El silencio de los colores rotos
Sinopsis de la Obra
La vida de Valeria parecía sacada de una pasarela: a sus 25 años era una brillante diseñadora de modas, con una esbelta figura de 1.75 metros, una sonrisa contagiosa y un talento desbordante. Sin embargo, su realidad en casa era muy distinta. Estaba casada con un hombre machista de 33 años que trabajaba como chófer, con quien tenía una hermosa hija de 4 años.
El mundo de Valeria se desplomó cuando a su pequeña le diagnosticaron leucemia. En una carrera desesperada contra la muerte, la única esperanza residía en un donante compatible: su propio padre. Tras suplicarle y arrodillarse, él aceptó donar, pero la tragedia golpeó con crueldad: el día previo a la cirugía, el hombre se emborrachó con sus amigos y faltó a la cita.
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EL ECO DE UNA MIRADA Y LA CITA EN EL ATELIER
La gala benéfica continuó su curso entre brindis corporativos, risas fingidas y negociaciones milmillonarias, pero para Esteban Carvajal el resto de la noche dejó de existir. El rostro altivo de Valeria Silva, con esa combinación de elegancia gélida y una profunda tormenta oculta en la mirada, se había grabado a fuego en su mente.
Al día siguiente, en su despacho principal en la torre corporativa, Esteban intentaba concentrarse en los balances financieros trimestrales, sin éxito. La imagen de la diseñadora seguía rondando sus pensamientos. Llamó a su asistente personal de confianza con un tono de urgencia contenida.
—Averíguame todo sobre la fundadora de la Casa Silva. Necesito su agenda en la ciudad, dónde se hospeda y cada movimiento que haga antes de que regrese a París —ordenó Esteban sin apartar la vista de los rascacielos a través del ventanal.
Por su parte, Valeria se encontraba en una suite temporal instalada en el hotel más exclusivo de la ciudad, revisando los contratos de expansión junto a Julian Vance. A pesar del éxito de la firma del acuerdo industrial, la inquietud no la abandonaba.
—Ese hombre, Esteban Carvajal... sentí algo extraño cuando vi su mirada —comentó Valeria en voz alta mientras firmaba unos documentos, frunciendo ligeramente el ceño—. Hay una sombra en él que me recuerda demasiado a los fantasmas que dejé atrás.
Julian levantó la vista de su tableta, cruzando los brazos con una seriedad protectora.
—¿Te incomodó? Si quieres, puedo adelantar nuestro vuelo privado de regreso a París esta misma noche. No vinimos a lidiar con magnates locales.
—No. El imperio no se construye huyendo, Julian —respondió Valeria con su habitual firmeza, levantando el mentón—. Mañana tengo una reunión con los representantes del gremio en el centro de convenciones. Si ese hombre quiere cruzar mi camino otra vez, me encontrará exactamente igual de blindada que siempre.
Sin embargo, el destino tenía otros planes para acelerar el choque de sus universos.
Esa misma tarde, mientras Antonella jugaba en el jardín privado de la mansión de los Carvajal bajo la atenta mirada de su abuela Teresa y de la doctora Josefina "Fina" Rangel, la niña no dejaba de hablar de la "señora bonita que la había salvado". Teresa, con su elegancia habitual y un toque de profunda curiosidad por lo que le contaba su nieta, decidió investigar por su cuenta. Fina, con esa picardía y sonrisa perenne que la caracterizaban, bromeó con Esteban durante la cena familiar.
—Parece que tu hija encontró a una heroína que te dejó mudo, Esteban. Llevas veinticuatro horas con la cabeza en otro planeta —comentó Fina entre risas, sirviéndole una taza de café.
Esteban la miró serio, pero un atisbo de sonrisa inevitable se dibujó en sus labios. No iba a quedarse de brazos cruzados esperando una coincidencia.
Al día siguiente, Valeria llegó temprano al exclusivo atelier temporal que la Casa Silva había habilitado en la ciudad para afinar los detalles de una presentación privada destinada a la élite local. Las puertas de roble del estudio se encontraban abiertas cuando una silueta imponente cruzó el umbral sin previo aviso.
Los custodios de seguridad intentaron intervenir, pero un gesto seco de Esteban Carvajal los detuvo al instante. Vestido con un traje impecable hecho a medida, el magnate caminó con paso firme hacia el centro del salón, donde Valeria revisaba unos maniquíes con una expresión de gélida sorpresa.
—Disculpe la intrusión, Mademoiselle Silva —dijo Esteban con una voz profunda, magnética y cargada de una intensa determinación—. Pero un Carvajal siempre paga sus deudas. Y yo le debo una muy grande por haber salvado la vida de mi hija.
Valeria se enderezó lentamente, cruzando los brazos sobre su pecho en una pose defensiva, mientras sus ojos de acero chocaban directamente con la mirada intensa del hombre. El aire en la habitación pareció volverse denso, cargado de una electricidad invisible que amenazaba con incendiar los cimientos de su cuidadosamente construido Imperio de Hielo.