Valérie era una bibliotecaria tranquila que encontró un final trágico a manos de un hombre obsesionado con ella. Sin embargo, la muerte no fue el final, sino el comienzo de una pesadilla aún más compleja. Ha reencarnado en el cuerpo de Maeve Cipriano, la recién nacida hija del Primer Ministro del poderoso Reino de las Rosas.
Su nueva vida es un paraíso de opulencia: rodeada de cunas de oro, sirvientas guerreras entrenadas de élite y una catadora de alimentos personal, Maeve vive en el pináculo del poder. Pero su padre, Santiago Cipriano, un hombre marcado por un pasado de pobreza, guerra y una terrible traición familiar que lo llevó a encarcelar a su propio padre, la adora con una intensidad que roza lo asfixiante.
El verdadero horror llega cuando los recuerdos de su vida pasada se aclaran y Valérie comprende dónde está: ha renacido dentro de la trama del segundo libro de una trilogía de fantasía oscura que leyó anteriormente. Y el papel que le corresponde no es el de una heroína salva
NovelToon tiene autorización de anónimo 2710 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17: Entre tinturas y aromas
El sol de la mañana apenas comenzaba a calentar las calles empedradas de la capital cuando el carruaje de la familia de Elena se detuvo frente a nuestra puerta. Habíamos quedado en que, antes de sumergirnos de lleno en la locura del plan de negocios y la búsqueda del local, cumpliríamos con los encargos de perfumería que mi madre le había encomendado. Elena bajó del vehículo cargando un par de cajas de madera liviana, decoradas con el emblema de la casa, y en cuanto abrió la puerta de entrada, una exclamación de alegría escapó de sus labios al ver una mancha negra estirarse perezosamente en la alfombra del recibidor.
—¡Zeus! Pero mira nada más cuánto has crecido, hermoso —dijo Elena, dejando las cajas a un lado por un instante para agacharse y acariciar detrás de las orejas al gato, que ronroneó con fuerza ante sus mimos.
—Ten cuidado con él —le advertí mientras bajaba las escaleras con el cuaderno de notas ya listo en la mano—. Se pasa veinticuatro siete custodiando la oficina de mi padre, pero en cuanto huele que alguien trae algo interesante o simplemente quiere atención, se olvida de sus deberes de guardián y exige que lo mimen.
Elena rió suavemente, incorporándose con elegancia y acomodándose el delantal claro que traía puesto para proteger su ropa de las tinturas y aceites esenciales.
—Es un gato muy sabio, Maeve. Sabe perfectamente quién lo trata bien —respondió, guiñándome un ojo antes de dirigirse hacia la sala trasera donde teníamos habilitado nuestro espacio de trabajo—. Tu madre dejó aquí las bases de los nuevos extractos de lavanda y azahar. Si nos apuramos con esto, tendremos toda la tarde libre para dedicársela por completo al restaurante.
—Me parece perfecto —le contesté, tomando asiento frente al mesón de madera donde solíamos organizar los frascos y las fórmulas—. Pero nada de trabajar en silencio. Mientras medimos las proporciones de los aceites, quiero que me cuentes exactamente qué clase de platos te imaginas sirviendo en nuestro menú. No quiero ideas tímidas, Elena. Si vamos a ser las dueñas del mejor restaurante del reino, el menú tiene que estar a la altura de las expectativas más altas.
Ella detuvo el frasco gotero que sostenía en la mano, y una chispa de emoción genuina iluminó su mirada. Dejó el recipiente con cuidado sobre la mesa y se cruzó de brazos, esbozando una sonrisa soñadora.
—¿De verdad quieres saberlo? Llevo años guardando estas recetas en mi cabeza, esperando el momento en que alguien me tomara en serio —comenzó a decir, con un tono de voz que vibraba de entusiasmo—. Para empezar, nada de la comida pesada y aburrida que sirven en las tabernas de la plaza central. Quiero platos vibrantes. Entradas frescas con vegetales de estación marinados en cítricos, sopas cremosas de calabaza asada con un toque de jengibre y, por supuesto, carnes tiernas cocinadas a fuego lento durante horas, tal como el pollo guisado que te hice ayer, pero llevado a un nivel completamente gourmet.
—Eso suena increíble —le aseguré, anotando rápidamente cada detalle en mi libreta para que no se nos escampase ninguna inspiración—. Y de postre, por favor dime que tienes planeado algo que borre por completo cualquier rastro de panadería o repostería tradicional.
Elena me miró extrañada, ladeando ligeramente la cabeza mientras sostenía un embudo de vidrio.
—¿Panadería? Pero si los postres horneados son maravillosos —comentó con un atisbo de duda en la voz, sin comprender el profundo rechazo que sentía hacia el gremio de los panaderos—. ¿A qué se debe ese desprecio repentino por el pan, Maeve? Te pones pálida cada vez que se menciona una tahona.
Me armé de valor para disimular el escalofrío helado que me recorrió la columna al recordar mi vida anterior, esa pesadilla sangrienta donde había sido asesinada a traición por un desquiciado panadero en callejones oscuros. Guardé mis recuerdos bajo llave y solté una risa nerviosa, agitando la mano para restarle importancia.
