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Entre Dos Mundos

Entre Dos Mundos

Status: En proceso
Genre:Escuela / BL / LGBT
Popularitas:471
Nilai: 5
nombre de autor: Luis Fernando Sanchez

Mateo Rivera llega a una prestigiosa universidad de Estados Unidos con una beca que representa la oportunidad de cambiar su vida. Acostumbrado a luchar por cada oportunidad, sabe que no puede permitirse cometer errores. Alexander Whitmore, en cambio, nació rodeado de privilegios. Hijo de una de las familias más importantes de la ciudad, tiene un futuro prácticamente asegurado. Pero detrás de su apellido, su dinero y la imagen de una vida perfecta existe una presión que pocos conocen. Sus caminos se cruzan durante su primer día de universidad. Al principio, solo son dos estudiantes que comienzan a hablar. Después, poco a poco, se convierten en amigos. Entre conversaciones, miradas y momentos compartidos, algo comienza a cambiar entre ellos. Pero mientras Mateo empieza a descubrir lo que realmente siente, Alexander tendrá que enfrentarse a sus propios miedos. Porque enamorarse de Mateo significa desafiar un mundo al que siempre ha pertenecido. Un mundo donde las apariencias importan, donde su familia tiene una reputación que proteger y donde mostrar quién es realmente podría cambiarlo todo. Dos chicos. Dos mundos completamente diferentes. Una historia que comienza con una simple mirada. Entre Dos Mundos es una historia de amor, amistad, descubrimiento y valentía, donde ambos tendrán que decidir si vale la pena luchar por lo que sienten.

NovelToon tiene autorización de Luis Fernando Sanchez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8 — El mundo de Alexander

El sábado llegó más rápido de lo que Mateo esperaba.

Desde temprano, Mateo estuvo pensando en la invitación de Alexander. No sabía exactamente qué clase de reunión sería, pero por la manera en que Alexander había hablado de ella, parecía algo importante. No era simplemente una comida entre familiares. Había mencionado a sus padres, a su hermano y a algunas personas relacionadas con los negocios de su familia.

Mateo abrió su armario y comenzó a buscar algo que ponerse.

—¿Por qué estás revisando tanto la ropa? —preguntó Lucas desde la puerta.

Mateo volteó.

—Porque voy a salir.

—Ya sé. Pero llevas como veinte minutos viendo la misma camisa.

—No sé qué ponerme.

Lucas entró a la habitación.

—¿Con quién vas?

Mateo se quedó callado.

—Con un amigo.

Lucas sonrió.

—¿Alexander?

Mateo lo miró.

—¿Cómo sabes?

—Porque últimamente cuando dices “un amigo”, casi siempre estás hablando de él.

Mateo negó con la cabeza.

—No empieces.

—Yo no dije nada.

Lucas tomó una camisa de la cama.

—Ponte esta.

—¿Esa?

—Sí.

—Es demasiado sencilla.

—Precisamente. Si vas a conocer a su familia, no necesitas parecer otra persona.

Mateo miró la camisa.

Tenía razón.

—Gracias.

Lucas sonrió.

—De nada.

Antes de salir, Mateo recibió un mensaje.

Alexander: Estoy por llegar.

Mateo respondió.

Mateo: Está bien.

Unos minutos después, un automóvil negro se detuvo frente a la casa.

Mateo salió.

Alexander bajó del vehículo.

Llevaba ropa elegante, pero no excesivamente formal.

—Hola.

—Hola —respondió Mateo.

Alexander lo miró de arriba abajo.

—Te ves bien.

Mateo sonrió.

—Tú también.

—¿Listo?

Mateo respiró profundamente.

—Supongo.

Alexander soltó una pequeña risa.

—No tienes nada de qué preocuparte.

—Eso dices tú.

—Mi familia puede ser un poco…

—¿Difícil?

Alexander sonrió.

—Esa era una de las palabras que estaba buscando.

Mateo subió al automóvil.

—Entonces sí debería preocuparme.

—No.

Alexander arrancó.

Durante los primeros minutos ninguno dijo nada.

