La Protagonista Marcela: Dulce, obediente y sumisa en apariencia ante su esposo, pero una mente brillante, estratega y creadora de best-sellers mundiales en secreto. Lleva 25 años guardando su identidad con ayuda de su abogada y sus dos fieles amigas.
El Esposo Patricio: Magnate de los restaurantes, controlador y narcisista. Cree que tiene el control absoluto y decide humillarla públicamente para pedirle el divorcio, sin saber que está pisando un terreno minado. Lleva 10 años con una doble vida.
Los Aliados Clave:
Sus tres hijos: Aman a su madre profundamente y el mayor no duda en encarar al padre.
Las dos amigas Regina y Paulina: Cómplices del secreto literario y testigos de la falsedad del empresario.
El Presidente de la Nación: Su amor de juventud, viudo, padre de dos hijas y profundamente enamorado de ella desde siempre. Es el apoyo inesperado que le recuerda lo mucho que vale.
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LAS VOCES DEL PERDÓN
El ambiente en el despacho presidencial seguía impregnado de la fría formalidad de las altas esferas del poder, un contraste brutal con el caos interno que destrozaba el alma de Santiago Pineda. Con los brazos cruzados sobre el pecho, el presidente revisaba de manera mecánica los últimos informes fiscales sobre el embargo de los bienes de Patricio Iglesias, intentando encontrar en los números y las cifras una tregua para el dolor persistente que le comprimía el pecho.
Unos golpes suaves y discretos en la puerta lo sacaron de su ensimismamiento. Antes de que pudiera dar la orden de pasar, la madera se abrió lentamente y sus dos hijas asomaron al interior. Sus rostros reflejaban una mezcla de profunda preocupación, timidez y una firme determinación que rara vez se atrevían a mostrar frente a la estricta investidura de su padre.
—Papá... ¿podemos hablar contigo un momento? —preguntó la mayor con voz pausada, sosteniendo las manos entrelazadas frente a ella, delatando los nervios que sentían al invadir de esa forma el santuario del mandatario.
Santiago levantó la vista de los documentos. La dureza de su expresión, esculpida a base de rabia y desilusión durante los últimos días, se suavizó de inmediato al encontrarse con los ojos de sus hijas. Eran lo único puro y sagrado que le quedaba en el mundo, el refugio donde su armadura de gobernante se derrumbaba sin condiciones. Exhaló un suspiro pesado, apartó los papeles y asintió con la cabeza.
—Sí, pasen, hijas. Siéntense —indicó Santiago con voz ronca, señalando los sillones frente a su escritorio.
Las jóvenes cruzaron el umbral y tomaron asiento, pero no bajaron la mirada como solían hacerlo cuando discutían asuntos delicados. Se mantuvieron firmes, apoyando las manos en el borde de los reposabrazos, dispuestas a decir lo que llevaban guardando en el pecho desde la noche en que escucharon gritar a Andrés en el pasillo del palacio.
—Papá, sabemos que has pasado por días terribles, que todo lo que ha ocurrido con las empresas de ese hombre y con... con el pasado nos ha tomado por sorpresa a todos —comenzó la menor, eligiendo las palabras con sumo cuidado para no desatar una nueva tormenta—. Pero nosotras estuvimos pensando mucho en lo que pasó. Ya sabemos que tenemos un hermano mayor. Y... la verdad, queríamos decirte que estamos felices por eso.
Santiago sintió que un nudo helado se le formaba en la garganta. Apartó la mirada hacia el ventanal, apretando la mandíbula con fuerza. No esperaba esa reacción de sus hijas; temía que el escándalo, la mentira y la revelación repentina las llenara de rechazo o vergüenza, pero el amor genuino que irradiaban sus palabras lo desarmó por completo.
—No tienen por qué cargar con esto, hijas... —murmuró Santiago con voz grave, intentando mantener una barrera de contención—. Ese muchacho, Andrés... es el producto de una mentira que duró veinticuatro años. No tienen ninguna obligación de...
—¡Pero él no tiene la culpa, papá! —lo interrumpió la mayor, con los ojos brillando de convicción, inclinándose hacia adelante—. Él es nuestro hermano de sangre. Lo vimos llorando en la puerta de este despacho, rogándote que lo escucharas, desesperado por un poco de comprensión. Él creció sufriendo bajo el mismo techo del monstruo que nos engañó a todos, sin saber que su verdadero padre era el hombre que hoy gobierna este país. ¿No crees que él también está sufriendo? ¿No te das cuenta de que es tan víctima de esta historia como tú?
Las palabras de sus hijas cayeron como estacas de fuego sobre la conciencia de Santiago. El peso de la culpa y la rabia contenida amenazaron con desbordarse, pero el orgullo herido y la memoria fresca de la traición seguían operando como un escudo protector en su mente.
Al escuchar el nombre de Andrés, un relámpago de frustración cruzó su rostro. Sin embargo, cuando la menor de sus hijas se atrevió a pronunciar el nombre prohibido, el equilibrio se rompió por completo.
—Y tía Marcela... nosotras sabemos que ella también... —empezó a decir la joven, pero no pudo terminar la frase.
—¡Basta! ¡De ella no quiero hablar ni que me la nombren en esta oficina! —estalló Santiago, levantándose de golpe de su sillón con el rostro contraído por la furia y el dolor, golpeando la superficie de caoba con las palmas de las manos—. ¡El que ama no hace daño, el que ama no miente de esa manera tan cruel! Ella me quitó veinticuatro años de la vida de mi hijo, me condenó a la soledad y eligió formar una familia con mi peor enemigo. ¡Para mí, ese capítulo está cerrado para siempre!
El despacho quedó en absoluto silencio. Las dos jóvenes retrocedieron en sus asientos, profundamente asustadas por la violencia verbal de su padre, un hombre que jamás les había levantado la voz de esa manera. El eco de sus gritos rebotaba contra las paredes revestidas de madera, dejando en evidencia la profundidad de su quebranto.
Se hizo una pausa tensa, larga y asfixiante, donde solo se escuchaba la respiración agitada del presidente. Las hijas se miraron entre sí con complicidad silenciosa, y fue la mayor la que se atrevió a romper el hielo con una valentía que dejó a Santiago sin argumentos.
—Papá... estás cegado por el rencor —dijo ella con voz firme, con los ojos anegados en lágrimas de tristeza al ver a su padre tan consumido por el odio—. Entendemos tu dolor, entendemos que te sientas traicionado. Pero nosotras somos tus hijas, y queremos conocer a nuestro hermano. Queremos compartir con él, porque él lleva nuestra misma sangre y merece una familia, no un padre que lo rechace por los errores de los adultos.
Santiago se quedó helado. Sus ojos azules, fijos en el rostro de sus hijas, reflejaron una tormenta de pensamientos encontrados. Abrió la boca para replicar, para imponer su autoridad de padre y de mandatario absoluto, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta.
Miró el rostro de sus hijas —el reflejo vivo de la nobleza y la bondad que él mismo les había inculcado— y comprendió, con un terror sordo, que su propia intransigencia corría el riesgo de destruir lo único puro que le quedaba en la vida. Se dejó caer lentamente sobre el respaldo de su sillón, con la mirada perdida en un punto fijo del escritorio, sin decir una sola palabra, mientras el peso de sus propias contradicciones lo consumía en silencio.