"En mi vida pasada morí como una tonta; en esta, seré tu peor pesadilla."
Valeria murió traicionada por su esposo y su prima, mientras el único hombre que intentó salvarla fue Damian, el rival que ella siempre despreció.
Tras despertar tres años antes de su muerte, Valeria decide cambiar las reglas: no habrá más lágrimas, solo una fría venganza. Para destruir a quienes la pisotearon, se aliará con el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad: el enemigo de su marido.
¿Podrá convencer al hombre que siempre la amó en secreto de que esta vez ella está de su lado?
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Mi protector
Las paredes de la mansión de Damián eran de hormigón y cristal, diseñadas para resistir asedios y tormentas, pero dentro de nuestra habitación, el mundo exterior simplemente dejaba de existir. Durante esos días de falsa victoria, el aire entre nosotros se volvió denso, cargado de una urgencia que no entendía de horarios ni de protocolos.
Era medianoche. Habíamos regresado de una gala benéfica donde mis manos no habían dejado de temblar bajo la mesa, no de miedo, sino por la forma en que la mirada de Damián me desnudaba frente a cientos de personas. En cuanto la puerta de la habitación se cerró tras nosotros, la máscara de "Directora Ejecutiva" y "Magnate" cayó al suelo junto con su chaqueta de esmoquin.
Damián me acorraló contra la madera oscura de la puerta. Sus manos, grandes y seguras, subieron por mis muslos, recogiendo la seda de mi vestido hasta que mi piel sintió el frío del aire y el calor de su cuerpo.
—Has estado distraída toda la noche —susurró contra mi cuello, su aliento enviando descargas eléctricas a mi columna—. Mirando las sombras, Valeria. Mirando las salidas de emergencia.
—Es difícil olvidar cómo se siente tener una soga al cuello, Damián —respondí, mi voz apenas un jadeo mientras echaba la cabeza hacia atrás, dándole acceso total—. Pero cuando me miras así... el resto del mundo se apaga.
Él me levantó sin esfuerzo, obligándome a rodear su cintura con mis piernas. Me llevó hacia la cama matrimonial, una isla de sábanas negras en medio de la penumbra. Allí, la intensidad de nuestra relación alcanzó un nivel que rozaba lo desesperado. No era solo sexo; era una transferencia de poder, una forma de reclamar la vida que ambos nos habíamos ganado a pulso.
Damián se movía sobre mí con una mezcla de dominio y devoción. Sus manos trazaban cada curva de mi cuerpo como si estuviera memorizando un mapa, como si quisiera marcarme de tal forma que ni el destino ni el pasado pudieran volver a tocarme. En la penumbra, sus ojos grises brillaban con una posesividad que, por primera vez en mi existencia, no me hacía sentir prisionera, sino protegida.
—Prométeme —dijo él, deteniéndose un segundo, su pecho subiendo y bajando con fuerza mientras sus dedos se entrelazaban con los míos sobre mi cabeza—, prométeme que no dejarás que los fantasmas ganen, Valeria. Estás viva. Estás aquí conmigo. El mañana es nuestro.
—Lo es —mentí, o quise creerlo, mientras lo atraía de nuevo hacia mí.
En ese espacio sagrado, compartimos una intimidad que iba más allá de la piel. Le conté detalles de mi infancia que Julián nunca se molestó en preguntar; él me habló de las cicatrices de su espalda, de los años de soledad antes de que mi nombre cruzara su escritorio. Entre besos que sabían a vino y a deseo, construimos una fortaleza emocional que se sentía más impenetrable que las cámaras de seguridad de la planta baja.
Hicimos el amor con la intensidad de quienes saben que la paz es un préstamo a corto plazo. Cada gemido, cada roce de piel contra piel, era un desafío al vacío que Julián había dejado en mi vida. En los brazos de Damián, yo no era la heredera Rossi, ni la mujer que volvió del futuro. Era simplemente Valeria, una mujer que vibraba bajo el toque del hombre que amaba.
Horas más tarde, con la respiración de Damián ya acompasada en un sueño profundo, me quedé despierta observándolo. La luz de la luna bañaba su rostro, suavizando las líneas de dureza que el poder le había impuesto. Me sentía invencible. Me sentía amada de una forma que mi primera vida nunca me permitió imaginar.
Me acurruqué contra él, aspirando su aroma a sándalo y piel, convencida de que, mientras estuviéramos dentro de estos muros, nada malo podría pasar. La intensidad de nuestra conexión era tal que llegué a pensar que el amor era un escudo suficiente contra cualquier maldad.
Fue la última noche de sueño ininterrumpido. La última noche en la que mis suspiros fueron solo de placer y no de angustia.
A la mañana siguiente, la luz del sol traería la nota. El mensaje de un muerto que se negaba a descansar. Pero esa noche, en el corazón de la habitación de Damián, el fuego fue lo suficientemente brillante como para hacerme olvidar que el hielo siempre regresa.