Después Alexander miró brevemente a Mateo.

—Gracias por venir.

—Tú me invitaste.

—Sí, pero no estabas obligado.

Mateo lo observó.

—Quería venir.

Alexander sonrió.

La casa de los Whitmore estaba ubicada en una zona exclusiva de la ciudad.

Mateo había visto casas grandes antes, pero aquella era diferente.

Cuando el automóvil atravesó la entrada, Mateo observó el enorme jardín, los árboles perfectamente cuidados y la construcción principal, que parecía más un hotel que una casa familiar.

—Vaya.

Alexander sonrió.

—¿Qué?

—Nada.

—Puedes decirlo.

—Es enorme.

Alexander soltó una risa.

—Sí.

—¿Vives aquí?

—Sí.

Mateo lo miró.

—Ahora entiendo algunas cosas.

—¿Qué cosas?

—Por qué nunca te preocupas por el precio de nada.

Alexander se quedó en silencio.

—Supongo que crecí acostumbrado.

Mateo no dijo nada más.

Entraron.

Una mujer se acercó.

—Alexander.

—Mamá.

Victoria Whitmore abrazó a su hijo.

Después miró a Mateo.

—¿Y tú eres…?

Alexander sonrió.

—Él es Mateo. Es mi amigo.

Victoria extendió la mano.

—Mucho gusto, Mateo.

Mateo la estrechó.

—Mucho gusto, señora Whitmore.

—Por favor, dime Victoria.

—Está bien.

Alexander observó la escena.

Su madre parecía amable, aunque Mateo notó inmediatamente algo en su forma de mirar.

No era hostilidad.

Era evaluación.

Como si intentara descubrir quién era él.

—Mi padre está en el despacho —dijo Victoria—. Tu hermano también llegó hace unos minutos.

Alexander asintió.

—Vamos.

Antes de avanzar, Victoria volvió a mirar a Mateo.

—Espero que te sientas cómodo.

—Gracias.

Alexander puso una mano brevemente sobre el hombro de Mateo.

—Ven.

Mateo lo siguió.

Richard Whitmore estaba de pie frente a una ventana cuando entraron.

Ethan estaba sentado cerca de una mesa revisando algunos documentos.

—Alexander.

—Papá.

Richard miró a Mateo.

—¿Quién es?

Alexander respondió con tranquilidad.

—Mateo Rivera. Es amigo mío de la universidad.

Richard extendió la mano.

—Mucho gusto.

Mateo la estrechó.

—Mucho gusto, señor Whitmore.

Richard observó a Mateo durante unos segundos.

—¿Qué estudias?

—Arquitectura.

—Interesante.

Ethan levantó la mirada.

—¿Arquitectura?

—Sí.

—¿En la universidad?

—Sí.

—¿Con Alexander?

—Tenemos algunas clases juntos.

Ethan sonrió.

—Entonces tienes paciencia.

Alexander lo miró.

—Muy gracioso.

Mateo soltó una pequeña risa.

Richard volvió a los documentos.

—Espero que Alexander esté cumpliendo con sus responsabilidades académicas.

—Sí —respondió Mateo.

Alexander miró a su padre.

—Papá.

Richard levantó la mirada.

—¿Qué?

—No tienes que entrevistarlo.

Ethan sonrió.

—Déjalo, Alexander. Papá solamente está interesado.

Richard no respondió.

Más tarde, todos se reunieron alrededor de una mesa.

La conversación giró rápidamente hacia los negocios.

Richard hablaba de una nueva inversión.

Ethan explicaba algunos detalles.

Alexander escuchaba.

Mateo permanecía en silencio.

No entendía mucho de aquel mundo.

Había palabras que jamás había escuchado en una conversación familiar.

Millones.

Propiedades.

Inversiones.

Acciones.

Expansión.

Para Alexander aquello era normal.

Para Mateo era completamente ajeno.

En cierto momento, Richard miró a su hijo.

—Alexander, quiero que empieces a asistir conmigo a algunas reuniones.

Alexander dejó los cubiertos.

