Ximena firmó el divorcio sin decirle a Gael que estaba embarazada.
Se fue de Ciudad de México, cambió de vida y crió sola a sus gemelos.
Cuatro años después, vuelve. Gael la reconoce de inmediato, pero lo que no espera es ver a dos niños con sus mismos ojos.
Ahora él quiere recuperar a la mujer que dejó ir.
Y también la verdad que ella le ocultó.
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Capítulo 9
Capítulo 9
—¿Que me arrodille? —Ximena miró a Arturo con una frialdad nueva—. ¿Quién te crees?
—Soy tu padre.
—No. Desde el día en que me echaste de tu casa por divorciarme, dejaste de serlo.
Arturo dio un paso hacia ella.
—La sangre no se corta porque tú hagas berrinche.
Don Ernesto golpeó el piso con su bastón.
—Ya basta.
—Don Ernesto, esto es asunto de mi familia.
—Mi nieta y mis bisnietos están en mi casa. Así que es asunto mío. Y no voy a permitir que vengas a humillarla.
Mariela hizo un gesto de dolor y se llevó la mano al vientre.
—Arturo, me siento mal.
Arturo la sostuvo enseguida.
—¿Ven? La están alterando. Si le pasa algo al bebé, ustedes responden.
Los guardias se acercaron, pero Don Yago levantó la mano para que esperaran.
Don Ernesto sonrió apenas.
—Si no se van, llamo a la policía. Entraron chocando el portón. Allanamiento, daños a propiedad privada, escándalo. Ya veremos quién queda peor en los periódicos.
Arturo palideció.
Mariela entendió antes que él.
—Vámonos, amor. Ximena no va a reconocer nada. No vale la pena.
Le ofrecía una salida.
Arturo la tomó.
—Me llevo a mi esposa a descansar.
—La reparación del portón te la mandará mi asistente —dijo Don Ernesto.
Arturo subió a Mariela a la camioneta y se fue.
Ximena ayudó a su abuelo a volver a la sala.
—No te alteres por ellos.
—Me enoja haberle entregado a mi hija a ese hombre —dijo Don Ernesto.
Ximena no respondió.
Don Ernesto respiró hondo.
—Cuando Grupo Salcedo tuvo la crisis, Arturo vino a pedirme dinero. Me negué.
—Lo sé.
—Tu madre me pidió, antes de morir, que no volviera a sostener su empresa. Durante años mi dinero lo salvó. Ella no quería que siguiera dependiendo de nosotros.
Ximena bajó la mirada.
—Hubo un tiempo en que te guardé rencor. Pensé que, si me hubieras ayudado, no habría tenido que casarme con Gael.
—No sabía que Arturo te usaría así. De haberlo sabido, habría intervenido.
—Ya no importa. Si no me hubiera casado con Gael, no tendría a Santi y Sofi.
Don Ernesto la miró con tristeza.
—Los niños se parecen mucho a él. Tarde o temprano los Alcázar van a darse cuenta.
—Lo sé.
—¿Y qué harás?
—Si quieren pelear custodia, pelearé. Yo los crié. Ellos me elegirían a mí.
No quería llegar a eso. No quería volver a quedar atada a Gael.
Pero tampoco iba a esconder a sus hijos como si fueran un delito.
Don Yago entró minutos después.
—Señorita Paula Alcázar acaba de llegar. Está estacionando.
Ximena se tensó.
—Que pase —dijo Don Ernesto.
Paula.
Ximena miró hacia el jardín.
—Tere, lleva a los niños al patio de atrás un rato. Que no se acerquen a la sala.
Era una precaución.
Y aun así, Ximena sintió que el tiempo se le estaba acabando.
Paula Alcázar apareció con un vestido rosa claro, el cabello recogido en un chongo alto y una sonrisa igual de luminosa que antes.
—Cuñada... perdón, Ximena. Hace años que quería verte.
Ximena la recibió en la entrada.
—Hola, Paula.
Paula entregó unos regalos a Don Yago y saludó a Don Ernesto con respeto.
—Don Ernesto, qué gusto verlo mejor.
—Siéntate, niña.
Un rato después, Don Ernesto subió al estudio para dejarlas hablar.
Paula se relajó de inmediato.
—Abrí una cafetería.
—¿En serio? Siempre decías que querías vender postres.
—Todavía no inauguro. Estoy terminando detalles. Se llama Poesía y Lluvia.
Ximena sonrió.
—Muy tú.
Paula sacó una invitación.
—Abro el veinte. Tienes que ir.
—Iré. Además queda cerca de Del Río Joyas. Estoy en la torre de Reforma Santa Fe.
—Entonces tendrás que comprarme café diario.
—Trato.
Hablaron de ropa, postres, proveedores y decoración. Por un momento, Ximena olvidó que Paula era Alcázar.
Hasta que Paula mencionó a Gael.
—Mi primo está insoportable. Trabaja hasta la madrugada, duerme pésimo y mi tía ya lo está mandando a citas.
Ximena tomó la taza.
—Él siempre fue así con el trabajo.
—No. Ahora es distinto. Es como si solo el trabajo le interesara. Y eso de Lía... yo pensé que se divorciaron por ella, pero Gael nunca estuvo con Lía. Ella se le pega y él como pared.
Ximena guardó silencio.
¿Había entendido mal todo?
El anillo. La llamada. La noche fuera.
Gael diciendo que no sentía nada por ella seguía siendo real.
—Espero que encuentre a alguien que quiera —dijo, y cambió de tema.
Se les fue la mañana. Cuando el reloj antiguo dio las once, Paula se levantó.
—Tengo comida. Me voy corriendo.
—Te acompaño.
Caminaron hacia el edificio del estacionamiento. Al cruzar el jardín, se escucharon risas infantiles cerca del aviario de Don Ernesto.
Paula se detuvo.
—¿Hay niños aquí?
Antes de que Ximena pudiera responder, Paula caminó hacia el sonido.
Santi y Sofi estaban mirando los pavorreales. Sofi aplaudía porque uno había abierto la cola.
Paula se quedó helada.
El niño...
Los ojos. La nariz. La forma de fruncir el ceño.
Era Gael en pequeño.
—Santi, Sofi —dijo Ximena, manteniendo la calma—. Saluden.
—Hola, hermana —dijo Sofi.
Paula soltó una risa nerviosa.
—Mejor tía, princesa.
Miró a Ximena.
—¿Y su papá?
—Está en el extranjero. Tiene asuntos pendientes. Yo me adelanté por la salud de mi abuelo.
La respuesta sonaba lógica.
Demasiado lógica.
Paula no insistió. Se despidió y subió a su coche, pero no pudo quitarse la imagen de la cabeza.
Si esos niños no tenían nada que ver con Gael, el parecido era una burla del destino.
Y Paula no creía tanto en las casualidades.