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El Yacuza Tiene Un Amante

El Yacuza Tiene Un Amante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / BL / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Liam solo quería salvar a su hermano.

Cuando el profesor Duncan Ashford descubre al muchacho robando en su oficina, lo denuncia ante la universidad. Desesperado, Liam le ruega que retire los cargos. Su hermano podría ser expulsado y quedar marcado para siempre.

Entonces Duncan le hace una pregunta:

—¿Qué estarías dispuesto a dar para salvarlo?

Liam responde sin pensar:

—Lo que sea.

Acaba de cometer su primer gran error.

Duncan no es solamente un profesor. Es el líder de una poderosa familia yakuza, un hombre casado que nunca deja que nadie altere sus reglas.

Pero Liam ha despertado su interés.

Una noche. Un trato. Un precio que jamás imaginó pagar.

Y cuando Liam descubra quién es realmente el hombre al que le entregó su inocencia, será demasiado tarde para escapar.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La esposa de Duncan

Liam la encontró un sábado por la mañana.

No la buscó. No exactamente. Había ido al mercado del centro a comprar fruta para su madre —manzanas, las más baratas, las que tenían un lado magullado— y la vio en la terraza de una cafetería. Sola. Con un libro abierto sobre la mesa, una taza de café con leche y unas gafas de sol que le cubrían media cara. El pelo suelto. Un jersey de cuello alto color crema. Sin el abrigo camello. Sin la bolsa de tela. Sin la prisa.

Elena.

Liam se quedó de pie junto al puesto de fruta, con una bolsa de manzanas en la mano y el corazón latiéndole en la garganta. La miró. Miró el anillo en su mano izquierda. El círculo liso, gastado, brillando bajo el sol de la mañana.

*Puedo irme. Puedo darme la vuelta y seguir caminando y no habrá pasado nada.*

Pero no se fue. Porque después de lo del jueves, después de los videos y el *gracias por el esfuerzo* y el *quiero que elijas tú*, Liam sentía que algo se le estaba pudriendo dentro. Algo que no tenía nombre. Y necesitaba que alguien lo viera. Que alguien supiera. Que alguien le dijera *esto no está bien, esto no es normal, esto no puede seguir*.

Y Elena era la única persona en el mundo que podía decirlo.

Dejó la bolsa de manzanas sobre el puesto. Cruzó la calle. Caminó hacia la terraza.

—Disculpe.

Elena levantó la vista. Se quitó las gafas de sol. Lo miró. Frunció el ceño ligeramente, como quien intenta ubicar una cara que le suena pero no termina de encajar.

—¿Nos conocemos?

—Sí. —Liam tragó saliva. Las manos le temblaban a los costados—. En el pasillo de la universidad. Hace unas semanas. Usted me preguntó por el despacho del profesor Duncan. Le dije que era el tercero. Al fondo. A la izquierda.

Elena sonrió. Una sonrisa pequeña, cálida.

—Ah, sí. El chico que tenía mala cara. ¿Cómo estás? ¿Ya desayunaste?

—No. Yo... —Liam se sentó en la silla de enfrente. No preguntó si podía. Simplemente se sentó, porque si no lo hacía, las piernas no lo iban a sostener—. Necesito hablar con usted.

Elena ladeó la cabeza. Cerró el libro. Se quitó las gafas del todo. Lo miró con esa atención tranquila, sin prisa, que Liam había visto en Duncan. La misma inclinación de cabeza. La misma paciencia.

—Te escucho.

Liam abrió la boca. La cerró. La abrió otra vez. Las palabras estaban ahí, en la punta de la lengua, pero no salían. Porque decirlas significaba hacerlas reales. Significaba romper el silencio. Significaba que ya no había vuelta atrás.

—Su marido —dijo—. Duncan. Yo...

—Sé quién es mi marido —lo interrumpió Elena. La voz seguía siendo suave. Cálida. Pero algo cambió en sus ojos. Un endurecimiento mínimo, casi imperceptible—. Y sé lo que hace.

Liam parpadeó.

—¿Qué?

—Sé lo que hace, Liam. —Dijo su nombre. Liam no le había dicho su nombre—. Sé lo de los jueves. Sé lo del hotel. Sé lo del departamento en la Torre Sur. Sé que eres alumno suyo. Sé que tiene diecinueve años. Sé que tu hermano necesita una plaza en Lotus.

El aire se le congeló en los pulmones. Liam sintió que el suelo se inclinaba. Que la terraza se movía. Que el sol de la mañana se volvía blanco, cegador, insoportable.

—¿Cómo...?

—Porque soy su esposa. —Elena cogió la taza de café. Bebió un sorbo. La dejó sobre la mesa con un *clac* suave—. Y porque llevo un año casada con él. Y un año es tiempo suficiente para aprender cómo funciona.

—Entonces... entonces usted sabe que...

—¿Que te usa? —Elena lo miró. Sin sorpresa. Sin horror. Sin lástima. Solo una calma absoluta, casi administrativa—. Sí. Lo sé.

—¿Y no le importa?

Elena sonrió. Una sonrisa distinta a la del pasillo. Más pequeña. Más fría. Más parecida a la de Duncan.

