Descripción
La historia comienza con una joven de 20 años que decide independizarse y vivir sola en un apartamento. Lo que no imagina es que allí conocerá a un hombre que carga con un dolor profundo. Su esposa y su pequeño bebé murieron, dejándolo completamente destrozado. Desde aquella tragedia, él cambió por completo: comenzó a beber demasiado, salir de fiesta constantemente y vivir como si nada le importara. La joven pronto descubrirá que detrás de ese hombre fiestero, borracho y aparentemente despreocupado existe alguien que todavía sufre por su pasado. Sin quererlo, ella terminará entrando en su vida y descubriendo su historia.
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Capítulo 4 — Antes de la tragedia
Hola, soy Eithan Arango, tengo 23 años y nací en Manizales, Caldas, el 10 de noviembre de 2002.
Si alguien me hubiera conocido hace unos años, probablemente jamás habría imaginado en qué me convertiría después.
Porque la verdad es que yo nunca fui así.
Nunca fui de llegar borracho a la madrugada, de andar de fiesta todos los fines de semana ni de buscar problemas con cualquiera. Antes de todo lo que pasó, mi vida era completamente diferente.
Yo era un hombre trabajador. Me gustaba ganarme las cosas con esfuerzo y, sobre todo, cuidar a mi familia. Para mí, ellos eran lo más importante que tenía.
Vivía pendiente de mi esposa. Ella era mi compañera, mi mejor amiga y la persona con la que había decidido construir una vida. No teníamos una vida llena de lujos, pero éramos felices con lo que teníamos.
Me gustaba llegar del trabajo y encontrarla en la casa.
—¿Cómo le fue, pues? —me preguntaba apenas me veía entrar.
—Bien, mi amor. Cansado, pero bien.
Ella se acercaba, me daba un beso y comenzábamos a hablar de cualquier cosa.
Éramos jóvenes y teníamos muchos planes.
Queríamos conocer otros lugares, conseguir una casa más grande y formar una familia.
Y ese último sueño estaba a punto de hacerse realidad.
Mi esposa estaba embarazada.
Cuando nos enteramos, no les voy a negar que sentí un miedo impresionante. Yo tenía apenas 21 años y sabía que ser papá era una responsabilidad enorme.
Pero también estaba feliz.
Me la pasaba hablando con su barriga aunque el bebé todavía no hubiera nacido.
—¿Ya me reconoce o qué? —decía mientras ponía la mano sobre su vientre.
Ella se reía.
—Ese bebé va a salir cansado de escucharlo.
—Pues tiene que acostumbrarse a mi voz.
Aquellos momentos eran los más bonitos de mi vida.
Pero llegó el día del parto.
Recuerdo aquella mañana perfectamente.
Mi esposa comenzó a sentirse mal y las contracciones se hicieron cada vez más fuertes. La llevamos al hospital y los médicos empezaron a atenderla.
Yo estaba afuera, caminando de un lado para otro.
—Tranquilo, mijo —me decía mi suegra—. Todo va a salir bien.
Yo quería creerle.
Tenía miedo, pero trataba de mantenerme fuerte.
Después de un rato, un médico salió y se acercó a nosotros.
Su expresión no me gustó.
—¿Familia de la paciente?
Me levanté inmediatamente.
—Sí. Soy el esposo. ¿Qué pasó?
El médico respiró profundamente.
—El parto se complicó.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Cómo que se complicó?
—La bebé está presentando dificultades para respirar y su esposa está teniendo una hemorragia importante.
Me quedé completamente paralizado.
—¿Pero van a salvarlas?
—Estamos haciendo todo lo posible.
No sabía qué hacer.
Solo podía caminar por aquel pasillo y pedirle a Dios que no me quitara a ninguna de las dos.
Pasaron los minutos.
Después pasó más tiempo.
Hasta que finalmente el médico volvió a salir.
Esta vez venía acompañado de otra persona.
Yo lo miré y supe que algo estaba mal.
—Lo siento mucho.
—¿Qué pasó?
El médico bajó la mirada.
—No pudimos controlar la hemorragia. Su esposa perdió demasiada sangre.
Sentí que las piernas me fallaban.
—No...
—También intentamos reanimar a la bebé, pero nació con una falta de oxígeno muy grave debido a las complicaciones del parto. A pesar de todos los esfuerzos, tampoco logramos salvarla.
No pude hablar.
Mi esposa había muerto.
Y mi bebé también.
Las dos personas que más amaba se habían ido el mismo día.
Yo había llegado al hospital pensando que iba a salir de allí convertido en papá.
Salí completamente destruido.
Después de eso, mi vida cambió.
Dejé de ser el hombre trabajador que todos conocían. Dejé de preocuparme por mí mismo. Ya no me importaba llegar temprano a casa porque aquella casa estaba vacía.
Ya no tenía a quién esperar.
Empecé a beber.
Al principio era solamente una cerveza para intentar dormir.
Después fueron varias.
Luego comenzaron las fiestas.
Me acostumbré a salir hasta la madrugada para no quedarme solo con mis pensamientos.
Porque cuando estaba solo, recordaba a mi esposa.
Recordaba su sonrisa.
Recordaba cómo hablábamos del bebé.
Y eso me destruía.
Por eso prefería el ruido, la música y el alcohol.
Cualquier cosa que me ayudara a no pensar.
La gente comenzó a decir que yo había cambiado.
Y tenían razón.
Había cambiado.
Pero nadie sabía realmente por qué.
Nadie veía lo que pasaba cuando cerraba la puerta de mi apartamento 512 y me quedaba completamente solo.
Ahí no había fiestas.
No había amigos.
No había música.
Solo estaba yo y el recuerdo de las dos personas que había perdido.
Y aunque intentaba convencerme de que ya no me dolía, la verdad era otra.
Yo seguía sufriendo todos los días.
Mujer de Eithan