Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.
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El viaje con tus amigos.
Viniste tarde a mi casa, algo pasado de copas. Para ese entonces hacía un tiempo habías terminado el secundario, habías empezado la universidad y tenías un trabajo de medio tiempo. Los fines de semana salías a bailar y a divertirte con tus amigos; rara vez venían a mi casa y rara vez yo aceptaba tus invitaciones para ir a cenar con ellos. Entendía que aún eras joven y querías disfrutar, así que te entendía y te daba tu espacio.
Esa noche no fue distinta a tantas otras. Llegaste de madrugada, te diste una ducha y te quedaste a dormir conmigo.
A la mañana siguiente te levantaste muy temprano y empezaste a preparar un bolso. Yo no entendía para qué y todavía tenía sueño. Me llevaste el desayuno a la cama y empezaste a apurarme para que entrara en la ducha. Hacía mucho calor ese verano; recuerdo que fue especialmente sofocante. Me abriste el agua y casi me llevaste arrastrando hasta el baño. Mientras me bañaba me explicaste que tus amigos nos habían invitado a viajar a un pueblo cercano.
Al principio te dije que no, que fueras con ellos. Pero insististe tanto que me cansaste, y yo me dejé vencer. Así que terminé aceptando ir al bendito viaje.
En la ruta charlamos de todo un poco. Tus amigos también estaban en pareja, aunque sus relaciones eran muy distintas a la nuestra: más libres, con menos compromiso. No estaba mal, eran jóvenes y se estaban conociendo. Aun así, sentía que constantemente cuestionaban los límites de nuestra relación. Evité cualquier comentario; no quería discutir. Después de todo, eran tus amigos, y los querías mucho, aunque a veces me parecían demasiado inmaduros.
Te diste cuenta de que mi cara iba cambiando durante el viaje. Yo hablaba cada vez menos. Apenas llegamos al pueblo me pediste que saliéramos a caminar. Me tomaste de la mano y salimos solo con una botella de agua, mientras ellos se registraban en la cabaña que habíamos alquilado.
Creímos que el pueblo era pequeño, pero de tanto caminar nos terminamos perdiendo. Recién entonces caímos en la cuenta de que los celulares no tenían señal. Golpeamos algunas puertas, pero nadie salió. Era una zona de casas de fin de semana, vacías. De repente se largó una lluvia de verano intensa y torrencial. Corrimos casi dos cuadras hasta llegar a una plaza; en el centro había una glorieta. Nos refugiamos ahí, empapados.
Nos reímos como tontos, como tantas veces. No podíamos creer que estuviéramos perdidos, y menos aún tan mojados. Esa risa nuestra, tan automática, llegó en el momento justo. Me cambió el humor.
La lluvia paró después de unos veinticinco minutos. Ya habíamos empezado a observar lo que había alrededor. Vimos una iglesia que parecía estar abierta y caminamos hacia allí, de la mano. Al llegar, las puertas estaban cerradas. Nos miramos y nos reímos otra vez, como si todo fuera una coincidencia, graciosa, o no.
Seguimos caminando hasta que vimos las luces de un par de casas. Nos cruzamos con una persona muy amable que no solo nos explicó cómo llegar, sino que nos llevó en su camioneta hasta el centro del pueblo, donde estaba la cabaña.
Al llegar lo invitamos a comer, pero tenía otro compromiso. Tus amigos ya habían preparado la cena y tenían cervezas frías listas para pasar la noche alrededor del fogón.
Hablé poco, pero disfruté compartir con vos y con ellos. Fue una de esas noches que pasan rápido, entre risas.
Al día siguiente nos levantamos tarde, desayunamos y nos preparamos para volver antes, porque uno de los chicos tenía que regresar por trabajo.
Ya en la ruta empezaron a hablar entre los tres de salidas, encuentros y anécdotas. Me acomodé en el asiento y me dormí.
Habré dormido un par de horas. Aún no llegábamos. Escuché que bajaban la voz, que susurraban. Me hice el dormido.
Entonces escuché que te preguntaban por tu encuentro. Y vos empezaste a contarles cómo me habías engañado con un compañero de la universidad.
Sentí que el aire se me iba del cuerpo.
Al principio quise convencerme de que exagerabas, de que lo hacías para presumir delante de ellos. Pero seguiste hablando, cada vez con más detalles. El auto avanzaba, el motor sonaba parejo, y yo sentía el pecho apretado, el corazón que latía cada vez más fuerte. No veía la hora de llegar, y todavía faltaba una hora de viaje.
Lloré en silencio. No me moví. No respiré hondo. No quise que ninguno se diera cuenta.
Cuando llegamos, bajé del auto, tomé mis cosas, los saludé y les agradecí el viaje. Apenas se cerró la puerta de casa, te pedí que me dijeras la verdad. Te quedaste mudo. Te dije que era tu última oportunidad.
No respondiste.
Me fui a mi habitación y cerré con llave. Te mandé un mensaje pidiéndote que te fueras y que no volvieras. Que tus cosas las pasaras a buscar otro día. Me pediste que saliera a hablar, que te perdonara. Fuiste hasta la puerta del cuarto, me llamabas por teléfono, insistías.
Apagué el celular y puse la música al máximo.
Empezó a sonar Fake Plastic Trees de Radiohead, y mi cabeza ya estaba en otro lugar. Dejé de escucharte. No sabía si seguías en mi casa o no. Y, por primera vez, no me importó.
Me dormí con la música fuerte. Antes de que terminara el álbum completo ya estaba dormido.
A la mañana siguiente me desperté temprano. Cuando bajé, ya no estabas. Sobre la mesa había una carta de tres hojas.
No la leí.
La doblé en tres partes, salí al patio, la dejé sobre la parrilla, la rocié con alcohol y la prendí fuego. Ya no me interesaban tus excusas. Si había algo que siempre te había pedido era sinceridad. Para mí, eso lo era todo.
Te había dado la oportunidad.
Y no la aprovechaste.