Hace siete años, una noche de tormenta cambió su destino.
Isabella Rossi es una mujer brillante con múltiples identidades ocultas. Genio en tecnología, medicina y negocios, vive en las sombras protegiendo a sus dos gemelos prodigio… y ocultando un secreto que podría destruir su mundo.
Nunca creyó en el amor.
Nunca necesitó a un hombre.
Y mucho menos a un CEO arrogante.
Pero cuando Alexander De Luca —el empresario más poderoso y temido de la ciudad— reaparece en su vida, su pasado vuelve para reclamarla.
Él no sabe que es padre.
Ella no sabe si puede confiar.
Y los gemelos… ya empiezan a sospechar la verdad.
Entre secretos, traiciones, enemigos ocultos y una pasión imposible de ignorar, dos genios deberán decidir:
¿Proteger su corazón…
o rendirse al amor?
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Capítulo 3 — Sombras que empiezan a acercarse
La lluvia comenzó a caer apenas el auto de Isabella entró al estacionamiento privado de su edificio.
Gotas finas, constantes, como si la noche susurrara advertencias que solo unos pocos podían entender.
Isabella apagó el motor, pero no salió de inmediato.
Sus manos permanecieron firmes sobre el volante.
Su mente… no.
Algo estaba fuera de lugar.
No era miedo.
Era intuición.
Y su intuición rara vez se equivocaba.
Desde el asiento trasero, Ethan hablaba en voz baja con Elena.
—Su forma de observar era analítica —decía el niño—. No miraba por cortesía social.
—Miraba como tú cuando resuelves rompecabezas —añadió Elena.
Isabella cerró los ojos un segundo.
Demasiado perceptivos.
Demasiado brillantes.
Demasiado parecidos a…
No.
Aún no.
—Vamos arriba —dijo finalmente.
Subieron en el ascensor privado.
Piso 38.
Al entrar al apartamento, el sistema de seguridad se activó automáticamente.
Reconocimiento facial.
Cerraduras inteligentes.
Sensores térmicos.
Nadie entraba sin permiso.
O al menos… nadie común.
Isabella dejó a los niños en la sala.
—Hora de dormir.
—Son solo las nueve —protestó Elena.
—Mañana hay clases.
Ethan la miró fijamente.
—Vas a trabajar.
No era pregunta.
Era afirmación.
—Sí.
—Entonces algo pasa.
Isabella se inclinó frente a él.
—Solo precaución.
El niño asintió lentamente.
—Está bien.
Ambos fueron a su habitación sin insistir.
Eso la preocupaba más.
Cuando estuvo sola, Isabella caminó hacia su estudio.
Cerró la puerta.
Activó el modo insonorizado.
Encendió su laptop.
Pantalla negra.
Logo de Nyx.
Ingresó.
De inmediato aparecieron alertas.
INTENTOS DE ACCESO A REDES PRIVADAS
BÚSQUEDAS SOBRE: ISABELLA ROSSI
Su mirada se volvió helada.
—Rápido… —murmuró.
Alguien poderoso estaba moviéndose.
Rastreó el origen.
Cortafuegos.
Desvíos.
Máscaras digitales.
Hasta que encontró un patrón.
Corporativo.
Seguro.
Costoso.
Nivel élite.
No era mafia.
No era gobierno.
Era…
Sector empresarial de alto nivel.
Su mente conectó piezas.
Alexander De Luca.
—Qué curioso… —susurró.
No era coincidencia.
Había empezado justo después de la gala.
Pero la pregunta era:
¿La buscaba a ella…
o a Nyx?
Mientras tanto…
En el penthouse de Alexander…
—Quiero todo lo que tengan sobre Isabella Rossi —ordenó él.
Su equipo de seguridad dudaba.
—Señor, es como si no existiera antes de hace siete años.
Alexander levantó la mirada.
Interés genuino.
—¿Nada de universidad? ¿Registros médicos? ¿Redes sociales antiguas?
—Nada verificable.
Silencio.
Eso era imposible en la era digital.
A menos que…
—Alguien borró su pasado —dijo Alexander.
—O ella misma lo hizo.
Sus ojos azules se afilaron.
Eso lo hacía más interesante.
Mucho más.
Se levantó y caminó hacia el ventanal.
La lluvia caía sobre la ciudad.
Y de pronto…
Un recuerdo lo golpeó.
