Sus ojos eran azules como el mar. Y Noah Lobo quedó atrapado desde el primer instante en que la vió.
Noah tiene poder, domina parte de la mafia italiana y rusa, y nada se le resiste. Pero ella es Eliza Romano: una mujer curvilínea, de belleza deslumbrante, esposa de otro hombre. Lo que nadie sabe es que ese apellido es una cadena. Que ella fue arrancada de su tierra, raptada a los dieciocho y obligada a casarse. Y que cada día finge ser feliz para proteger a su pequeña hija.
Cuando la niña le confiesa que su padre maltrata a su madre, Noah decide que ya basta. Luca Romano tiene una reputación… pero Noah tiene a la familia más temida de Europa. Y esta vez no se trata de negocios.
Ella no es de nadie. No cuando él está dispuesto a quemar el mundo entero por tenerla.
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A salvo.
Noah🩶
La camioneta avanza y el paisaje de Siena se queda atrás. Miro por el espejo retrovisor y Eliza no deja de mirarme, con esa mezcla de gratitud y desconfianza que entiendo perfectamente. No se acerca. No se relaja. Solo observa, y sus ojos se detienen una y otra vez en mis nudillos reventados, con la piel rasgada y la sangre seca.
—Te duele —dice por fin, bajito, como si no quisiera que la niña la escuche.
Marisol duerme recostada entre los dos asientos, abrazada a su muñeca, ajena a todo.
—No —respondo, aunque la punzada es constante—. No me duele. No cuando sé que cada golpe que le di fue por ti.
Ella traga saliva, se abraza a sí misma y mira hacia la ventana.
—No sé qué decir… —murmura—. No sé quién eres realmente. Sé que me salvaste, que nos sacaste de ahí… pero esas manos…
—Esas manos te protegen a ti —le digo con firmeza, sin bajar la voz—. Y si te asusta lo que hice, entiéndelo bien: solo lo hice porque él te lastimó. No tengo remordimiento. Y lo volvería a hacer mil veces. Pero te juro por mi vida, Eliza, que nunca, jamás, te levantaré la voz ni la mano. Nadie te va a volver a tocar. Nadie te va a volver a mirar mal. Ni siquiera de reojo. Si alguien se atreve, tendrá que responder ante mí.
Ella me mira, sorprendida por la intensidad de mis palabras.
—¿Y Luca? —pregunta, con un temblor apenas perceptible—. ¿Qué le pasó? ¿Va a venir por nosotras?
—No va a ir a ningún lado —le respondo con frialdad—. Lo dejé muy mal. Tardará semanas en salir del hospital, si es que algún día vuelve a caminar bien. Y cuando recupere fuerzas… si se atreve a dar un paso fuera de su territorio, sabrá de sobra por qué soy un Lobo Novikov. No le bastó con ser cobarde y golpearte. Ahora sabe lo que es enfrentarse a alguien que no se esconde detrás de su dinero.
Eliza asiente, callada, y vuelve a mirar a su hija que duerme tranquila. No dice nada más, pero veo cómo aprieta los labios, cómo se le llenan los ojos de lágrimas que no deja caer. Está agradecida, sí. Pero no confía todavía. Y lo respeto.
Llegamos a Florencia poco después. La casa se alza imponente, luminosa, con jardines cuidados y rejas altas que se abren al vernos entrar. Los empleados están en el vestíbulo, esperando, y todos asientan con respeto y cordialidad al verme entrar. No hay miradas curiosas, no hay comentarios. Solo discreción.
Entro cargando a Marisol, que no se ha despertado. Eliza camina a mi lado, aún tensa, mirando todo con asombro.
—Señor —se acerca el mayordomo con voz suave—. Todo está listo.
—Gracias, Pietro —le digo sin detenerme—. Prepara dos habitaciones contiguas. Una para la señora Eliza y otra para la pequeña… la princesa Marisol. Que estén amplias, con luz, con todo lo que necesiten.
—Por supuesto, señor. En diez minutos estarán listas —asiente y se retira.
Mientras las habitaciones se preparan, camino hacia mi ala de la casa.
—Vengan conmigo —les indico—. Aquí estarán seguras mientras las acomodan.
Entramos a mi habitación. Es amplia, sobria, cálida. Dejo a Marisol con mucho cuidado sobre la cama, la cubro con una manta suave y ella se acomoda sin despertar. Eliza se queda de pie, cerca de la puerta, sin atreverse a avanzar.
—Gracias —susurra—. Por todo, Noah. De verdad. No sé cómo…
—No tienes que agradecerme cada dos minutos —le digo suavemente—. Ve al baño, dúchate, relájate. Hay toallas limpias, jabón, todo lo que necesites.
Ella se muerde el labio y mira hacia abajo.
—¿Con qué me voy a cambiar? —pregunta con voz pequeña—. No traje nada. Ni una muda de ropa.
—Por eso no te preocupes —le aseguro—. Tú date un baño tranquilo. Yo me encargo de todo. En cuanto salgas, tendrás ropa limpia.
Ella asiente, duda un instante y entra al baño cerrando la puerta.
Saco el celular y marco el número de Aurora. Mi hermana mayor. La única persona que puede resolver esto en minutos. Contesta al tercer tono y su voz llena la línea.
