Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.
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La casa de muros invisible.
El trayecto en el auto desde la recepción hasta la nueva residencia fue un viaje a través de un desierto de hielo. Julián conducía con las manos apretadas al volante, sus nudillos blancos destacando en la penumbra de la cabina. Alessandra miraba por la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad como destellos de una vida que ya no le pertenecía. El olor del perfume de Isabella todavía parecía flotar en el aire, o tal vez era solo la paranoia de Alessandra, sabiendo que su esposo había pasado la última hora de la fiesta susurrando con su hermanastra en el balcón.
Cuando llegaron a la mansión —una propiedad moderna, de líneas frías y grandes ventanales que Julián había comprado antes de su crisis financiera—, el motor se detuvo y el silencio se volvió ensordecedor.
—Llegamos —dijo él, sin mirarla. No bajó a abrirle la puerta.
Alessandra bajó sola, arrastrando la pesada cola de su vestido por el pavimento frío. Entraron a la casa, y las luces automáticas se encendieron, revelando un salón minimalista, elegante pero carente de alma. No había fotos, no había flores, solo el eco de sus pasos.
La línea en la arena
Julián se quitó el saco del esmoquin y lo lanzó sobre un sofá de cuero negro. Se desabrochó los primeros botones de la camisa con un gesto de hartazgo, como si se estuviera arrancando una piel que le estorbaba.
—Escúchame bien, Alessandra —empezó él, dándose la vuelta finalmente. Sus ojos eran dos cuchillas—. Esta casa es grande, pero no lo suficiente para que finjamos que esto es real cuando no hay nadie mirando.
Alessandra sintió un nudo en la garganta. Intentó mantener la dignidad, irguiendo la espalda a pesar del peso del peinado que ya empezaba a causarle dolor de cabeza.
—Es nuestra noche de bodas, Julián. Al menos podrías intentar no tratarme como a una intrusa.
Julián soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor.
—¿Intrusa? Eres la dueña de la hipoteca, ¿no es así? Gracias a tu "oportuna" intervención y ese contrato que me obligaste a firmar, técnicamente todo esto te pertenece. Pero no te equivoques. Puedes ser la dueña de las paredes, pero no de quien vive dentro.
Él caminó hacia las escaleras y señaló hacia el pasillo del ala este.
—Tu habitación es la última a la derecha. Tiene su propio baño y vestidor. Yo me quedaré en la suite principal, al otro lado. No quiero que entres ahí sin permiso. No quiero que dejes tus cosas en mi espacio. Y, sobre todo, no quiero que esperes que comparta el desayuno, la cena o la cama contigo.
La soledad del poder
Alessandra sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Había soñado con este hombre desde que tenía trenzas y rodillas raspadas, lo había salvado de la ruina total hacía menos de cuarenta y ocho horas, y ahora él la exiliaba al rincón más alejado de su propia casa.
—¿Por qué me odias tanto? —susurró ella, su voz quebrándose apenas un poco—. Yo no te obligué a nada que no aceptaras para salvar a tu familia.
Julián bajó dos escalones, quedando a centímetros de ella. El calor de su cuerpo contrastaba con la frialdad de sus palabras.
—Te odio porque eres igual a tus padres. Usas el dinero para comprar voluntades. Usas la debilidad de los demás para sentirte superior. Isabella tuvo la decencia de llorar cuando supo que tenía que perderlo todo, pero tú... tú llegaste con un cheque y una sonrisa cínica a pedir mi libertad a cambio de un anillo. Me das asco, Alessandra.
Él subió las escaleras sin mirar atrás. Alessandra se quedó sola en el centro del gran salón. El silencio de la casa empezó a pesarle más que el desprecio de sus padres.
El secreto en la oscuridad
Subió a la habitación asignada. Era una estancia hermosa, decorada en tonos grises y crema, pero se sentía como una celda de lujo. Se quitó el vestido de novia con dificultad, luchando con los botones de la espalda hasta que sus dedos sangraron un poco. Se puso una bata de seda y se sentó frente al tocador.
Abrió su computadora portátil oculta en un doble fondo de su maleta. Entró en el servidor de Blue Phoenix. Había un mensaje urgente de su jefe de seguridad financiera: "Se han detectado movimientos inusuales. Alguien está drenando las cuentas secundarias de la constructora de Julián. El rastro lleva a la cuenta personal de tu padre".
Alessandra cerró los ojos, apretando los párpados. Su familia no solo la había usado a ella, sino que ahora estaban empezando a devorar a Julián, el hombre que ella amaba. Si ella hablaba, él no le creería; pensaría que es otra de sus tácticas para ponerlo en contra de sus "queridos suegros". Si callaba, él terminaría en la calle de nuevo, y esta vez, ella no podría salvarlo sin revelar quién era realmente.
Se acostó en la cama matrimonial, inmensa y fría. Del otro lado de la pared, escuchó el sonido de una botella de cristal chocando contra un vaso. Julián estaba bebiendo solo. Alessandra abrazó la almohada y, por primera vez en años, permitió que el llanto fluyera, ahogando sus sollozos para que el hombre al que le había entregado su vida no tuviera el placer de saber que la estaba matando lentamente.