muy poco.
Desde la ventana del salón contiguo, Daniel observaba.
No estaba oculto, pero tampoco formaba parte de la escena.
Veía cómo la cuchara giraba entre sus dedos.
Cómo la sopa apenas descendía en el plato.
Cómo su sonrisa no alcanzaba sus ojos.
Nunca había pensado que vería a Emma apagada.
Porque eso era.
Apagada.
Si no la hubiera conocido antes, tal vez habría creído que esa era su naturaleza.. tranquila, correcta, cordial.
No había enojo.
No había reproche.
No había frialdad evidente.
Solo educación impecable.
Pero Daniel ya la conocía.
Conocía la chispa en su mirada cuando debatía.
El brillo travieso cuando respondía una broma.
La seguridad con la que defendía una idea.
Y ahora esa chispa no estaba.
Y eso lo inquietaba más que cualquier discusión.
Damián hizo un comentario absurdo sobre convertir el establo en un salón de baile.
Emma sonrió.
—Sería… interesante.
Interesante.
No ingenioso.
No mordaz.
No brillante.
Solo correcto.
Daniel apoyó la mano contra el marco de la ventana.
Sentía una incomodidad creciente.
Preferiría verla furiosa.
Preferiría verla enfrentarlo.
Preferiría cualquier emoción intensa antes que esa cortesía distante.
Porque la cortesía se mantiene.
La tristeza silenciosa se esconde.
Y el silencio, si se prolonga, construye muros.
Emma dejó el tenedor en el plato cuando aún quedaba más de la mitad de la comida.
—Estaba delicioso —dijo suavemente.
No lo estaba.
Ni siquiera lo había probado realmente.
Los gemelos lo notaron.
Daniel también.
Y mientras ella se limpiaba los labios con delicadeza y agradecía la compañía, Daniel comprendió algo que le heló la sangre..
No estaba perdiendo su respeto.
Estaba perdiendo su luz. Y eso, más que cualquier reproche, era lo que más lo aterraba.
Maravilloso Daniel sigue asi👏