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Vas A Ser Mi Hombre

Vas A Ser Mi Hombre

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Romance / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

​«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
​Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
​Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6: Lección a solas

​La brisa fresca de la medianoche golpeó el rostro de Mía apenas cruzaron las puertas de cristal de "La Estación". El contraste entre el ambiente sofocante, húmedo y ruidoso del bar y el aire limpio de la avenida principal actuó como un tónico instantáneo. Sin embargo, Leónidas no aminoró el paso ni un solo centímetro. La sostenía con un agarre de hierro pero milimétricamente calculado para no lastimarla: un brazo potente cruzaba por debajo de sus rodillas y el otro rodeaba su espalda descubierta, sintiendo la piel tibia y suave de la muchacha directamente contra su mano.

​—Leónidas, por favor, ya estamos en la calle. Puedes bajarme, la gente se nos queda mirando —dijo Mía, aunque en su voz no había un solo rastro de molestia real. Al contrario, sus brazos seguían firmemente enredados alrededor del cuello de él y sus labios estaban a escasos centímetros de la mandíbula tensa del arquitecto.

​—Te voy a bajar cuando lleguemos al auto y ni un segundo antes —respondió él con un gruñido grave, bajo y áspero que vibró directamente en el pecho de ambos.

​Caminó la media cuadra que lo separaba de su vehículo, una imponente camioneta todoterreno de color negro brillante aparcada bajo la sombra de un árbol de la avenida. Sacó la llave del bolsillo del pantalón con la mano libre, desactivó la alarma con un chasquido metálico y abrió la puerta del acompañante de un solo tirón.

​Con una caballerosidad brusca y dominante, depositó a Mía sobre el asiento de cuero negro. Mía se acomodó la falda del vestido corto mientras lo miraba desde abajo con una chispa de triunfo indisimulable en los ojos. Leónidas se inclinó sobre ella, apoyando una mano en el marco superior de la puerta y la otra en el respaldo del asiento, acorralándola durante un segundo interminable. Sus miradas se cruzaron con la fuerza de un chispazo eléctrico.

​—Ni se te ocurra moverte de ahí —le advirtió él, señalándola con el dedo índice antes de cerrar la puerta con un golpe seco.

​Rodeó el vehículo a pasos rápidos y decididos, subió al puesto del conductor y cerró su puerta. El silencio en el interior de la camioneta se volvió denso, casi palpable. El motor V6 arrancó con un rugido potente y Leónidas puso el vehículo en marcha, incorporándose al tráfico nocturno de la ciudad con las manos aferradas al volante de cuero con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

​Durante los primeros diez minutos del trayecto, el único sonido en la cabina era el murmullo bajo del motor y la respiración acompasada pero profunda de Leónidas. Las luces amarillas de los faroles de la calle entraban por el parabrisas, iluminando de forma intermitente las facciones marcadas de su rostro, que parecía esculpido en piedra.

​Mía, apoyada cómodamente contra el respaldo, lo observaba de reojo con los brazos cruzados sobre el regazo y una sonrisa inclinada dibujada en los labios.

​—Si sigues apretando el volante con esa fuerza, lo vas a romper, Leónidas —comentó ella rompiendo el hielo con tono divertido.

​Leónidas no giró la cabeza. Mantuvo la vista fija en el asfalto iluminado por los faros.

​—¿Te parece gracioso, Mía? ¿Te parece divertido lo que acaba de pasar ahí adentro?

​—A mí me pareció una escena digna de una película de acción —replicó ella sin perder la compostura—. Aunque tengo que admitir que cargarme en brazos por la mitad del bar fue un toque un poco dramático, incluso para ti.

​Leónidas soltó una exhalación pesada y áspera por la nariz, deteniendo la camioneta ante un semáforo en rojo. Giró por fin el rostro hacia ella y la miró fijamente. Sus ojos oscuros e intensos la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en la espalda descubierta, en el corte ajustado del vestido negro y en la expresión insolente de su rostro.

​—No fue un espectáculo dramático, Mía. Fue la única forma de sacarte de una situación ridícula —dijo él, alzando el tono de voz con una severidad tajante—. ¿En qué demonios estás pensando? Te dejas acorralar por un tipo como Matías Silva en medio de la pista, dejando que te ponga las manos encima como si tuviera derecho a algo. ¿Es que no tienes un mínimo de sentido de la prudencia?

​—Primero que nada, no me estaba acorralando, estaba bailando —corrigió Mía, enderezándose en el asiento y sosteniéndole la mirada sin pestañear—. Y segundo, yo sé defenderme perfectamente sola. Si ese chico intentaba sobrepasarse, le iba a dar un taconazo en el pie que no se iba a olvidar en toda su vida. No necesitaba que llegara el gran Leónidas Benavídez a hacer de caballero andante y montar un show frente a tus socios de negocios.

​—¡Ese muchacho estaba buscando exactamente lo que todos los tipos de su edad buscan! —espetó Leónidas, acelerando apenas el semáforo cambió a verde—. Es un irresponsable, un malcriado y un confiado. Estás jugando a ser grande con chicos que no tienen la menor idea de lo que es el respeto. Eres demasiado confiada, Mía. Te crees que te las sabes todas porque tienes diecinueve años y una lengua rápida, pero la gente se aprovecha de esa inocencia.

