Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capitulo 10: Cenizas de un imperio
Tres años antes...
El amanecer se filtró por los ventanales del loft de Damián con una luz grisácea y fría, pero dentro de la habitación el ambiente seguía cargado del calor del pecado. Me desperté sola en la cama inmensa, con las sábanas de seda negra enredadas en mis piernas y una sensación extraña en el pecho: un vacío que no sabía si era libertad o terror. El lugar donde Damián había dormido aún conservaba su calor y ese aroma a sándalo que ahora parecía haberse instalado en mis poros para siempre.
Me senté en el borde de la cama, frotándome el rostro. Cada músculo de mi cuerpo me recordaba la posesión de la noche anterior. Damián no me había hecho el amor; me había reclamado, me había marcado como si fuera un territorio conquistado para borrar los insultos de mi padre. Al ponerme de pie, mis piernas temblaron un poco, y fue entonces cuando vi mi celular sobre la mesa de luz. Tenía decenas de notificaciones.
Encendí la pantalla y el corazón me dio un vuelco. Los titulares de las noticias locales estaban en llamas, literalmente.
"INCENDIO DEVASTADOR EN LOS DEPÓSITOS VALENTE: PÉRDIDAS MILLONARIAS EN EL PUERTO".
Las fotos mostraban columnas de humo negro alzándose hacia el cielo nocturno y las estructuras de hierro retorcidas por el calor. Era el corazón del negocio de mi padre. Lo que él más amaba, su verdadera "hija predilecta", estaba reducido a cenizas. Sentí un escalofrío. Damián lo había hecho. No había pasado ni seis horas desde que vio la marca en mi brazo y ya había cumplido su promesa.
La puerta del loft se abrió y él entró. No se veía cansado. Al contrario, caminaba con una energía eléctrica, todavía vestido de negro, con el cabello ligeramente alborotado por el viento del puerto. Traía un par de bolsas de papel en una mano y una mirada que se suavizó apenas un milímetro al verme despierta.
—Buenos días, nena —su voz ronca me acarició los oídos—. Te traje ropa. No podés seguir usando ese trapo verde que te recuerda a ellos.
Dejó las bolsas sobre la cama. Eran prendas de seda, cachemira y encaje, marcas que mi madre solo usaba en ocasiones especiales. Pero a mí no me importaba la ropa.
—Damián... lo del puerto... —mi voz apenas fue un susurro.
Él se acercó a mí, acortando la distancia con esa parsimonia de depredador que ya no me asustaba, sino que me encendía. Me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran dos pozos de petróleo, densos y oscuros.
—Te dije que nadie te humillaba y salía ileso. Tu padre valoraba su puerto más que a vos. Bueno, ahora no tiene ni lo uno ni lo otro —sonrió con una frialdad que me erizó los vellos de los brazos—. Pero esto es solo el principio. Quiero que vean cómo florecés mientras ellos se marchitan.
Me soltó y empezó a sacar las cosas de las bolsas. No solo era ropa; sacó una caja de terciopelo y la abrió frente a mí. Era un collar de oro con un rubí tan rojo como la sangre que seguramente se había derramado esa noche en el puerto.
—Ponételo —ordenó.
—Damián, esto es demasiado... no puedo simplemente aceptar estas cosas mientras mi familia está en la ruina.
Él soltó una carcajada seca, sin rastro de humor.
—¿Tu familia? Alessandra, ellos te quemaron la ropa y te llamaron zorra ayer a la tarde. Ellos te vendieron al mejor postor como si fueras un pedazo de carne defectuoso. Ellos ya no son tu familia. Yo soy tu familia ahora. Y yo cuido lo que es mío.
Se posicionó detrás de mí, apartando mi cabello negro para abrochar el collar. Sus dedos fríos rozaron mi nuca y sentí una corriente eléctrica bajando por mi espalda. Se inclinó y besó el lugar donde su marca todavía estaba fresca de la noche anterior. Sus manos bajaron por mis hombros, deslizándose bajo la sábana que me cubría apenas, acariciando la piel de mis pechos con una familiaridad que me hizo jadear.
