No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 21
Natalie no improvisaba.
Nunca lo había hecho.
En cuestión de días, logró lo que parecía casualidad, cambios de parejas en prácticas, reorganización de equipos para debates, asignaciones conjuntas en proyectos “por compatibilidad académica”. Siempre había una razón formal. Siempre había un profesor que consideraba lógica la decisión.
Y así, casi sin que nadie lo cuestionara, August comenzó a coincidir con ella en cada actividad importante.
En grupo o a solas.
Por la insistencia de Natalie y justificándose en sus perfectas notas académicas, consumía prácticamente todo el tiempo libre que August tenía para qué realizarán sus actividades en conjunto.
Por ello el tiempo que empezó a pasar con Arya era menos cada vez.
Al principio, Arya no le dio importancia.
Era natural. Sabía que el último año de la academia era muy exigente.
Pero luego apareció el perfume.
Cada vez que estaba con August podía sentirlo, un aroma que no le pertenecía.
No era un aroma sutil.
Era envolvente, sofisticado, con una nota floral intensa que dejaba una estela persistente. La primera vez que lo percibió en la chaqueta de August, pensó que simplemente había pasado junto a alguien en el pasillo.
La segunda vez, lo notó en el cuello de su camisa.
La tercera, cuando él se inclinó para besar su mejilla, el aroma quedó suspendido entre ambos.
Arya se quedó quieta un segundo más de lo normal.
¿Era perfume de mujer? ¿Qué tan cerca tuvo que estar de él para que el aroma se impregnara de ese modo?
Lo sabía.
No necesitaba convencerse.
Pero no dudaba de August.
No realmente.
Solo… era extraño.
Y la extrañeza, cuando se repite, empieza a ocupar espacio.
Los días siguieron pasando, y aquella tarde, Arya y August estaban bajo la sombra amplia de un árbol en el extremo del jardín.
August estaba recostado sobre un brazo, mirándola con esa atención concentrada que la hacía sentir el centro de su mundo.
Arya jugaba distraídamente con los dedos de él, trazando líneas invisibles sobre su palma mientras hablaban de trivialidades.
Había calma.
Había cercanía.
Había esa ternura torpe y dulce que aún estaban aprendiendo.
Fue entonces cuando el aroma llegó antes que la figura.
Arya lo reconoció de inmediato.
Ese perfume.
Su cuerpo se tensó apenas un instante antes de verla.
Natalie se acercaba con paso seguro, impecable como siempre.
Y cuando llegó a la sombra del árbol, ni siquiera miró a Arya.
Como si no existiera.
—August —dijo con naturalidad, inclinándose apenas hacia él—. Debemos terminar lo que dejamos pendiente.
No explicó qué.
No era necesario para ella.
Pero para Arya, que desconocía cualquier contexto, la frase cayó como algo ambiguo, íntimo.
La cercanía con la que Natalie se inclinó hizo que el perfume volviera a envolverlos.
Era el mismo.
El mismo que había permanecido en la ropa de August durante semanas.
Arya sintió cómo algo frío le recorría el pecho.
August se incorporó un poco, sorprendido.
—¿Ahora? —preguntó, confundido por la interrupción.
Natalie apoyó una mano ligera en su hombro, gesto breve pero calculado.
—Cuanto antes, mejor.
Arya observó la escena en silencio.
Lo que más la desconcertó no fue la presencia de Natalie.
Fue que August no pareciera notar lo inapropiado de aquella proximidad.
No apartó la mano de inmediato.
No marcó distancia.
No la presentó.
No dijo nada que la incluyera.
Y de pronto, lo reconoció.
Esa punzada incómoda.
Celos.
Natalie era hermosa. Elegante. Pertenecía al mismo mundo que August sin fricciones ni explicaciones.
Arya, en cambio…
La idea de no poder siquiera compararse la estremeció.
Pero no haría un escándalo.
No era quien alzaría la voz en un jardín lleno de estudiantes.
Se puso de pie con lentitud.
Su expresión no era fría.
Era contenida.
—Los dejo —dijo con suavidad—. Parece que tienen asuntos que resolver.
Natalie la miró de reojo.
Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Bien. Conoces tu lugar.— Pensó.
Arya se giró y comenzó a caminar.
August la vio entonces.
Vio la rigidez en sus hombros.
La forma en que evitaba mirar atrás.
La expresión que conocía ya lo suficiente para saber que no era indiferencia.
