La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.
Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.
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Capitulo 2 : UNA NUERA REBELDE
Yo, considerada un monstruo en el siglo XXV, les daría una lección que no olvidarían jamás. Tomé un palo grueso que estaba apoyado en la pared y me abalancé sobre ellos. Eran fuertes, pero los golpeé sin piedad: rompí el brazo del más grande con un crujido seco y golpeé con toda mi fuerza la entrepierna del segundo.
—Ustedes empezaron —les dije con voz imperturbable—. Odio que me molesten. Ahora es tu turno, anciana. No creas que por ser mayor tendré clemencia.
Al ver el estado en el que habían quedado sus hermanos, el tercero huyó despavorido.
—¿Qué vas a hacer, loca? ¡Soy tu suegra, no te atrevas! —gritó ella, retrocediendo hasta tropezar con el umbral de la puerta.
En ese momento, se escuchó un ruido fuerte y gritos desde afuera. Un pandillero de porte rudo llegó arrastrando a Lucas, que venía atado de manos y con el rostro desencajado. El jefe de la banda sonrió con malicia, recorriéndome con la mirada:
—Vaya, Lucas… tu madrastra tiene un físico perfecto.
—¿Te atreves a mirarme con esa suciedad? —respondí con los ojos encendidos de ira—. El último que se atrevió a desearme terminó sin órganos reproductores.
El hombre se giró hacia mí, sin darse por aludido:
—Tienes un cuerpo perfecto. Después de disfrutarte, te venderé a un burdel por insolente.
—¿Venderme? —solté una risa seca—. Haré que supliques llorando por tu vida.
El hombre se abalanzó sobre mí, pero en una fracción de segundo, con una agilidad que nadie esperaba, lancé varias agujas con exactitud milimétrica. Todos cayeron al suelo al mismo tiempo, retorciéndose de dolor. Los niños, que observaban desde la puerta, se quedaron inmóviles, con los ojos muy abiertos al ver lo que hacía.
—Loca… ¿Qué me has hecho? —jadeó el jefe, con la cara pálida.
—No se preocupe —le respondí con total serenidad—. Te dije que no sería tuya, y tú lo quisiste. Esas agujas llevan un potente veneno: vas a expulsar sangre por todos los orificios, se te paralizará la lengua y sentirás como si te picaran doscientos escorpiones al mismo tiempo.
—¡Es un demonio! —gritó uno de los bandidos, aterrorizado—. ¿Cómo puede ser una mujer tan cruel y despiadada?
—¡Si me das el antídoto, yo… te prometo que saldaré cualquier deuda! —suplicó el jefe, casi sin aire.
—¿Darte el antídoto? —una sonrisa amarga se dibujó en mis labios—. Querías forzarme. Si hoy no te enseño una lección, no soy quien soy. Ya me harté de jugar.
Tomé un cuchillo que estaba sobre la mesa y lo sostuve con firmeza en la mano.
—¡Piedad! ¡No volveré a molestarte! ¡Te pagaré todo! ¡Te llamaré jefa! ¡No me mates! —gritó el hombre, llorando de miedo.
—Está bien —dije al fin, bajando el arma—. Les daré el antídoto. Pero si me hacen enojar de nuevo, no tendré ninguna piedad. Saqué unas pequeñas píldoras de mi espacio dimensional y se las entregué; se las tomaron de inmediato y huyeron despavoridos sin decir una palabra más.
Me acerqué a Lucas y le quité las cuerdas que le ataban las manos.
—Víbora —me dijo él con altivez, frotándose las muñecas—, no creas que te agradeceré. No te considero mi madre.
—¿Así que te salvé la vida y sigues siendo un ingrato? —respondí, agarrándolo del brazo con fuerza—. ¿Cómo es que tu padre no te enseñó modales? ¡Pues tu madre se encargará de hacerlo ahora! Tomé un grueso palo de roble que estaba cerca y lo levanté del suelo—. ¿Te atreves a pedir dinero prestado a gente así y a ofrecerme a cambio como pago? ¿Crees que te dejaré ir tan fácil?
—¡Madre, relájate! —suplicó Lucas, retrocediendo—. Fue un error, fui tonto, no me pegues.
—¿Que no te pegue? Te daré la lección que mereces, para que lo recuerdes bien. Póstrate boca abajo.
—¿Por qué debería hacerlo? No eres mi madre —replicó el joven, desafiante.
—Soy tu madrastra, y eso equivale a ser tu segunda madre. Póstrate, o te obligaré a hacerlo a mi manera. Antes de que pudiera correr, le di una patada fuerte que lo tiró al suelo y le asesté un golpe con el palo en el trasero; el sonido resonó con fuerza en todo el patio.
—¡AUUU! ¡Me duele! —brincó Lucas—. ¡Estás loca, te has vuelto una loca!
—¿Loca? Aún no ha terminado —le dije otro golpe, y otro, hasta que le di diez golpes seguidos—. ¡Piedad, madre, ya no más! Fue mi culpa, no volveré a hacerlo —lloriqueó él, mientras sus hermanos observaban todo desde la puerta, callados y sin atreverse a intervenir.
—Entra a la casa. Si vuelves a pedir dinero prestado a gente así, te romperé las piernas —le advertí con total seriedad. Miré a los cuatro hermanos a los ojos, uno por uno—: A partir de hoy, con esta nueva Isabella, nadie faltará al respeto en esta casa. Ni tú, ni nadie.
Miré hacia la cocina, donde el aire olía a humedad y a leña apagada, sin rastro de comida.
—Su padre es soldado y manda dinero cada mes —les dije—. ¿Dónde está ese dinero?
Los jóvenes respondieron con voz apagada:
—La abuela se lo lleva todo… dijo Esteban con voz apagada.
—Nuestros tíos también nos lo quitan… Susurró Lucas.
Agarré con fuerza el cuchillo que aún tenía en la mano, con la mirada endurecida.
—Esa mujer me tendrá que devolver cada moneda que nos ha robado. Y se asegurará de que nunca más vuelva a ocurrir.