Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
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Chispa en la Penumbra
La noche sobre el Barranco del Juicio olía a carne quemada, ozono y tierra húmeda.
Aurelius del Sol yacía de rodillas sobre el barro, respirando con dificultad. Sus manos, envueltas en vendas de tela ignífuga medio carbonizadas, temblaban de forma incontrolable. Su cabello, del color del oro viejo, estaba manchado de hollín y sangre seca. A sus pies, los cuerpos congelados en posturas grotescas de cuatro caballeros de la Inquisición aún humeaban, reducidos a corazas metálicas derretidas que se fundían con los huesos.
Aurelius odiaba su magia. Odiaba el calor atroz que hervía bajo sus venas cada vez que intentaba defenderse. Cuando otros solares canalizaban su poder para construir escudos, armas de luz o esculturas de energía, él solo producía un fuego negro y anaranjado que devoraba la materia, reduciendo en segundos todo lo que tocaba a la nada. Era una abominación. Un príncipe defectuoso destinado a la hoguera.
—¡Allí está el engendro! ¡No dejen que canalice otra ráfaga! —gritó una voz resonante a través de la espesura del bosque de pinos.
Cuatro Inquisidores más, vistiendo corazas doradas con el emblema del Sol Radiante, irrumpieron en el claro. Bieldos de luz sólida y espadas moldeadas con alquimia solar brillaron en la oscuridad, cegadoras.
Aurelius intentó levantarse, pero su cuerpo no respondió. Había agotado sus reservas celestes; el frío del miedo envolvía su pecho mientras los soldados se aproximaban con intenciones asesinas.
—Por la voluntad del Sol Supremo y la Inquisición, tu existencia impura termina hoy, Aurelius —dijo el comandante del escuadrón, alzando una gran espada de plasma incandescente.
El joven príncipe cerró los ojos, esperando el impacto de la hoja.
Pero el golpe nunca llegó.
En lugar de la explosión abrasadora del fuego solar, un silencio sepulcral, espeso como el mercurio, cubrió el barranco. Las sombras a los pies de los soldados se alargaron de forma antinatural, cobrando vida propia. De la oscuridad emergieron zarcillos de energía psíquica color violeta oscuro que se enroscaron alrededor de los cuellos de los inquisidores.
—¿Q-qué es esto...? —alcanzó a ahogarse el comandante antes de que sus ojos se volvieran completamente blancos. Sus mentes fueron asaltadas por una ola imparable de terror teléptico, haciéndoles revivir sus peores pesadillas de forma simultánea. Uno a uno, los inquisidores cayeron de rodillas, gritando en agonía cerebral antes de quedar inconscientes.
Aurelius abrió los ojos, estupefacto.
Caminando sobre el barro sin ensuciar el dobladillo de su elegante capa, una figura alta y majestuosa avanzaba lentamente hacia él. La luz de la luna llena se reflejaba en los hilos plateados del cabello del recién llegado. Aurelius reconoció de inmediato los rasgos marcados, aristocráticos y fríos del hombre que todo el mundo temía en el Senado.
—El Archiduque Valerius... —susurró Aurelius, con la voz rasgada por la fatiga.
Valerius se detuvo a dos pasos del joven príncipe. Lo observó de arriba abajo con una mirada analítica, casi clínica. Vio la piel lastimada, el rostro sucio de hollín pero indudablemente hermoso, caracterizado por unos ojos dorados y expresivos que brillaban con un orgullo indomable pese a la derrota.
—Un espectáculo lamentable para un príncipe de la Dinastía Solar —dijo Valerius, con tono pausado y sereno—. Te persiguen como a un perro rabioso por los mismos campos que tus ancestros gobernaron.
—Si has venido a entregarme a mi tío el Emperador para ganar favores políticos, hazlo ya —escupió Aurelius con amargura, intentando alzarse, aunque un mareo lo hizo tambalearse.
Antes de que cayera de bruces contra la tierra, Valerius se movió con una rapidez felina. Extendió un brazo y sujetó al joven firmemente por la cintura. El contacto fue inmediato; Aurelius sintió una ráfaga de aire extrañamente fresco atravesar su mente congestionada. La magia del Archiduque no era agresiva hacia él en ese momento; era una influencia sedante que calmaba el fuego descontrolado en sus venas.
Aurelius se congeló al sentir el rostro del hombre maduro a pocos centímetros del suyo. Pudo oler el perfume a madera de sándalo y nieve que emanaba del Archiduque.
—Entregarte a Solarius IV sería un desperdicio nefasto de recursos, pequeño príncipe —murmuró Valerius cerca de su oído, manteniéndolo sujeto con una fuerza aplastante bajo una apariencia de delicadeza—. A partir de esta noche, estás muerto para el Imperio. Te llevaré a mi palacio. Me pertenecerás, cuerpo, magia y destino.
—¿Un chantaje? —Aurelius apretó los dientes, mirando fijamente los ojos oscuros del soberano lunar—. ¿Qué quieres de mí?
—Tu fuego, aunque defectuoso para ellos, es la pieza clave para mi revolución —respondió Valerius con una sonrisa enigmática—. Y a cambio, yo te enseñaré a controlar la monstruosidad que llevas dentro. Ahora, duerme.
Antes de que Aurelius pudiera protestar, una suave presión psiónica en su nuca envió un impulso de sueño a su cerebro. La visión del príncipe se apagó y su cuerpo sin fuerzas cayó completamente apoyado contra el pecho del Archiduque de la Luna. Valerius lo tomó en brazos sin esfuerzo, mirando el rostro durmiente del muchacho. Por un instante, una extraña sensación de fascino atravesó la mente del frío estratega, una chispa inusual que apresuró a enterrar bajo capas de cálculo e indiferencia.