🩺 Código Rojo
En Altavalle, los errores no se corrigen.
Se pagan.
El Dr. Thiago Ferrer es el neurocirujano más temido y respetado del Hospital Central. Su pulso nunca tiembla. Su autoridad nunca se cuestiona. Y jamás ha permitido que una emoción interfiera en su trabajo.
Hasta que una cirugía cambia todo.
La Dra. Emilia Duarte, residente brillante y orgullosa, queda en el centro de un procedimiento que termina en escándalo. Una familia influyente exige culpables. La prensa huele sangre. El hospital necesita un sacrificio.
Pero Thiago no está dispuesto a perderla.
NovelToon tiene autorización de Polania para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Guardias que no perdonan
La guardia nocturna era lo único que Emilia odiaba y amaba al mismo tiempo.
Odiaba el cansancio, los monitores pitando sin descanso, las urgencias que llegaban sin previo aviso.
Amaba la intensidad. La adrenalina. La forma en que el hospital parecía latir como un organismo vivo bajo luces blancas.
Esa noche, el hospital estaba inquietantemente tranquilo.
Demasiado.
Emilia revisaba una historia clínica en la estación de enfermería cuando sintió su presencia antes de verlo. No necesitó levantar la mirada para saber que era Thiago.
Habían pasado tres días desde la conversación en el vestidor.
Tres días de distancia medida.
Tres días de profesionalismo impecable.
Tres días sin rozarse siquiera por accidente.
Y eso estaba empezando a doler más que la cercanía.
—¿Cuántos ingresos? —preguntó él con voz baja, controlada.
—Dos apendicitis. Un trauma leve. Nada grave.
—Bien.
Silencio.
Emilia sintió el peso de ese silencio como si fuera una pared entre ellos. Antes, hablaban con naturalidad. Se desafiaban. Se sonreían en medio del caos.
Ahora era formalidad.
Y eso la estaba volviendo loca.
—¿Vas a quedarte en la guardia? —preguntó ella, intentando que sonara casual.
—Sí. —Su respuesta fue corta. Pero sus ojos no lo fueron.
Porque cuando Emilia levantó la mirada, lo encontró observándola. No como jefe. No como cirujano.
Como hombre.
Y esa mirada no era profesional.
Era hambre contenida.
Un sonido interrumpió el momento.
Código azul en urgencias.
Ambos reaccionaron al instante. Corrieron por el pasillo como si el mundo dependiera de ello. En cierto modo, así era.
Un hombre de cuarenta años, paro cardiorrespiratorio. Maniobras inmediatas. Emilia tomó el control de la vía aérea. Thiago coordinaba compresiones.
Sus manos trabajaban sincronizadas.
Sus cuerpos demasiado cerca.
Demasiado coordinados.
Demasiado conscientes uno del otro.
—Intuba —ordenó Thiago.
Ella lo hizo sin titubear. Perfecta.
El paciente respondió. Ritmo recuperado.
Silencio tenso.
Cuando todo terminó y el equipo salió, quedaron solos unos segundos en la sala.
Emilia se quitó los guantes. Sus manos temblaban ligeramente.
Thiago lo notó.
Se acercó.
Demasiado.
—Lo hiciste bien —murmuró.
Su voz ya no era la del jefe.
Era la del hombre que llevaba días conteniéndose.
—No necesito que me evalúes cada vez —respondió ella, pero su voz no tenía fuerza. Tenía otra cosa.
Calor.
Él dio un paso más.
Ahora estaban a menos de un palmo.
—No te estoy evaluando —dijo bajo—. Estoy reconociendo que confío en ti.
Esa palabra.
Confío.
El aire cambió.
Emilia tragó saliva. —Thiago… dijimos que mantendríamos distancia.
—Lo intenté.
Esa confesión la golpeó.
—Yo también —susurró ella.
Y fue ahí cuando algo se quebró.
No la culpa.
No el profesionalismo.
La barrera.
Thiago levantó la mano lentamente, como si le diera tiempo a detenerlo. Como si esperara que ella retrocediera.
Pero no lo hizo.
Sus dedos rozaron la mandíbula de Emilia.
Un toque mínimo.
Explosivo.
El mundo desapareció por un segundo.
—Esto no es correcto —murmuró ella.
—Lo sé.
—Estamos en el hospital.
—Lo sé.
—Estamos en medio de un escándalo.
—Lo sé.
Entonces, ¿por qué no se alejaba?
Porque la tensión no se había ido en tres días.
Había crecido.
Thiago inclinó el rostro apenas.
No la besó.
Se quedó a un suspiro de hacerlo.
Y eso fue peor.
Porque el beso habría sido un error.
Pero la anticipación… era tortura.
—Si cruzamos esta línea —dijo él, voz baja, casi ronca— no habrá marcha atrás.
Emilia sostuvo su mirada.
Su corazón latía tan fuerte que parecía audible.
—Entonces deja de advertirme y decide.
El silencio explotó.
Y esta vez fue él quien perdió el control.
La besó.
No fue suave.
No fue delicado.
Fue contenido durante días.
Fue tensión acumulada.
Fue culpa transformada en necesidad.
Sus manos se aferraron a su cintura. Ella respondió con la misma intensidad, como si necesitara comprobar que aquello era real.
El beso no era solo deseo.
Era descarga.
Era una forma de olvidar que alguien había muerto en su mesa quirúrgica.
Era sentir que aún estaban vivos.
Pero cuando Thiago la presionó contra la pared fría de la sala de urgencias, algo cambió.
No miedo.
Conciencia.
Emilia separó los labios lentamente, respirando con dificultad.
—Esto no es solo atracción —dijo ella, aún cerca de su boca.
—No.
—Y eso es lo que me asusta.
Thiago apoyó la frente contra la suya.
Por primera vez desde que lo conocía, no parecía tener respuestas.
—A mí también.
El monitor del paciente pitó en la distancia.
La realidad regresó.
El hospital seguía allí.
La demanda seguía allí.
La culpa seguía allí.
Pero ahora había algo más.
Algo imposible de ignorar.
Thiago retrocedió un paso, recuperando compostura.
—Si seguimos… esto puede destruirnos profesionalmente.
—Y si no seguimos… —respondió ella— nos va a consumir igual.
Se miraron largo.
No era solo deseo.
Era reconocimiento.
Era admitir que el error que habían cometido en quirófano los había unido de una forma que no esperaban.
Porque cuando compartes una decisión que termina en muerte…
compartes algo más que responsabilidad.
Compartes cicatriz.
Thiago tomó su bata del respaldo de una silla.
—Guardia termina a las seis. Mi oficina estará libre.
No era una orden.
Era una invitación.
Emilia sintió el vértigo en el estómago.
—Thiago…
—Decide tú esta vez.
Y salió de la sala.
Ella quedó sola, apoyada contra la pared.
Su cuerpo aún recordaba el calor de sus manos.
Su boca aún ardía.
Y por primera vez desde la muerte de Hernán Ibarra, Emilia no sentía solo culpa.
Sentía algo más peligroso.
Deseo.
Y deseo en medio del caos… es una bomba silenciosa.
La noche apenas comenzaba.
culpa 👀 deseo /Drool/