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El Chico Del Libro De Cuero

El Chico Del Libro De Cuero

Status: Terminada
Genre:Romance / Escuela / Celebridades / Completas
Popularitas:335
Nilai: 5
nombre de autor: Sol Romanov

Lucy creía que su vida era una sucesión de días predecibles: clases en la universidad, el mismo camino de regreso a casa, libros bajo el brazo y la certeza de que nada extraordinario podría sucederle en una tarde gris de otoño.

Hasta que choca con él.

Wonho aparece de la nada, con sus ojos oscuros que parecen guardar secretos de siglos, su abrigo impecable y ese libro de cuero marrón que lleva siempre consigo, cerrado con un cierre de latón que brilla tenuemente en la penumbra. Es un enigma con forma de persona, alguien que no pertenece a su mundo de rutinas y certezas.

NovelToon tiene autorización de Sol Romanov para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Preparativos en la penumbra

El sábado amaneció con un sol suave que se filtraba por las cortinas de la habitación de Lucy, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Por fuera, la ciudad despertaba con suavidad: el sonido lejano de los coches, los pájaros en los árboles del parque cercano, la voz de su madre tarareando en la cocina mientras preparaba el desayuno. Todo parecía normal, tranquilo, ajeno a los secretos que Lucy llevaba dentro.

Pero hoy no era un día normal. Hoy tenía que decirle a su madre que se iba de viaje.

Bajó las escaleras despacio, sintiendo cómo el nudo en el estómago le apretaba con cada paso. Su madre estaba de espaldas a ella, moviéndose entre los fogones con la soltura de quien conoce cada rincón de su cocina. Al escuchar los pasos, se giró con una sonrisa.

—Buenos días, cielo —dijo, sirviéndole una taza de café humeante—. Hoy te ves más nerviosa que de costumbre. ¿Te preocupa tanto el examen?

Lucy se sentó a la mesa, rodeando la taza con las manos para absorber su calor. Había ensayado la mentira una y otra vez durante la noche: un viaje de estudios organizado por la universidad, una oportunidad única para aprobar una materia extra, estaré fuera una semana más o menos. Sonaba creíble. Era lo suficientemente real como para no levantar sospechas, lo suficientemente importante como para justificar la ausencia. Y aun así, decirla en voz alta le dolió en la garganta.

—Mamá… tengo que decirte algo —empezó, y su voz sonó más temblorosa de lo que esperaba.

Su madre se sentó frente a ella, dejando a un lado la cuchara con la que removía la olla. Su expresión cambió, volviéndose más atenta, más seria, pero sin juicio. Siempre había sido así: escuchaba primero, juzgaba después.

—Dime —dijo simplemente.

Lucy respiró hondo.

—La universidad organizó un viaje de estudios hacia el norte —dijo, y cada palabra le pesó en la lengua como plomo—. Es para un taller de historia antigua. Solo será una semana, quizás un poco más. Es una oportunidad muy buena para mis estudios. Pero… tendré que irme el martes que viene.

Hubo un silencio. Su madre la miró a los ojos durante largo rato, y Lucy sintió que le leía el alma. Sabía que no le estaba diciendo toda la verdad. Sabía que había algo más detrás de esa historia de talleres y estudios. Pero no lo preguntó. No la presionó. Simplemente asintió despacio.

—El norte es frío esta época del año —dijo finalmente, con una ternura que hizo que a Lucy se le llenaran los ojos de lágrimas—. Asegúrate de llevar abrigo grueso, bufanda, guantes. No quiero que te enfermes. Y llámame todos los días, ¿me oyes? Todos los días. Aunque sea un minuto. Necesito saber que estás bien.

Lucy asintió con la cabeza, incapaz de hablar por el nudo en la garganta. Se levantó y rodeó a su madre con los brazos, aferrándose a ella como cuando era niña y tenía miedo de las tormentas. Su madre le devolvió el abrazo con fuerza, acariciándole el cabello con suavidad.

—Ten cuidado, Lucy —le susurró al oído—. Donde sea que vayas, lo que sea que estés haciendo… por favor, ten cuidado.

Ella cerró los ojos, dejando que una lágrima rodara por su mejilla y se perdiera en el suéter de su madre. No podía decirle la verdad. No podía decirle que se iba a buscar a un guardián antiguo, que lucharía contra seres de sombra que querían robar libros con poderes antiguos, que su vida correría peligro. Pero al menos podía prometerle que volvería.

—Volveré —dijo con firmeza—. Lo prometo.

Esa tarde, Lucy se reunió con Mara en la biblioteca de la universidad. Había quedado con ella para repasar el examen final, pero en el fondo también quería despedirse a su manera, sin decirle adiós de verdad. Mara llegó con los brazos cargados de libros y una expresión de resignación cómica.

—Estoy convencida de que este examen está diseñado para hacernos sufrir —dijo dejando los libros sobre la mesa con un golpe seco—. Pero bueno, al menos sufrimos juntas.

Lucy sonrió, aunque sentía cómo el corazón se le apretaba. Repasaron apuntes durante un par de horas, discutiendo fechas y teorías, riendo de las bromas tontas que siempre se hacían cuando estaban cansadas de estudiar. Por momentos, Lucy logró olvidar el viaje, los Recolectores, el poder que latía en su pecho. Por momentos, fue solo una estudiante más, compartiendo una tarde con su mejor amiga.

Pero cuando Mara se fue a buscar más café, Lucy aprovechó para sacar de su mochila un mapa antiguo que Wonho le había dado días atrás, doblado en cuatro partes. Lo extendió con cuidado sobre sus apuntes, asegurándose de que nadie más lo viera. En él estaban marcadas las rutas hacia el norte, pueblos pequeños, senderos apartados que no aparecían en los mapas modernos. Wonho le había explicado que debían evitar las carreteras principales, que los Recolectores las vigilarían.