—¡¿Noah?! ¡Hace siglos que no me llamas! ¿Acaso el mundo se acabó o te enamoraste por fin? —lanza de golpe, como siempre, sin respirar.
—Aurora, necesito un favor —voy directo al grano—. Urgente.
—Dime, pero si es para salvar a alguien de tus negocios sucios, te aviso que Bastian me matará si me meto en líos otra vez —responde, pero noto que ya está dispuesta a ayudar.
—No es por negocios. Es una mujer y una niña. Necesito que envíes ropa, zapatos, accesorios, todo lo que necesiten dos mujeres. De tu última colección, lo mejor que tengas. Para ellas.
—¿Una mujer y una niña? —repite, y su tono cambia de curiosa a interesadísima—. ¡Oh! ¡Esto sí que es noticia! ¿Quién es ella? ¿De dónde la sacaste? ¿Es italiana? ¿Es rusa? ¿Me la vas a presentar? —dispara preguntas sin dejarme respirar.
—Aurora… —la corto con una media sonrisa—. No me hagas esto ahora. Te lo explicaré después. Te doy las tallas: ella es curvilínea, alta, de hombros anchos… tú sabes, corte imperador le queda bien. La niña tiene siete años, delgada, delicada. Manda todo lo que creas que les quede bien, desde ropa de casa hasta algo para salir. Incluye ropa interior, todo.
—¡Claro que sí! Lo mejor de lo mejor, mi hermanito por fin se ablandó —se burla—. ¿Y quién paga? ¿O esperas que te lo regale todo?
—Te transfiero lo que sea necesario —le digo—. El doble. Solo asegúrate de que llegue en una hora como máximo.
—Hecho. Y prepárate para contarme TODO. Cada detalle. No te escapas —amenaza con cariño y cuelga.
Guardo el celular y vuelvo a la habitación. Toco suavemente la puerta.
—¿Puedo pasar?
—Sí —responde ella, bajito.
Abro la puerta y ahí está. Envuelta en mi albornoz, que le queda inmenso, cayéndole hasta los pies, con el cabello húmedo cayéndole sobre los hombros, sin una sola gota de maquillaje. Se ve frágil, pequeña, y tan hermosa que me duele el pecho. Y por primera vez en mi vida, no veo una mujer con deseo ni lujuria. La veo a ella. Con ternura. Con el deseo de protegerla.
Sin pensarlo, doy un paso hacia ella y la abrazo. Su cuerpo se tensa al principio, sorprendida, pero luego se relaja lentamente y se aferra a mi camisa con ambas manos.
—Perdón —le susurro contra su cabello—. Perdón por no llegar antes. Perdón por no haberte conocido antes y haberte salvado de ese monstruo años atrás. Debí haberte encontrado antes, Eliza. Debí haberte librado de él.
Y entonces llora. No son sollozos contenidos, no lágrimas silenciosas. Llora con todo lo que lleva dentro, con sollozos dolorosos que le sacuden el cuerpo, que se escuchan ahogados contra mi pecho. Me hace sentir que es su primer desahogo. La abrazo con más fuerza, la dejo llorar, la sostengo como si se me fuera a romper, apretando la mandíbula con rabia contenida.
—¿Desde cuándo? —le pregunto suavemente cuando empieza a calmarse—. ¿Desde cuándo te hacía esto?
—Siempre —responde con voz quebrada—. Desde el primer día. Fui su prisionera desde que llegué a Italia. Siete años, Noah. Siete años sin poder decir mi nombre.
Gruño bajo, un sonido animal, de rabia e impotencia. Tengo ganas de volver a Siena ahora mismo, de terminar lo que empecé. Pero sé que matarlo sería demasiado fácil. Sería un premio para él. Merece vivir con lo que es: un cobarde roto.
—No llores más —le digo, limpiándole una lágrima con el pulgar—. Ya terminó. Ya no hay jaula. Ya no hay cadenas. Ahora estás conmigo. Y no te voy a soltar.
Me aparto un poco, tomo el celular de nuevo y marco otro número. Esta vez es el de mi hermana melliza. Adara. La que sabe cómo destruir imperios con una sola llamada. La que puede arruinar a un hombre sin mancharse las manos.
Contesta al instante.
—Noah —dice, sin saludos innecesarios.
—Necesito que destruyas a Luca Romano —le digo sin rodeos—. Cada negocio. Cada cuenta. Cada propiedad. Desde el más pequeño hasta el más grande. Que no le quede nada. Que cuando salga del hospital, no tenga dónde caerse muerto.
—Hecho. Estará arruinado antes de que anochezca.
—Gracias —digo, y corto.
Eliza me mira, con los ojos hinchados, pero con algo nuevo brillando en ellos.
—¿Qué hiciste? —pregunta suavemente.
—Asegurarme de que nunca más pueda hacerte daño —le respondo—. No solo a ti. A nadie más. Se lo quité todo, Eliza. Igual que él te quitó todo a ti.
Ella baja la mirada, y luego la levanta, y por primera vez, me mira sin miedo.
—Gracias —susurra—. Noah… no sé qué a decir.
—No digas nada —le sonrío suavemente—. Solo descansa. Estás a salvo. Las dos lo están.