El destino teje hilos oscuros, pero el poder verdadero reside en decidir qué nudos desatar y cuáles cortar con tu propia voluntad
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Capítulo 13
Caleb se detuvo en seco en medio de la pista. Los demás bailarines chocaron con ellos, pero él no se dio cuenta. Sus ojos se clavaron en los de Alessia. El disfraz de ella empezó a parpadear bajo la intensidad de su odio. Por un segundo, el color violeta de sus ojos brilló a través del castaño falso.
—Tú... —susurró Caleb, su rostro volviéndose pálido como el mármol.
—Shhh —Alessia se inclinó hacia su oído, sus labios rozando su mejilla en un gesto que desde lejos parecía íntimo—. No arruines la fiesta todavía, Caleb. No he terminado de ver cómo se desmorona tu mundo.
En ese momento, las luces del salón se apagaron de golpe. Un grito colectivo recorrió la multitud.
—¡Guardias! —rugió Caleb, pero su voz se perdió en el estruendo de un cristal rompiéndose.
Las sombras que Alessia había plantado por todo el salón cobraron vida propia. No eran ataques mortales, sino una negrura absoluta que impedía ver más allá de un palmo. Los invitados corrían a ciegas, chocando entre ellos, mientras las risas burlonas de la magia de Alessia resonaban en las bóvedas del techo.
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La Huida en la Penumbra
Valerius apareció de la nada, agarrando a Alessia por el brazo.
—¡Es hora de irse! —gritó sobre el caos—. He puesto fuego en las caballerizas como distracción. Los guardias están ocupados.
Alessia miró a Caleb una última vez. Él estaba en medio de la oscuridad, agitando su espada al aire, gritando órdenes que nadie seguía. Se veía pequeño. Se veía asustado. Se veía como el cobarde que siempre fue.
—Todavía no es tu hora, Caleb —susurró ella al viento—. Primero quiero que sientas cómo el suelo desaparece bajo tus pies.
Valerius y Alessia se movieron a través de los pasajes de servicio que ella conocía desde niña. El palacio era un laberinto, pero ella era su arquitecta emocional. Salieron por una poterna oculta que daba a los jardines traseros, donde el frío de la noche los recibió como un abrazo.
Corrieron a través de la maleza, escuchando las campanas de alarma de la ciudad sonando con desesperación. Para cuando los guardias rodearon el palacio, la Condesa de Ceniza y su guardaespaldas ya habían desaparecido en la negrura del bosque.
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El Regreso al Bosque
Cuando estuvieron a una distancia segura, Valerius obligó a Alessia a detenerse junto a un arroyo. Ella estaba temblando, no de frío, sino de la adrenalina y el dolor de haber estado tan cerca de su verdugo.
—Lo hiciste —dijo Valerius, su voz cargada de una mezcla de alivio y temor—. Lo enfrentaste.
Alessia se dejó caer sobre una roca, cubriéndose el rostro con las manos. El disfraz de seda se desvaneció, volviendo a ser los jirones oscuros del Abismo. Sus ojos violetas regresaron, bañados en lágrimas que se negaba a dejar caer.
—Él no me reconoció al principio, Valerius. Me miró como si fuera una joya nueva. El hombre que decía amarme no pudo ver mi alma a través de un vestido de seda.
Valerius se arrodilló ante ella, tomando sus manos entre las suyas. Sus palmas heridas por el pacto de sangre palpitaron al unísono.
—Eso es porque ya no tienes el alma que él conoció, Alessia. Él buscaba a la niña. No vio a la tempestad que se avecinaba.
—Sentí su pulso, Valerius. Estaba tan cerca... podría haberle clavado una daga en el cuello. Podría haber terminado esto hoy.
—Y habrías muerto allí mismo, y tu gente se habría dispersado. Vyrwel necesita ver su caída, no solo su muerte. Necesitan ver que su "Rey Sol" es un fraude.
Alessia levantó la mirada hacia las estrellas. El cielo estaba despejado sobre el bosque, pero sobre la ciudad de Vyrwel, una nube de oscuridad persistía, un recordatorio del paso de la Reina Oscura.
—Tienes razón —dijo ella, su voz volviéndose fría y clara otra vez—. Hoy solo hemos sembrado la duda. Mañana cosecharemos el terror.
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El Despertar de la Verdad