Suiza.
Hotel Alpen Crown.
Tormenta eléctrica.
Sistema de seguridad colapsado.
Y ella.
Una mujer usando una laptop en medio del caos, manipulando sistemas con una facilidad impresionante.
Ojos verdes.
Mente brillante.
Lengua afilada.
—Si dependiera de ustedes, este hotel ya estaría en llamas —le había dicho ella al equipo de seguridad.
Alexander había intervenido.
—¿Puede arreglarlo?
Ella lo miró de arriba abajo.
—¿Puede dejar de estorbar?
Sonrió al recordarlo.
Era la única mujer que le habló así.
Sacudió el pensamiento.
Imposible que fuera la misma.
¿O no?
Regresó a su escritorio.
—Quiero vigilancia discreta —ordenó—. Nada agresivo.
—¿Sobre ella?
—Sí.
Mientras tanto…
En el apartamento de Isabella…
Ella también recordaba.
La misma noche.
El mismo hotel.
El mismo hombre.
No recordaba su nombre.
Pero sí su presencia.
Dominante.
Observador.
Inteligente.
Esa noche había sido un cruce de dos mentes brillantes.
Y luego…
Un error emocional.
Uno que jamás repitió.
Cerró la laptop.
No podía permitir distracciones.
Pero justo entonces…
Su sistema de seguridad emitió un pitido.
MOVIMIENTO DETECTADO EN EL PISO 37
Isabella se tensó.
Su apartamento ocupaba dos niveles.
El piso inferior casi nunca se usaba.
Abrió las cámaras.
Nada.
Pero el sensor no fallaba.
Tomó un pequeño dispositivo de su cajón.
Un arma eléctrica compacta.
Caminó en silencio hacia las escaleras internas.
Cada paso medido.
Cada respiración controlada.
Oscuridad.
Silencio.
Llegó al último escalón.
Entonces lo sintió.
No vio.
Sintió.
Alguien había estado ahí.
Pero ya no.
Revisó cada habitación.
Nada.
Sin señales de entrada forzada.
Regresó arriba.
Frunció el ceño.
Eso no era casual.
Alguien probaba sus defensas.
Alguien la medía.
Y eso la molestaba.
Miró hacia la habitación de los niños.
Su expresión se suavizó.
—No permitiré que se acerquen… —susurró.
Mientras tanto…
Ethan no dormía.
Su tablet iluminaba tenuemente su rostro.
Estaba revisando bases de datos públicas.
Comparaciones genéticas.
Probabilidades.
Algoritmos.
Elena susurró desde su cama:
—¿Lo encontraste?
—Aún no.
—Pero es él, ¿verdad?
Ethan no respondió de inmediato.
Luego dijo:
—Probabilidad del 87%.
Elena sonrió.
—Entonces papá es guapo.
Ethan rodó los ojos.
—Eso no es un dato científico.
En ese momento, el sistema del apartamento volvió a emitir un leve sonido.
Isabella giró de inmediato.
Nueva alerta.
Pero esta vez digital.
Un mensaje apareció en su pantalla principal.
Sin remitente.
Sin firma.
Solo texto.
“Los genios siempre cometen un error: creer que nadie está a su nivel.”
Los ojos de Isabella brillaron con frialdad.
Desafío.
Alguien la provocaba.
Alguien que sabía demasiado.
Tecleó rápido.
Intentó rastrear el origen.
Nada.
Ni rastro.
Eso era preocupante.
Muy preocupante.
Porque solo alguien con recursos extremos podía hacer eso.
Y solo alguien con interés real la provocaría así.
Se levantó.
Miró la ciudad nocturna.
La sensación era clara.
Su mundo tranquilo estaba terminando.
Y el caos… apenas comenzaba.
En su penthouse, Alexander recibió una notificación.
Un intento de intrusión en su red privada.
Sonrió.
—Así que muerdes… —murmuró.
No estaba enojado.
Estaba intrigado.
—Definitivamente eres tú… Nyx.
Se recostó en su silla.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Se sentía emocionado.
La cacería intelectual había comenzado.
Y en algún lugar de la ciudad…
Dos mentes brillantes avanzaban una hacia la otra sin saberlo.
Con secretos.
Con pasado.
Con dos pequeños genios que ya veían la verdad.
Pero el mayor peligro…
Aún no había mostrado su rostro.
y más