—¿Importarme? —Dejó la taza sobre la mesa. Se cruzó de brazos—. Liam, voy a ser muy directa contigo porque creo que te lo mereces. Duncan es un hombre con necesidades. Necesidades que yo no puedo satisfacer. Que no quiero satisfacer. Que no me interesan. Y mientras esas necesidades se resuelvan fuera de mi casa, fuera de mi cama y fuera de mi vida, yo no tengo ningún problema.

Liam sintió que algo se le partía en el pecho. No de dolor. De comprensión.

—Usted lo sabe. Lo sabe y no...

—¿Y no qué? ¿No lo denuncio? ¿No lo dejo? ¿No hago una escena? —Elena negó con la cabeza. Un gesto lento, casi maternal—. Liam, ¿sabes cuánto dinero mueve Duncan al año? ¿Sabes cuántas propiedades tiene? ¿Sabes en qué mundo se mueve cuando no está corrigiendo exámenes? —Se inclinó hacia adelante. Bajó la voz—. Yo tengo una casa. Un coche. Una tarjeta de crédito sin límite. Un marido que me lleva a cenar los viernes y me pregunta cómo fue mi día. Y a cambio, no hago preguntas. No miro el teléfono. No pregunto por qué los jueves no está en casa. Es un trato justo.

—¿Un trato justo? —La voz de Liam se quebró—. Él me... él me obligó. Me chantajeó. Me pagó. Me dijo que soy su... su amante pagado. Y usted dice que es un *trato justo*.

Elena lo miró. El silencio duró tres segundos. Cuatro. Luego se inclinó más. Le puso la mano sobre la de Liam. La mano estaba fría. Seca. Áspera. Igual que la de su madre.

—Escúchame bien, Liam. —La voz bajó otro tono. Ya no era cálida. Ya no era maternal. Era plana. Quirúrgica—. Yo no soy tu salvación. No soy tu aliada. No soy la esposa engañada que va a llorar y a pedirte perdón. Yo soy la mujer que eligió esto. Que lo eligió sabiendo exactamente lo que era. Y lo elegí porque me conviene. Porque me da una vida que no podría tener de otra forma. Y tú... —Le apretó la mano—. Tú eres la razón por la que mi vida sigue siendo cómoda. Eres la válvula de escape. El amortiguador. La cosa que mantiene a Duncan satisfecho y lejos de mí.

Liam retiró la mano. Se levantó. Las piernas le temblaban.

—Está loca.

—No. Estoy cuerda. Más cuerda que tú. —Elena recogió sus gafas de sol. Se las puso. Volvió a abrir el libro—. Porque tú todavía crees que esto tiene una salida. Que alguien va a venir a salvarte. Que si lloras lo suficiente, si suplicas lo suficiente, alguien va a romper la jaula. —Pasó una página—. Y yo sé que no hay nadie. Que no hay salida. Que la jaula es el mundo entero. Y elegí vivir cómoda dentro de ella.

Liam la miró. Miró el libro. Miró la taza de café. Miró el anillo brillando bajo el sol.

—¿No le da asco? —susurró—. ¿No le da asco saber lo que él hace? ¿Saber que hay chicos... que me hace...

Elena levantó la vista del libro. Se quitó las gafas otra vez. Lo miró. Y por primera vez, Liam vio algo en sus ojos que no era calma. No era frialdad.

Era lástima.

Pero no por él. Por sí misma. Por la mujer que había sido antes de elegir la jaula.

—Me da asco muchas cosas, Liam. —La voz fue baja, casi un susurro—. Pero el asco se pasa. El hambre, no. Y yo ya pasé hambre una vez. Y no pienso volver a pasarla. Nunca.

Se puso las gafas. Abrió el libro. Bebió un sorbo de café.

—Vete a casa, Liam. Come algo. Y no vuelvas a buscarme. No porque Duncan me lo haya pedido. Sino porque no quiero verte. Porque cada vez que te veo, recuerdo lo que tuve que hacer para estar sentada en esta terraza tomando un café con leche un sábado por la mañana. Y no me gusta recordar.

Liam se quedó de pie. Un segundo. Dos. Tres.

Se dio la vuelta. Caminó hacia la calle. Cruzó el mercado. Recogió la bolsa de manzanas del puesto. Pagó. Caminó hacia la parada del autobús.

Se sentó. Miró la bolsa. Las manzanas baratas, con el lado magullado. Pensó en su madre friendo huevos. Pensó en su padre mirando la televisión apagada. Pensó en Elena, en la terraza, bebiendo café con leche y diciendo *el asco se pasa, el hambre no*.

Y entendió. Entendió que no había nadie. Que no iba a haber nadie. Que el mundo no estaba dividido entre víctimas y verdugos. Estaba dividido entre los que elegían la jaula y los que eran metidos en ella. Y Elena había elegido. Y Liam había sido metido. Y los dos estaban dentro. Y los dos iban a quedarse.

El autobús llegó. Liam subió. Pagó el billete. Se sentó junto a la ventana.

Miró la ciudad pasar. Las calles. Los edificios. La gente caminando. El mundo funcionando.

Y pensó que Elena tenía razón.

No había salida.

La jaula era el mundo entero.

Y Duncan tenía todas las llaves.

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D_a_r_r
Realmente estoy esperando el momento que sufra Duncan 😭
Dalia Lara
me va gustando mucho la historia 🥰🥰más capítulos por favor
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