Era contención.
Y eso lo estremeció.
—Arya, espera— comenzó, levantándose.
Pero Natalie se movió un paso, interponiéndose.
—No pierdas el tiempo en entretenimientos —dijo con ligereza afilada—. Tenemos cosas más importantes.
August se quedó inmóvil un segundo.
—¿Entretenimientos? —repitió, y su voz cambió.
La ligereza desapareció.
Sus ojos se endurecieron.
—Ten cuidado con lo que dices. Y no te metas en mis asuntos.
Natalie sostuvo su mirada sin titubear.
—Pronto tus asuntos serán también los míos.
La insinuación no necesitaba explicarse.
Compromiso.
Futuro.
Expectativas familiares.
August frunció el ceño.
—Eso no es cierto.
—¿De verdad crees que podrías oponerte a la voluntad de tu familia? —preguntó ella, casi divertida—. Eres ingenuo.
Algo en él se tensó visiblemente.
No respondió a esa provocación.
Pero dio un paso al frente, obligándola a retroceder apenas.
—Si alguna vez existiera la mínima posibilidad de algo así —dijo, con una frialdad que no solía mostrar—, la aplastaría.
Natalie alzó una ceja.
—No sabes con quién estás jugando.
August la miró con abierto disgusto.
—Y tú no sabes con quién te estás metiendo.
Se inclinó apenas, su voz bajando lo suficiente para que solo ella lo escuchara con claridad.
—Tus trucos no van a funcionar. Y no te metas con Arya.
La intensidad en su mirada ya no era la del joven despreocupado que sonreía bajo el árbol.
—Porque si lo haces —añadió—, me conocerás de verdad.
Sin esperar respuesta, la rodeó y salió en dirección al sendero por donde Arya se había marchado.
Natalie quedó bajo la sombra del árbol.
Por primera vez en días, su expresión no fue perfectamente serena.
La sonrisa se había borrado.
August apresuro el paso para alcanzar a Arya, pero no había visto hacia donde había ido, la buscó hasta por todo el campus.
La inquietud dejó de ser simple preocupación y se convirtió en algo más punzante.
Mientras tanto, Arya estaba donde siempre iba cuando necesitaba ordenar el caos, el balcón olvidado.
El viento nocturno soplaba más frío allí arriba. Las piedras antiguas guardaban la humedad del atardecer y el hierro de la baranda estaba helado bajo sus manos. Ese lugar siempre había sido un refugio discreto, casi invisible para los demás. Nunca se lo mencionó a August. No por desconfianza. Simplemente no lo había hecho, porque ese lugar estaba ocupado por alguien más desde antes. Edward. Y no quería que más personas ocuparan el lugar que parecía ser el rincón de paz de ese compañero.
Esta vez no estaba Edward.
Y eso la alivió.
No quería que nadie la viera así.
Con la expresión rota.
Con el pecho apretado.
Con lágrimas resbalando en silencio.
Arya casi nunca lloraba. No porque no sintiera, sino porque había aprendido a sostenerse. A no desbordarse. Pero esa tarde algo había sido distinto. No fue solo Natalie. Fue la sensación de quedar fuera de algo que parecía decidido desde antes de que ella existiera.
Se apoyó contra la pared, dejando que la piedra fría la sostuviera. Pensó en el perfume. En la cercanía. En la naturalidad con la que Natalie tocó a August.
Pensó en lo cómoda que se veía en ese lugar.
¿Y si ella solo era… una pausa?
El tiempo pasó sin que lo notara. Las sombras se alargaron, el cielo pasó del azul al violeta, y cuando alzó la vista, ya estaba cubierto de estrellas.
Un sobresalto le recorrió el cuerpo.
No había ido a cenar.
Annie, Giselle, Ferdinand, Leonardo… seguramente la estaban buscando.
Se secó el rostro con rapidez, intentando borrar cualquier rastro de debilidad. Respiró hondo, como si pudiera reorganizarse con solo un gesto, y bajó las escaleras.
Caminaba despacio.
Cabeza baja.
Hombros ligeramente encorvados.
La mirada fija en el suelo.
—¡Arya!
Su nombre estalló en el pasillo.
No tuvo tiempo de prepararse.
Una mano la sujetó del brazo con firmeza, deteniéndola en seco. El agarre no era violento, pero sí cargado de tensión.
