Natalia Serrano ha estado casada con Damián Santillán durante tres años. Un matrimonio construido por medio de un contrato con su familia y aunque durante ese tiempo, ella creyó que Damián podría llegar a amarla, estaba equivocada.
Con el regreso de Jimena, el primer amor de Damián, este solo muestra preferencias hacia ella sin importarle el dolor que causa en Natalia. Pero, justo cuando Natalia decide que ya no puede más y decide darle su libertad, Damián se niega a dejarla a ir, pero, aun así, no le da su lugar, sigue siendo frío, hiriente y le da el favoritismo a Jimena. ¿Qué es lo que realmente quiere Damián de ella?, ¿Por qué seguirla atando a un matrimonio que la hace sufrir?
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Capítulo 14
Capitulo 14
La casa de los Serrano olía igual que siempre.
A madera vieja, perfume barato de Patricia y comida recalentada. Un olor que me devolvió a la infancia con una violencia absurda.
Adrián camino a mi lado sin tocarme. Eso le agradecí. No necesitaba que me sostuviera. Necesitaba saber que si me caía, alguien iba a estar ahí.
Ernesto nos recibió en la sala.
Mi padre había envejecido mal. No por arrugas, sino por esa dureza en la boca que tienen los hombres que nunca piden perdón y aun así se sienten ofendidos por la vida.
--¿A que vienes?
--Por mi madre.
Patricia apareció detrás de él.
--Ay, mira nada mas. Ahora trae escolta.
Adrián sonrió.
--Familia, señora. Es distinto.
Ella lo miro de arriba abajo.
--Los Herrera siempre tan metiches.
--Y ustedes siempre tan desagradables. Que cosas.
Tuve que morderme la lengua para no reírme.
Ernesto golpeo la mesa con la mano.
--Natalia, deja el teatro. Mientras sigas casada con Santillán, aquí se hace lo que convenga a la familia.
--No vine a negociar.
--Tú no decides.
--Sobre mi madre, si.
Patricia soltó una carcajada.
--Tu madre esta en mi casa.
--Porque ustedes la escondieron después del funeral.
El silencio cambio.
Adrián me miro. Yo no le había contado todo. No el modo en que, después de morir mama, me dejaron besar una urna cerrada y luego la guardaron bajo llave como si hasta su polvo pudiera desobedecer.
--Eras una niña --dijo Ernesto.
--Y ustedes se aprovecharon.
Patricia cruzo los brazos.
--Si tanto la querías, no debiste haberte casado por dinero.
La sangre me subió a la cara.
Adrián dio un paso, pero levante la mano.
--No me case por dinero.
--Claro. Te encontraron en la cama del heredero Santillán por amor al arte.
La vieja humillación volvió a morder.
Pero esta vez no agache la cabeza.
--También voy a revisar eso.
Ernesto frunció el ceno.
--¿Qué dijiste?
--Que algún día voy a saber quien arreglo esa noche.
Patricia palideció apenas.
Apenas.
Suficiente.
--No inventes estupideces --dijo.
--No necesito inventar. Aprendí de ustedes.
Fui hacia el pasillo.
Patricia intento detenerme.
Adrián se interpuso.
--Ni la toque.
Su voz ya no tenia burla.
En el cuarto de servicio, dentro de un gabinete alto, encontré la urna. Polvo encima. Una flor artificial pegada con cinta vieja.
Me temblaron las manos.
--Mamá --susurre.
No fue una palabra.
Fue una disculpa.
La sostuve contra el pecho.
Cuando volví a la sala, Ernesto estaba hablando por teléfono. Al verme, colgó.
--Si sales con eso, olvida cualquier ayuda de esta familia.
Lo mire.
--¿Cuál ayuda?
No supo responder.
Patricia se acerco, furiosa.
--Damián se va a enterar.
--Que se entere.
--Sin él no eres nadie.
Yo baje la mirada a la urna.
Por años le creí.
Por años todos me convencieron de que mi valor dependía de un apellido prestado, de una cama ocupada, de un hombre que decidía cuando verme.
Ese día, con mi madre en brazos, algo se acomodo.
--Soy su hija.
Sali.
Adrián manejo sin hablar durante varias cuadras. Luego estaciono frente a una iglesia pequeña en Coyoacán.
--¿Quieres entrar?
Asentí.
No rece mucho. No sabia rezar bien. Solo coloque la urna sobre mis piernas y respire.
Mi celular empezó a sonar.
Damián.
Lo mire hasta que se corto.
Volvió a sonar.
Adrián pregunto:
--¿Quieres que conteste?
--No.
Apague el teléfono.
Por primera vez, mi madre no estaba en manos de nadie que pudiera usarla contra mi.
Y Damián, por primera vez, no pudo alcanzarme.