—Es solo... una manía extraña que tengo —mentí con una sonrisa forzada, cruzando los dedos bajo la mesa—. Digamos que tengo un trauma muy personal con los hornos de pan y la harina. Prefiero mil veces las tartas finas hechas por ti o los postres fríos donde ningún panadero meticionero pueda arruinar la receta.
Elena soltó una carcajada sonora que resonó por toda la habitación, haciendo que Zeus abriera un ojo desde su rincón antes de volver a quedarse dormido. Ella no tenía la menor idea de mis secretos, ni de los hilos invisibles de otra vida que cargaba a mis espaldas, ni mucho menos de que yo misma habitaba este cuerpo tras una reencarnación inesperada. Para ella, yo era simplemente su amiga de toda la vida, un poco excéntrica pero entrañable.
—¡De acuerdo, nada de panaderos sospechosos en nuestro imperio! —exclamó divertida, retomando su labor con los aceites—. Pensaba en tartas finas de frutos rojos con una costra crujiente de mantequilla, y soufflés de vainilla que se deshagan en la boca apenas los pruebes. Quiero que cada bocado en nuestro local sea una experiencia inolvidable.
—Me vendes la idea y ni siquiera hemos abierto las puertas —bromeé, levantando la libreta para mostrarle todas las páginas repletas de apuntes—. Mira nada más cuántas notas llevamos. Si seguimos a este ritmo, cuando vayamos a hablar con mi padre no tendremos de qué preocuparnos.
La expresión de Elena se detuvo un instante, y me miró con una mezcla de cautela y sorpresa genuina antes de continuar midiendo los extractos.
—Hablando de tu padre, Maeve... —comenzó a decir con un tono de sincera incertidumbre en la voz—. ¿Estás segura de que le va a parecer bien? Sabes perfectamente cómo es con el tema de los negocios y el qué dirán en la alta sociedad. Para un hombre con su posición, el hecho de que su hija se meta de lleno en el mundo de la restauración comercial puede parecerle una auténtica locura. La idea de ponernos al frente de un establecimiento público propio... bueno, sé que te adora y que te apoya en absolutamente todo lo que haces —añadí recordando las innumerables veces que me había financiado bibliotecas, proyectos y caprichos sin vacilar—, pero aun así, involucrarnos en esto es un paso gigante.
Dejé la pluma sobre la mesa y le sonreí con absoluta confianza, sabiendo perfectamente que mi padre me respaldaría con los ojos cerrados en cualquier locura que se me ocurriera emprender.
—No te preocupes por mi padre, Elena —le aseguré con firmeza, tomando su mano para transmitirle seguridad—. Él me apoya en todo, absolutamente en todo. Ya sea que le pida construir una biblioteca entera o montar un negocio desde cero, sé que estará a nuestro lado respaldándonos. Y para estar totalmente preparados, no vamos a llegar con las manos vacías. Nos vamos a presentar con un plan de negocios estructurado milimétricamente, con proyecciones de costos, análisis de mercado y una propuesta culinaria insuperable. Cuando le mostremos el proyecto redactado con orden financiero, nos dará luz verde de inmediato.
Elena parpadeó un par de veces, procesando mis palabras con asombro, y poco a poco su rostro se fue iluminando con una sonrisa radiante.
—A veces me sorprende la seguridad que tienes, Maeve —admitió en un susurro, apretándome los dedos con cariño—. Desde que volvimos del castillo y con todas esas ideas locas que traías en la cabeza, te has vuelto imparable. Es como si nada pudiera doblegarte.
Un escalofrío recorrió mi espalda al escuchar la mención al castillo y a los secretos de la novela original, pero me obligué a mantener la compostura. No podía permitir que los fantasmas de la trama arruinaran el hermoso presente que estábamos construyendo.
—Es solo que aprendí que no podemos dejar nuestro destino en manos del azar, Elena —le respondí con una sonrisa genuina—. Si no luchamos nosotras por lo que queremos, nadie más lo va a hacer en este reino. Así que terminemos con estos frascos de una vez por todas. En cuanto empaquetemos el último pedido, nos sentamos aquí mismo a redactar el presupuesto.
—¡Trato hecho! —exclamó ella, poniéndose de pie de un salto y retomando los envases con una energía renovada que contagiaba a cualquiera.
Pasamos el resto de la mañana entre risas, aromas florales y el sonido rítmico de los corchos cerrando los recipientes. Cada frasco guardado en las cajas de madera se sentía como un paso firme hacia nuestra libertad. Cuando finalmente colocamos el sello de cera en la última encomienda, ambas suspiramos aliviadas mientras el sol comenzaba a teñir el cielo de tonos dorados.
—Muy bien, trabajo terminado en la perfumería —dije, apartando las cajas hacia un rincón y desplegando un nuevo pliego de pergamino limpio sobre la mesa—. Ahora viene la parte divertida de verdad. Trae la pluma y la tinta, socia. Vamos a fundar el imperio gastronómico más grande de todo el reino.