—Suéltame… —pidió, con la voz entrecortada pese a su esfuerzo por mantenerla estable—. Estoy cansada. Quiero ir a mi habitación.
Intentó soltarse.
Pero entonces él la rodeó.
August la abrazó por detrás, cerrando los brazos alrededor de su cintura, como si temiera que desapareciera otra vez. Su pecho contra su espalda. Su respiración, agitada, rozándole el cuello.
Arya se quedó inmóvil, sorprendida.
La cercanía le erizó la piel, traicionando la distancia que intentaba sostener.
—Lo siento… —susurró él, con la voz más baja de lo habitual—. Actué mal. No me di cuenta a tiempo de que mi comportamiento podía lastimarte.
El silencio que siguió fue espeso.
August sintió cómo cada segundo sin respuesta le comprimía el estómago.
Arya se soltó con cuidado y se giró para enfrentarlo.
Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos, pero firmes.
—¿Es así? —preguntó.
La frialdad en su tono lo hizo estremecer.
—Desde hace un tiempo he sentido ese aroma particular en ti… —continuó, despacio—. Intenté no darle importancia. Pensé que era coincidencia. Pero hoy todo cobró sentido.
Lo miró directamente.
—Solo sé sincero, August. ¿Desde cuándo me estás viendo la cara de tonta?
Él negó de inmediato, casi con desesperación.
—No. Nunca. No es eso.
Se pasó una mano por el cabello, claramente alterado.
—Por favor… hablemos con sinceridad.
Insistió tanto, con una mezcla de nerviosismo y urgencia tan poco habitual en él, que Arya terminó asintiendo, aunque sin suavizar su expresión.
Y entonces él explicó.
Le habló de las expectativas familiares. De cómo, desde pequeños, siempre había existido la idea tácita de que él y Natalie terminarían comprometidos algún día. No era algo formal. Nadie se lo había impuesto directamente. Pero era una posibilidad que flotaba.
Al oírlo, Arya sintió cómo su estómago se cerraba en un nudo.
Comprometidos.
Aunque fuera solo una suposición.
August lo notó.
—Pero no es algo real para mí —añadió de inmediato—. Nunca quise eso. Nunca lo consideré una decisión tomada. Natalie… —su expresión se endureció ligeramente— cree que debe “defender su lugar”. Se aprovechó de que yo no veía la situación como ella. De la confianza de años.
Bajó la voz.
—Ya le dejé claro que no permitiré que vuelva a aprovecharse de nada. Y mucho menos que te lastime.
Arya escuchó en silencio.
Su mirada buscaba fisuras en sus palabras. No las encontró.
Pero eso no borraba la incomodidad.
—No es tan simple —dijo finalmente, en voz baja—. Aunque tú no lo quieras… existe esa posibilidad. Tus padres lo han pensado al menos una vez. Y yo…
Tragó saliva.
—Yo no pertenezco a ese tipo de acuerdos.
La vulnerabilidad en su confesión fue más dolorosa que cualquier reproche.
August dio un paso hacia ella, esta vez con cuidado.
Tomó su mano.
La llevó a sus labios y la besó con una suavidad que contrastaba con la tensión previa.
—No eres algo que deba encajar en expectativas —murmuró—. Eres a quien elijo. Y si alguna vez intentan decidir por mí, no lo aceptaré.
Su voz ya no era impulsiva. Era firme.
—Odio verte con esa mirada. Solo quiero verte sonreír. Quiero que estés tranquila conmigo. Te prometo que algo así no volverá a ocurrir.
Había desesperación en él. Pero también honestidad.
Arya sintió cómo la rigidez que la había sostenido durante horas comenzaba a ceder.
No porque el problema hubiera desaparecido.
Sino porque él no estaba minimizándolo.
—Está bien… —susurró finalmente.
El alivio en el rostro de August fue inmediato, casi palpable.
Y, sin pensarlo demasiado, la tomó del rostro y la besó allí mismo, en el pasillo vacío.
Sin calcular quién podría verlos.
Sin medir el riesgo.
Fue un beso cargado de ansiedad liberada, de miedo superado por un instante. Arya se sorprendió, pero esta vez respondió, aferrándose a la tela de su uniforme como si necesitara anclarse.
Las luces altas del corredor los envolvían en una claridad casi imprudente.
Pero ninguno se apartó de inmediato.
Porque en ese momento, más que la prudencia, necesitaban la certeza.