—¿Cuándo?

—A partir del próximo mes.

—Tengo clases.

—Puedes organizarte.

—No es tan sencillo.

Richard lo miró.

—Ethan podía hacerlo.

Alexander respiró profundamente.

—Yo no soy Ethan.

La mesa quedó en silencio.

Ethan miró a su hermano.

Richard dejó los cubiertos.

—Precisamente por eso tienes que empezar a prepararte.

Mateo observó a Alexander.

Por primera vez desde que lo conocía, pudo ver claramente cuánto peso cargaba sobre los hombros.

Alexander intentó continuar comiendo.

Pero había perdido el apetito.

Después de la comida, Alexander salió al jardín.

Mateo lo siguió.

—¿Estás bien?

Alexander se sentó en una banca.

—Sí.

Mateo se sentó a su lado.

—No parece.

Alexander soltó una risa sin humor.

—Mi padre siempre ha sido así.

—¿Quieres hablar?

Alexander miró hacia el jardín.

—A veces siento que todo está decidido por mí.

Mateo permaneció callado.

—Desde pequeño me dijeron qué debía estudiar, cómo debía comportarme, qué personas debía conocer… incluso qué debía querer.

—¿Y qué quieres tú?

Alexander lo miró.

La pregunta parecía sencilla.

Pero no tenía una respuesta inmediata.

—No lo sé.

Mateo sonrió ligeramente.

—Entonces empieza por descubrirlo.

Alexander bajó la mirada.

—Es fácil decirlo.

—Lo sé.

—Tú sabes lo que quieres.

Mateo negó con la cabeza.

—No.

Alexander lo miró.

—¿No?

—Sé lo que estoy intentando conseguir. No necesariamente sé qué voy a querer dentro de cinco años.

Alexander sonrió.

—Eso fue bastante profundo.

—No te acostumbres.

Los dos rieron.

El silencio que siguió fue diferente.

Cómodo.

Alexander apoyó los brazos sobre sus piernas.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no preguntarme cuánto dinero tiene mi familia.

Mateo lo miró sorprendido.

—Nunca me interesó.

—Eso es precisamente lo que me gusta de ti.

Mateo sintió que algo cambiaba dentro de él.

No supo qué.

Solo bajó la mirada.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Daniel y Sophie habían quedado para tomar café.

—¿Entonces Michael te escribió? —preguntó Daniel.

Sophie sonrió.

—Sí.

—¿Y?

—Vamos a salir el miércoles.

Daniel levantó las cejas.

—Mira nada más.

—¿Qué?

—Nada. Me alegra por ti.

Sophie sonrió.

—Gracias.

Hubo un silencio.

Daniel tomó un sorbo de café.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Te gusta alguien?

Sophie lo miró.

—Ya te dije que sí.

—No. Me refiero a alguien que yo conozca.

Sophie sonrió.

—Tal vez.

Daniel entrecerró los ojos.

—¿Quién?

—No te voy a decir.

—¿Por qué?

—Porque luego vas a burlarte.

—Yo nunca hago eso.

Sophie soltó una carcajada.

—Daniel, te burlas de todo.

—No de todo.

—De mí sí.

—Porque te enojas fácilmente.

—No me enojo fácilmente.

—Te acabas de enojar.

Sophie lo miró fijamente.

Daniel sonrió.

Ella terminó riendo.

Sin darse cuenta, ambos habían dejado de hablar de Michael.

En la casa Whitmore, Alexander y Mateo regresaron al interior.

Victoria se acercó.

—Mateo, ¿te gustaría ver el piano?

Alexander la miró.

—Mamá…

Victoria sonrió.

—No pasa nada.

Mateo miró a Alexander.

—¿Tocas?

Alexander dudó.

—Un poco.

—No sabía.

Victoria señaló una habitación.

—Está ahí.

Entraron.

En el centro había un piano negro.

Alexander se quedó observándolo.

Mateo notó inmediatamente cómo cambió su expresión.

—¿Quieres tocar?

Alexander negó con la cabeza.

—Hace mucho que no lo hago.

