Dos familias unidas por años de amistad se ven divididas por mentiras, celos y amores prohibidos. En el corazón de la tormenta: dos gemelos que deberían ser inseparables, pero que se convierten en enemigos por el cariño de todos y el amor del mismo chico; dos hermanos que ocultan sus sentimientos tras máscaras de dureza y crueldad; y un mundo donde la lealtad se paga con sangre y el amor se castiga con silencio. Un final que romperá todas las cadenas.
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A segundos después, su padre hizo lo mismo. Se levantó despacio, con lentitud, dejó la servilleta doblada con cuidado sobre la mesa, miró a su mujer de reojo antes de salir, con una expresión que ella no logró descifrar del todo, y se marchó sin decir nada más, sin despedirse, sin darle un beso ni un hasta luego como siempre lo hacía. Ella se quedó de pie junto a la silla, confundida, con la mano suspendida en el aire, sintiendo que algo lo había hecho enojar, no sabía exactamente qué, ni cómo arreglarlo.
Luca cerró la puerta de su habitación despacio, casi sin hacer ruido, como si temiera que el sonido del picaporte fuera también un motivo de reproche. Se apoyó contra la madera fría, con la espalda, y se quedó allí un largo rato, con los ojos cerrados, escuchando el murmullo de las voces desde la planta baja: la risa de Martina, la voz de su madre consolándola, las palabras de Damián aprobando cada cosa que decía. Nada de eso llegaba hasta él. Era como si estuviera en otra casa, en otra familia, donde él solo era un estorbo.
Se dejó deslizar hasta quedar sentado en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándolas, abrazándose a sí mismo como si necesitara sostenerse para no desmoronarse. No lloró de inmediato. Se quedó mirando la pared opuesta, la luz que se filtraba por la cortina. Todo le parecía igual que siempre, y sin embargo todo había cambiado. Su lugar en la mesa, el cariño de su madre… todo se había esfumado en un instante, y nadie parecía dispuesto a buscar la verdad.
—¿Por qué? —susurró al vacío, con la voz quebrada—. ¿Por qué le creen a ella y no a mí? ¿Soy tan malo? ¿Tan poco valgo?
Las lágrimas empezaron a caer despacio al principio, como si le costara permitirse llorar, y luego con más fuerza, quemándole las mejillas igual que le había quemado la bofetada el día anterior. Se llevó una mano a la mejilla, como si todavía pudiera sentirla, y se preguntó si algún día dejaría de dolerle, no el golpe, sino el hecho de que su propia madre se lo hubiera dado sin ni siquiera preguntarle primero qué había pasado.
Se levantó con dificultad y se acercó al espejo pequeño que tenía sobre la cómoda. Se miró: los ojos hinchados, la piel pálida, la expresión de alguien que ya se estaba acostumbrando a no ser visto.
—No soy un monstruo —le dijo a su propio reflejo, casi sin voz—. No lo soy.
Pero las palabras sonaron débiles, como si él mismo empezara a dudar. Se sentó en el borde de la cama y abrazó una almohada contra sí, buscando algo de calor, algo que le dijera que no estaba solo. Pensó en Nicolás: en su silencio, en su mirada baja, en la promesa de que sería su secreto, suyo y de nadie más. ¿Lo pensaría alguna vez? ¿Se arrepentiría de haberlo dejado solo frente a todos? ¿O ya no le importaba?
El hambre empezó a hacerse sentir, un retortijón suave en el estómago, pero no tuvo fuerzas para bajar. Sabía que si lo hacía, volvería a ver las miradas, a escuchar los comentarios, a sentirse de más en su propia casa. Así que se quedó allí, sentado en la cama, escuchando el tiempo pasar, esperando a que la casa se quedara en silencio para poder buscar algo de comer sin que nadie lo viera.
Por un momento pensó en irse. En empacar unas pocas cosas y salir por la puerta trasera y no volver. Pero ¿a dónde iría? ¿Quién lo recibiría? Y entonces pensó Nicolás. Sacudió la cabeza, no quería pensar en él ahora. No era el momento. No era el momento de buscar refugio en nadie. Solo tenía que aguantar. Eso era lo que hacía. Aguantar.
Se acostó boca abajo sobre la cama, escondiendo la cara entre las almohadas, y dejó que las lágrimas siguieran fluyendo hasta que se le secaron solas, dejándolo con la garganta áspera y el cuerpo pesado. No sabía cuánto tiempo pasaría antes de que pudiera bajar. No sabía si algún día las cosas volverían a ser como antes. Solo sabía que en ese momento, en su propia habitación, se sentía la persona más sola del mundo.