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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12 — Contrato de papel, promesa de fuego

Tres días.

Sebastián me cuida durante tres días sin hacer una sola pregunta innecesaria.

Me trae medicina endulzada con miel dos veces al día, siempre en el mismo tazón de cerámica azul, siempre a la misma temperatura. Me deja libros en la mesita de noche: una novela policiaca, un manual de botánica y una antología de poesía que sospecho que pertenece a su hermana porque tiene anotaciones con letra redonda en los márgenes. Me prepara caldo de pollo con papa, maíz y cilantro, lo deja en una bandeja junto a la puerta, toca dos veces con los nudillos y se retira antes de que yo pueda darle las gracias.

Cada mañana, al despertar, encuentro un vaso de agua fresca y una toalla limpia doblada con precisión militar sobre la silla.

Cada noche, escucho sus pasos en la sala. Constantes, mesurados, de un lado al otro, como si patrullara su propio apartamento. Y luego el silencio que me indica que él también se fue a dormir. Pero no en su cama. En la silla junto a mi puerta, porque cuando me despierto a las tres de la mañana ahogando un gemido de dolor, la puerta se abre en menos de cinco segundos y él está ahí, con el tazón de medicina preparado como si lo hubiera anticipado.

No pregunta quién me hizo esto. No pregunta por qué. No sugiere llamar a la policía ni contactar a mi familia. Cura, alimenta, vigila. Nada más.

Al tercer día, puedo sentarme sin que el dolor me arranque un gemido. Las heridas de la espalda empiezan a cerrarse bajo las gasas que la doctora me cambió ayer. Todavía duele al respirar hondo, pero puedo mover los brazos y girar el torso si lo hago despacio.

Suena mi teléfono. Isabella.

—Vale, por fin contestas. Llevo tres días marcándote. ¿Estás bien? ¿Dónde estás?

—En el apartamento de Sebastián.

Un silencio largo. Puedo escuchar su cerebro procesando la información al otro lado de la línea.

—¿En el apartamento de mi tío?

—Él me encontró después de que me golpearon. Me trajo aquí. Me ha estado cuidando.

—Dios mío, Valen. ¿Quién te hizo eso? ¿Estás entera? ¿Necesitas que vaya?

—Estoy mejor. Todavía no sé quién fue.

—Escucha, necesito contarte algo. ¿Recuerdas el mensaje que me enviaste? ¿El de buscar a alguien para casarse?

Cierro los ojos. Ese mensaje. Lo envié en un momento de desesperación, medio en broma, medio en serio, mientras buscaba una salida legal que me protegiera de los Solares y de Diego. Isabella, con su entusiasmo inagotable, se lo reenvió a su tío antes de que yo pudiera detenerla.

—Me dijiste que lo borrara.

—Sí, bueno, es que... ya se lo había mandado a mi tío Seba antes de que me lo pidieras. Fue un impulso. Pensé que no iba a responder, porque él nunca responde a nada. Pero...

—Pero respondió.

—Respondió. Textual: «¿Cuándo le queda bien ir al Registro Civil?»

Me quedo en silencio. El teléfono tiembla en mi mano, pero no es por la fiebre.

—Isa, fue una broma.

—Yo también creí que era broma. Pero mi tío no bromea. Jamás. Yo lo conozco. No dice una sola palabra que no haya pensado antes tres veces. Si dijo Registro Civil, está hablando en serio.

—————————————————————————————————

Esa tarde, Sebastián toca la puerta de la habitación. Dos golpes, como siempre. Entra con un tazón de sopa en una mano y una carpeta marrón en la otra.

Se sienta en la silla que ya tiene la forma de su cuerpo después de tres noches de vigilia. Me mira de frente, con esos ojos oscuros que no revelan nada y al mismo tiempo lo dicen todo.

—He considerado su propuesta con seriedad.

—¿Mi propuesta?

—La del matrimonio. La que le envió a Isabella.

—Sebastián, eso fue un momento de...

—No es imposible.

Deja la carpeta sobre la cama. Yo la miro sin abrirla.

—No tengo vicios —continúa, con la misma cadencia con la que leería un informe técnico en el cuartel de bomberos—. No fumo. No bebo. Mi horario es regular: turnos de veinticuatro horas seguidas de cuarenta y ocho de descanso. Puedo proporcionarle un examen médico completo si lo necesita. Tengo un ingreso estable. No tengo deudas. No tengo antecedentes.

Habla como si estuviera enumerando las especificaciones de un equipo de rescate. Su rostro no muestra emoción. Su voz no varía de tono. Pero sus ojos, esos ojos que aprendí a leer en tres días de convivencia silenciosa, me miran con una intensidad que contradice la monotonía de sus palabras.

—¿Por qué haría esto? —pregunto.

—Mi familia lleva años presionándome para que me case. Mi abuelo amenaza con quitarme responsabilidades si no formalizo mi vida. Usted necesita una salida legal. Es un acuerdo que beneficia a ambas partes.

Lo pienso. Lo pienso de verdad. Con la frialdad analítica que me enseñaron siete años de investigación farmacéutica.

Necesito ese acta de matrimonio. Es la única forma de cortar los lazos con los Solares y con Diego de manera definitiva. Con un esposo legal, nadie puede obligarme a casarme con otro. Nadie puede reclamarme como propiedad. Nadie puede arrastrarme de vuelta a la Casona.