—¿Por qué?

—Mi padre decía que no servía para nada.

Mateo se acercó.

—¿Y tú qué pensabas?

Alexander pasó los dedos por encima del piano.

—Que me hacía feliz.

Mateo sonrió.

—Entonces sí servía para algo.

Alexander lo miró.

Durante unos segundos ninguno habló.

Después Alexander se sentó.

Levantó la tapa.

Sus dedos tocaron suavemente las teclas.

La primera nota llenó la habitación.

Después otra.

Y otra.

Poco a poco comenzó a tocar una melodía tranquila.

Mateo permaneció de pie escuchándolo.

Nunca había visto a Alexander así.

Sin seguridad exagerada.

Sin bromas.

Sin intentar agradarle a nadie.

Simplemente siendo él mismo.

Cuando terminó, Alexander levantó la mirada.

—¿Qué?

Mateo sonrió.

—Nada.

—Estás mirándome raro.

—Es que…

Mateo dudó.

—Nunca te había visto tan tranquilo.

Alexander sonrió ligeramente.

—Yo tampoco me siento así muy seguido.

Mateo se acercó.

—Deberías hacerlo más.

Alexander lo miró.

—Tal vez.

Al regresar a casa, el automóvil permaneció en silencio durante varios minutos.

Mateo observaba por la ventana.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Alexander.

—En muchas cosas.

—¿Buenas o malas?

—Buenas.

Alexander sonrió.

—Me alegra.

Mateo lo miró.

—Tu familia es muy diferente a la mía.

—Sí.

—Pero tú no eres como ellos.

Alexander permaneció callado.

—¿Eso es bueno?

—Sí.

Alexander sonrió.

—Gracias.

Cuando llegaron frente a la casa de Mateo, Alexander estacionó.

Mateo abrió la puerta.

—Gracias por traerme.

—Gracias por venir.

Mateo bajó.

Cerró la puerta.

Pero antes de alejarse, se inclinó hacia la ventana.

—Alexander.

—¿Sí?

—Toca más seguido.

Alexander sonrió.

—Lo intentaré.

Mateo comenzó a caminar.

Alexander lo observó hasta que entró en su casa.

Después arrancó.

Mientras conducía, miró brevemente su teléfono.

Tenía un mensaje de su padre.

Richard: Mañana quiero hablar contigo sobre tu futuro.

Alexander dejó escapar un suspiro.

Pero esta vez no se sintió completamente solo.

Porque ahora había alguien que había visto una parte de él que casi nadie conocía.

Mateo.

Y esa idea le provocó una sonrisa.

En casa, Mateo entró a su habitación.

Lucas apareció inmediatamente.

—¿Y?

Mateo dejó las llaves.

—¿Y qué?

—¿Cómo estuvo?

—Bien.

—¿Conociste a su familia?

—Sí.

Lucas lo observó.

—¿Y?

—Son diferentes.

—¿Muy ricos?

Mateo sonrió.

—Muchísimo.

Lucas se sentó en la cama.

—¿Y Alexander?

Mateo pensó unos segundos.

—Él es diferente cuando está con su familia.

—¿Cómo?

Mateo miró hacia la ventana.

—Más serio.

—¿Y contigo?

Mateo sonrió sin darse cuenta.

—Conmigo es él mismo.

Lucas levantó una ceja.

—Eso parece importante.

Mateo no respondió.

Solo tomó su teléfono.

Había un mensaje nuevo.

Alexander: Gracias por hoy.

Mateo escribió:

Mateo: Gracias a ti por invitarme.

Alexander respondió:

Alexander: Me gustó que estuvieras ahí.

Mateo se quedó mirando la pantalla.

Después escribió:

Mateo: A mí también me gustó estar contigo.

Envió el mensaje.

Y esta vez ninguno de los dos intentó esconder lo que realmente quería decir.

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Max
Pero si ya te lo dijo 👀
Max
Ya cállese señor 🤗
Max
Más inoportuno imposible 🤦‍♀️
Max
Juju alguien se está enamorando 👀
Max
Awww 🤭
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