—Hoy vamos a salir —susurró contra mi oído—. Vamos a ir al centro, vamos a entrar a las tiendas más caras y vas a gastar mi dinero frente a las amigas de tu madre. Quiero que Bianca te vea y sepa que mientras ella llora por sus vestidos quemados, vos tenés el mundo a tus pies.
—¿Por qué sos tan cruel con ellos? —le pregunté, dándome vuelta entre sus brazos.
Damián me miró con una seriedad que me detuvo el aliento.
—Porque te tocaron a vos. Y en mi mundo, Alessandra Smirnov, no existe el perdón. Existe la retribución.
Me besó con una urgencia que no aceptaba réplicas. Sus manos, todavía oliendo vagamente a pólvora y perfume caro, se cerraron en mis caderas, levantándome de la cama para pegarme a su cuerpo duro. Sentí su deseo creciendo contra mi vientre y, a pesar del caos, a pesar del incendio y de la traición de mi sangre, yo también lo quería. Quería perderme en él para no tener que pensar en el humo que salía del puerto.
Me llevó de vuelta al colchón, ignorando la ropa nueva que se desparramaba por el suelo. Esta vez fue diferente. No hubo la furia protectora de la noche anterior, sino una pasión lenta, posesiva, casi quirúrgica. Se tomó su tiempo para recorrer cada curva de mi cuerpo con su lengua, deteniéndose en mis muslos, acariciando mis caderas con una adoración que me hacía sentir como una diosa en lugar de una paria.
—Gritá, Alessandra. Que se escuche hasta la mansión de tu padre cómo te hago mía —gruñó entre mis piernas antes de volver a poseerme con una fuerza que me dejó sin aliento.
Sus gemidos se mezclaron con los míos en el loft silencioso. Cada estocada era un clavo más en el ataúd de mi vida anterior. Me aferré a sus hombros tatuados, enterrando mis uñas en su espalda, sintiendo que por fin alguien me veía de verdad. No veía a la heredera, no veía a la "gorda" que su madre criticaba, veía a la mujer que podía sostenerle la mirada al diablo.
Cuando terminamos, el sol ya estaba alto. Me quedé recostada en su pecho, escuchando su corazón latir con una calma aterradora.
—Damián... —murmuré.
—¿Mmm?
—¿Qué pasa si mi padre intenta algo más? Él no se va a quedar quieto.
Damián acarició mi cabello, enredando sus dedos en los nudos negros. Su mirada se fijó en el techo, fría y calculadora.
—Que lo intente. Cada vez que levante la mano contra vos, yo le voy a cortar un dedo. Para cuando se dé cuenta de su error, ya no le va a quedar nada con qué señalarte.
Esa tarde, salimos. Caminé por la avenida principal del brazo de Damián Smirnov, luciendo el rubí en mi cuello y un vestido que costaba más que el sueldo anual de los empleados de mi padre. Cruzamos miradas con personas que antes me saludaban y que ahora bajaban la vista con miedo. Y entonces, la vi.
Bianca estaba saliendo de una boutique, con los ojos rojos e hinchados, del brazo de mi madre que lucía diez años más vieja. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, vi el odio, pero también vi el terror. Vieron el auto negro, vieron a los hombres armados que nos seguían a una distancia prudencial, y sobre todo, vieron la mano de Damián posesivamente colocada en la base de mi espalda.
No les dije nada. No hacía falta. Mi sonrisa, cargada de una confianza que ellas me habían intentado robar toda la vida, fue suficiente.
Regresamos al loft y la pasión volvió a estallar, como si el odio que habíamos recibido en la calle fuera el combustible que necesitábamos. Pero esa noche, mientras Damián dormía a mi lado con una mano todavía sobre mi vientre, sentí la primera punzada de duda. ¿Había escapado de una cárcel para entrar en otra? ¿O era este el destino de las mujeres que amaban a los hombres como Smirnov?
No sabía que la respuesta llegaría meses después, cuando el "imperio" que él me prometió se convirtiera en un campo de batalla y yo tuviera que huir con un secreto en mi interior, escapando del hombre que me había dado todo solo para descubrir que él también podía quitármelo.