Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
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Capítulo 18
Los aplausos comenzaron apenas dije que sí.
Alexander se puso de pie y, antes de que pudiera prepararme para lo que venía después, tomó mi rostro entre sus manos. El gesto fue tan inmediato que me dejó quieta. Sus palmas quedaron a ambos lados de mis mejillas y sus pulgares rozaron mi piel con una suavidad que no esperaba de él.
Lo miré. Estaba muy cerca. Demasiado. Podía notar mejor sus facciones. Su mirada descendió hasta mis labios y después regresaron a mis ojos.
No dijo nada.
No hacía falta.
Se inclinó y me besó.
Sus labios tocaron los míos con suavidad, sin prisa ni exageración. Fue un beso lento y cuidadoso, apenas lo suficiente para sentir su calidez y la delicadeza con la que seguía sosteniéndome.
Permanecí inmóvil.
No porque quisiera apartarme, sino porque no esperaba que lo hiciera de aquella manera. Había cámaras frente a nosotros, personas observándonos y una propuesta perfectamente planeada detrás de aquel momento. Aun así, Alexander no parecía tener ninguna prisa por terminarlo.
Cerré los ojos, creo que por instinto.
No profundizó el beso ni intentó acercarme más. Simplemente permaneció allí durante unos segundos, besándome con una ternura que contrastaba demasiado con el hombre que conocía.
Cuando finalmente se apartó, no puso distancia entre nosotros de inmediato. Sus manos permanecieron sobre mi rostro durante un instante más y, cuando abrí los ojos, lo encontré mirándome.
Entonces escuché nuevamente los aplausos.
Los flashes volvieron a hacerse evidentes. Las voces, las cámaras, mis padres, los suyos, la prensa. Había gente por todas partes y Alexander Blackwood acababa de besarme delante de todos ellos.
Bajé la mirada y fue entonces cuando vi el anillo.
Su anillo.
En mi dedo.
Aquella imagen terminó de devolverme al momento.
Ahora estaba comprometida con él públicamente.
No tuve demasiado tiempo para pensar en ello porque mi madre llegó primero. Me envolvió entre sus brazos antes de que pudiera decir nada, llorando y sonriendo a la vez, hasta que terminé sonriendo también.
Después llegó papá, que nunca decía mucho cuando estaba demasiado emocionado. Solo me abrazó con fuerza y besó mi frente antes de apartarse.
Victoria fue la siguiente. Tomó mi mano con cuidado, observó el anillo con una sonrisa enorme y no dijo demasiado; tampoco hacía falta después de la conversación que habíamos tenido aquella noche.
El padre de Alexander se acercó poco después. Siempre había sido más reservado que su esposa, pero me recibió con una sonrisa sincera y un abrazo breve antes de darme la bienvenida oficial a la familia.
Mi hermana apareció minutos después, justo cuando otras personas empezaban a rodear a Alexander para felicitarlo. Miró mi rostro y después mi mano, sorprendida por el tamaño del anillo. Se acercó a abrazarme, me felicitó, y volvió a mirar el anillo negando suavemente con la cabeza, todavía sonriendo.
Después de eso llegaron más felicitaciones una detrás de otra.
Algunos querían saber si Alexander había planeado todo solo.
Otros preguntaban cuánto tiempo llevábamos preparando el compromiso.
Sonreí más veces de las que pude contar.
Acepté abrazos.
Respondí preguntas.
Volví a enseñar el anillo tantas veces que terminé dejando la mano levantada cada vez que alguien se acercaba con demasiado entusiasmo.
Y entre todos los comentarios hubo uno que comenzó a repetirse.
Nunca habían visto a Alexander hablar de aquella manera.
La primera vez apenas le presté atención.
La segunda me hizo sonreír.
A la cuarta dejé de contar.