​Mía dejó ir una carcajada limpia y sonora que resonó en todo el habitáculo, un sonido tan fresco y desafiante que hizo que Leónidas apretara los dientes con más fuerza.

​—¿Inocente yo? —Mía ladeó la cabeza, mirándolo con una mezcla de lástima fingida y provocación pura—. Por favor, Leónidas. A ti lo que te da rabia no es que yo sea 'confiada'. A ti lo que te está carcomiendo por dentro, lo que te hace arder la sangre y perder la cordura, es que era Matías el que me estaba tocando la cintura y no tú.

​Leónidas se tensó de tal manera que pareció ganar un par de centímetros de hombros.

​—No digas estupideces, Mía.

​—No son estupideces y lo sabes perfectamente —disparó ella, quitándose el cinturón de seguridad y girando el torso sobre el asiento para quedar de frente a él, acortando la distancia física dentro del vehículo—. Estás inventando excusas morales y hablándome como si fueras mi tutor legal porque te da pánico asumir la verdad. Dejaste a Vanessa parada en la barra con la copa en la mano, dejaste a tus clientes ejecutivos colgados sin darles una explicación y me sacaste en brazos de un bar lleno de gente solo porque no soportaste ver que otro hombre me miraba.

​Leónidas redujo la velocidad de la camioneta y la orilló bruscamente junto al cordón de una calle residencial tranquila, iluminada apenas por la luz tenue de una farola lejana y rodeada de árboles frondosos. Puso el cambio en punto muerto, tiró del freno de mano con un chasquido metálico rotundo y se giró por completo hacia ella.

​El espacio entre ambos se redujo a la nada. El calor que emanaba de Leónidas era abrumador.

​—Escúchame muy bien, Mía del Campo —dijo él con una voz tan baja, rasposa y cargada de una amenaza latente que a ella le dio un vuelco el corazón—. No vuelvas a provocarme. No tienes la menor idea del límite que estoy cruzando esta noche por tu culpa. Tu mamá y la mía son amigas desde hace treinta años. Joaquín es mi hermano. Yo tengo treinta años, dirijo una empresa y se supone que debo ser el adulto responsable en esta historia. Si pierdo el control contigo, no hay marcha atrás.

​Mía no se echó hacia atrás ni un solo milímetro. Al contrario, sonrió con una dulzura cargada de fuego, inclinándose hacia adelante hasta que el calor de su aliento le rozó la barbilla a Leónidas.

​—¿Y quién te pidió que fueras el adulto responsable, Leónidas? Yo no quiero un tutor. No quiero que me cuides como si fuera la hermana pequeña de Joaquín. Yo no quiero a ninguno de esos chicos de la facultad con sus autos deportivos y sus frases aprendidas.

​Mía levantó una mano y apoyó la palma suave sobre el pecho firme de él, justo sobre el corazón, sintiendo el latido acelerado y potente que desmentía toda su fachada de autocontrol.

​—Yo solo te quiero a ti —confesó ella en un susurro claro, directo y transparente, mirándolo al fondo de las pupilas sin un solo rastro de duda—. Solo me interesas tú, Leónidas. Desde que tengo uso de razón, ningún hombre me ha hecho sentir absolutamente nada de lo que tú me haces sentir con una sola mirada helada de las tuyas. Y me importa tres pitos la diferencia de edad, me importan tres pitos las madres y me importa tres pitos lo que piense la sociedad.

​Leónidas se quedó completamente petrificado. La declaración de Mía, desprovista de rodeos o de los juegos infantiles habituales, cayó sobre su estructura lógica como una bomba de tiempo. La mano de Mía en su pecho parecía quemarle la piel a través de la tela de la camisa negra.

​—Mía... —pronunció su nombre como una plegaria ahogada, como un hombre que se ahoga en mar abierto.

​—No me digas que me detenga —pidió ella, rozando la yema de sus dedos por el cuello de él hasta llegar a la línea de su mandíbula—. Porque los dos sabemos que si esta noche me dejas en mi casa y te vuelves a la tuya, te vas a pasar la noche entera pensando en cómo se siente tocarme la espalda.

​Leónidas cerró los ojos por un segundo, apretando los puños. Su mente era un campo de batalla entre el sentido de la responsabilidad, el miedo a destruir los lazos familiares y el deseo arrollador, salvaje y voraz que llevaba años intentando enterrar bajo capas de trabajo y frialdad ejecutiva.

​Cuando volvió a abrir los ojos, la miró con una intensidad despojada de cualquier máscara. La mano de él subió despacio desde el volante y se posó en la nuca de Mía, enredando los dedos firmes en su melena castaña, sosteniéndola con una mezcla de ternura contenida y posesividad absoluta.

​—Eres mi perdición, Mía —murmuró él con la voz destruida por la pasión—. Mi absoluta perdición.

​—Entonces piérdete conmigo —respondió ella en un susurro.

​Leónidas no aguantó más. Eliminó los últimos milímetros de separación y pegó su boca a la de ella en un movimiento decidido, marcando el inicio de una tormenta que ninguno de los dos podría detener.

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Martha Divas Delgado
❤️❤️❤️🤭🥰 estoy henamorada☺️
Martha Divas Delgado
hay Vanesa te van a ASER k comas polvo en tu caida🤭
Martha Divas Delgado
🥰me encanta mia sabe lo k quiere❤️
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja jajaja pobre leonidas☺️
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja leonidas cuídate por k mia te comerá y🤭 completito
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