Mientras estudiaba las líneas del mapa, la marca en su pecho dio un pequeño vuelco cálido. Levantó la vista y lo vio.

Wonho estaba de pie al final del pasillo de estanterías, apoyado contra una repisa llena de libros de historia antigua. Vestía ropa sencilla —camisa gris, pantalón oscuro— de manera que pasaba desapercibido entre los demás estudiantes. Nadie lo miraba. Nadie parecía notar su presencia. Pero ella lo vio al instante. Él le hizo una pequeña seña con la cabeza, indicándole que lo siguiera.

Lucy guardó el mapa rápidamente entre sus apuntes, se levantó y le dijo a Mara que volvería en un minuto cuando esta regresara con el café. Caminó hacia el fondo de la biblioteca, donde las estanterías eran más altas y la luz más tenue, un rincón olvidado que casi nadie frecuentaba. Wonho la esperaba allí, entre sombras y el olor a papel viejo.

—No deberías estar aquí —dijo ella en un susurro, aunque sentía una alegría inmensa al verlo—. Si alguien te ve…

—Nadie me ve —respondió él con una sonrisa suave—. He aprendido a pasar desapercibido. Vine para darte esto.

Sacó del bolsillo de su chaqueta un pequeño colgante de plata, con la forma del mismo símbolo que llevaba en el pecho: un árbol cuyas raíces formaban un corazón. Estaba frío al tacto, pero Lucy sintió una corriente de calidez que le recorrió el brazo en cuanto lo tocó.

—¿Qué es? —preguntó, observándolo con curiosidad.

—Un amuleto —explicó Wonho, acercándose para colocárselo alrededor del cuello con sus propias manos. Sus dedos rozaron su piel y Lucy sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío—. Te protegerá de los poderes de los Recolectores. Ocultará tu presencia de ellos mientras viajamos, para que no puedan rastrearte con tanta facilidad. Y si alguna vez estamos separados… podré sentir dónde estás.

Lucy miró el colgante descansando sobre su pecho, justo encima de la marca. Sintió cómo su calor se mezclaba con el de su propio poder, como si hubieran estado hechos para estar juntos.

—Gracias —dijo, mirándolo a los ojos con gratitud.

Wonho le acarició la mejilla con la yema de los dedos, y su expresión se volvió seria, cargada de una preocupación que intentaba ocultar.

—Los Recolectores se están moviendo más rápido de lo que esperábamos —dijo en voz baja—. Ayer recibí una señal. Uno de los guardianes que quedaban en el sur ha desaparecido. Creo que están acorralándonos, empujándonos hacia el norte. Quieren que vayamos a buscar al anciano… y quieren estar esperándonos cuando lleguemos.

Lucy sintió cómo el miedo se le instalaba en el estómago, pero no se dejó dominar por él. Había aprendido que el miedo no era malo; solo era una señal de que algo valía la pena luchar por ello.

—Entonces llegaremos antes que ellos —dijo con firmeza—. Estaremos listos.

Wonho asintió, y una sonrisa de orgullo cruzó sus labios.

—Esa es mi guardiana —dijo, y la atrajo hacia sí para darle un beso suave en los labios, un beso rápido y silencioso para que nadie los viera, pero cargado de todo el amor que no podían expresar en palabras.

Se separaron cuando escucharon pasos acercándose. Wonho le dio una última mirada llena de promesas silenciosas y se desvaneció entre las estanterías con una agilidad que le dejó sin aliento. Lucy se quedó allí un instante, tocándose los labios con una mano y el colgante con la otra, sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza.

Cuando regresó a la mesa, Mara la miró con una ceja levantada.

—¿Te demoraste mucho —comentó—. ¿Conociste a alguien?

Lucy sonrió, abriendo su cuaderno como si nada hubiera pasado.

—Solo fui al baño —respondió, y esta vez la mentira le salió más fácil. No porque quisiera engañar a su amiga, sino porque sabía que era la única manera de protegerla.

Esa noche, de regreso en casa, Lucy empezó a preparar la maleta en silencio, con la puerta de su habitación entreabierta para escuchar si su madre venía. Metió ropa abrigada, como le había dicho, unos cuantos libros de estudio para no perder el ritmo, el libro de cuero que había comprado en la librería, y el mapa que Wonho le había dado. Al lado de todo eso, colocó el colgante de plata sobre la mesita de noche, brillando tenuemente bajo la luz de la lámpara.

Se sentó en el borde de la cama y miró alrededor de su habitación. Sus libros, sus apuntes, la fotografía de ella y Mara, los peluches que había guardado desde la infancia. Todo lo que conocía, todo lo que amaba. Pronto tendría que dejarlo todo atrás, aunque fuera por poco tiempo. Pronto emprendería un viaje hacia lo desconocido, hacia un peligro que aún no lograba dimensionar del todo.

Pero entonces tocó el colgante de plata, y sintió la calidez de Wonho en sus dedos, recordó su promesa de que estarían juntos, y el miedo se disipó un poco. No iba sola. Iba con la persona que su alma había estado buscando durante siglos. Iba a cumplir con un destino que le pertenecía tanto como su vida de estudiante, su amistad con Mara, el amor por su madre.

Apagó la luz y se acostó, dejando que la penumbra la envolviera. Mañana sería otro día de preparativos. Mañana tendría que seguir fingiendo normalidad mientras en secreto se armaba para una batalla que nadie más podía ver. Pero por esa noche, cerró los ojos y se permitió soñar con el norte, con el guardián antiguo que los esperaba, y con el día en que todo terminaría y podría volver a casa para siempre.

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