Y Sebastián no es un desconocido. Es el tío de mi mejor amiga. Me salvó la vida en un callejón oscuro. Me cuidó tres días sin pedir nada a cambio. No me ha tocado con intención. No me ha mirado con lástima. No me ha hecho una sola pregunta que yo no estuviera lista para responder.

—Tres años —digo—. Un contrato de tres años. Sin obligaciones conyugales.

—Entendido.

—Un abogado redactará el convenio. Con cláusulas claras.

—Ya lo contacté. Puede tener el borrador listo para mañana.

Lo miro. Él me sostiene la mirada sin parpadear. En su mandíbula no hay tensión. En sus hombros no hay rigidez. Está completamente seguro de lo que está diciendo.

—¿De verdad no tiene preguntas? —digo—. ¿No quiere saber por qué alguien me golpeó? ¿Por qué necesito casarme con alguien a quien conocí hace una semana?

Sebastián se levanta. Recoge el tazón vacío de la mesita de noche.

—Cuando quiera contármelo, lo escucharé. Mientras tanto, coma la sopa antes de que se enfríe.

Sale de la habitación. La puerta se cierra con un clic suave.

Me quedo mirando la puerta cerrada durante un largo rato. Luego abro la carpeta. Dentro hay una hoja con los datos personales de Sebastián Montero Ríos: fecha de nacimiento, número de identificación, tipo de sangre, dirección actual. Todo impreso con letra de máquina, limpio y ordenado.

Al final de la hoja, una línea escrita a mano con tinta negra: «Cuando esté lista.»

—————————————————————————————————

Al cuarto día, vuelvo a la Casona Solares.

Necesito mi identificación, mi pasaporte y las pocas pertenencias que me importan: la medalla de la Virgen que fue de mi madre biológica, un cuaderno con fórmulas que no puedo reproducir de memoria, y una fotografía de mis padres adoptivos antes de que murieran, cuando todavía me querían.

Isabella se ofrece a acompañarme. Le digo que no. Esto tengo que hacerlo sola.

La casa está en silencio cuando entro por la puerta lateral, la de servicio. Los pasillos de mármol devuelven el eco de mis pasos como cañones vacíos. Subo a mi habitación por la escalera de atrás. Todo está tal como lo dejé. Meto los documentos y las pocas pertenencias en una mochila. La cierro. Bajo las escaleras.

Rodrigo me espera en el vestíbulo.

Está de pie junto a la mesa del recibidor, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Lleva pantalones de vestir y una camisa abierta en el cuello. Me mira como si yo fuera una mancha en la alfombra que los sirvientes olvidaron limpiar.

—¿A dónde crees que vas?

—Me voy.

—¿Te vas? —Se ríe. Es una risa seca, sin humor, sin calor—. Nadie te dio permiso de irte. Siéntate.

—No necesito tu permiso.

—Eres una Solares. Llevas nuestro apellido. Y vas a hacer lo que se te dice.

Levanta una caja de cartón que estaba sobre la mesa y me la arroja. No con fuerza, pero con puntería. La esquina de la caja me golpea en la frente, justo sobre la ceja izquierda. Siento un ardor agudo y algo tibio me baja por la sien. Sangre.

Rodrigo sonríe. Es la sonrisa de alguien que disfruta el dolor ajeno de forma tan natural como respirar.

—Siéntate y espera a que llegue Andrés. Vamos a hablar sobre tu actitud. Sobre la fiesta. Sobre esas pulseras de mierda que Camila presentó por tu culpa.

Miro la caja en el suelo. Dentro están las pulseras de esmeraldas falsas. Las réplicas baratas que Camila presentó como suyas en la fiesta y que la abuela dejó abandonadas sobre la mesa.

Rodrigo quiere castigarme por la humillación.

Algo se rompe dentro de mí. No es una fibra de paciencia. No es un nervio de miedo. No es un hilo de tristeza. Es algo más viejo y más profundo: la última cadena que me ataba a esta familia. La última razón por la que todavía sentía algo, cualquier cosa, por las personas que duermen bajo este techo.

Miro el cenicero de cristal que descansa sobre la mesa del recibidor. Es pesado, tallado, con bordes gruesos. Pesa al menos un kilo. Es sólido. Es frío.

Lo tomo.

Y lo estrello contra la frente de Rodrigo.

El impacto suena como un trueno en el vestíbulo vacío. Rodrigo se tambalea hacia atrás, con las manos en la cara. La sangre le escurre entre los dedos y le mancha la camisa blanca. Tropieza con la alfombra y cae de rodillas.

No espero a que se recupere. No me quedo a ver su expresión de incredulidad.

Camino a la cocina. Abro el cajón de los cubiertos. Saco un cuchillo de pan, de filo dentado y mango negro. Suficiente para que nadie se me acerque.

Vuelvo al vestíbulo con el cuchillo en la mano derecha y la mochila en la izquierda. Rodrigo, aturdido, todavía de rodillas, me ve pasar con los ojos desorbitados y la sangre cayéndole por la nariz. Los sirvientes se pegan a las paredes. El mayordomo da un paso atrás. La cocinera se mete en la despensa y cierra la puerta.

Nadie me toca.

Salgo por la puerta principal. Bajo las escaleras de piedra. Camino por la calle con la mochila al hombro y el cuchillo en la mano derecha, sin esconderlo.

El aire es limpio. El sol de la tarde cae sobre mi cara.

Mi teléfono vibra en el bolsillo. Lo saco con la mano izquierda.

Un mensaje de Sebastián.

«¿Lunes a las nueve en el Registro Civil?»

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